Montilla bajo mínimos.

MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Hace más de tres años que el president Montilla empezó a hablar de la «desafección» entre Cataluña y España. Estaba presionando para los plazos en la negociación de la nueva financiación autonómica. Y las dificultades propias del acuerdo fueron utilizadas para la tensión de las amarras que unen la nacionalidad histórica con el resto de España.

Gobernar con un partido claramente independentista, que además rechazó el estatuto e hizo una activa campaña para lograr el voto en contra en el referendo, es una aventura con muchos costes; han resultado para ambos. ERC se hunde y el PSC podría obtener tanto en las elecciones autonómicas como en las generales uno de los peores resultados de su historia.

Sale ganando en este río de pescadores CiU, que bordea la mayoría absoluta para gobernar en Cataluña y crece, también a costa del PSC, en la intención de voto de las generales.

Sube el sentimiento independentista a su máximo histórico en los tiempos modernos: cerca del 25 por ciento de los catalanes se manifiesta a favor de la independencia. Todo esto requiere un análisis sosegado, pero hay algunas claves que se pueden adelantar. La primera que sembrar la frustración sobre la situación de las relaciones entre Cataluña y España beneficia al nacionalismo cuyo oxigeno es la tensión entre esas dos realidades que debieran ser incluidas. La pretensión del PSC de competir en el espacio propio de los nacionalistas en vez de reforzar los lazos integradores ha sido una carga que termina por salir por la culata. Y además, habida cuenta de los intentos de José Luis Rodríguez Zapatero de contentar al PSC, pueden tener daños colaterales en muchas partes del resto de España.

No hay mucho margen para corregir errores y el president Montilla debería empezar a ordenar el equipaje para su salida de la Generalitat. El PSC debiera empezar cuanto antes a hacer un inventario de desperfectos por su prioridad identitaria y su comprensión con sus socios independentistas. El PP, que sigue enterrado en lo más bajo de las encuestas debiera hacer cuentas de su apuesta por su recurso contra el Estatuto. Y Zapatero, aprendiz de brujo, debiera calcular los desastres que convoca la promoción de un estatuto sin límites y sobre todo sin consenso.

Ahora que se ha medido el cansancio de Cataluña con el resto de España habría que recorrer el camino inverso. Muchos españoles, a buen seguro que no entienden que en pleno siglo XXI, con un estatuto que ya no le caben más competencias transferencias, siga siendo piedra de disgusto en vez de cáliz de satisfacción para la mayoría de los catalanes.

A lo mejor el análisis más concluyente conduzca a contemplar como una gran parte de los ciudadanos está aburrida de una clase dirigente que en vez de solucionar problemas se ha especializado en crearlos

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