Compadezco a las víctimas más que al delincuente.

MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Y al final sólo queda la sentencia y la soledad de quien la dicta a sabiendas de que tendría que haber sido de otra forma, con la convicción moral de que merecería mas castigo -o tal vez menos- pero el sometimiento a Ley, la necesidad de probar los hechos sin el menor resquicio para la duda, está por encima incluso de los jueces. Tienen la responsabilidad de juzgar y decidir y la posibilidad de interpretar esa Ley -que ellos no hacen- pero en ningún caso pueden contradecirla o ignorarla. Ese es su drama y esa su gloria. Es verdad que al final sólo quedan las sentencias, pero, hasta llegar ahí, los casos han recorrido un larguísimo, y en ocasiones desesperante, camino: hay una investigación policial, la presentación de todas las pruebas, una instrucción, declaraciones ante la policía y ante el juez, el trabajo muchas veces desconocido pero importantísimo del ministerio fiscal, el juicio oral, los argumentos de la defensa y al final la sentencia. Pero además de ese largo proceso, hay algo que está por encima de todos: la Ley, esa Ley que impide a los interrogadores -como no podía ser menos- sacar la verdad «por todos los medios» aunque la verdad sea tan trágica y determinante como es saber dónde se encuentra el cuerpo roto de casi una niña. Y es esa misma Ley la que concluye con una sentencia que a nadie nos gusta, que nos inquieta y nos cabrea y nos desengaña y nos abruma. No hay sentencias dulces ni ejemplares, al menos no debería haberlas: sólo hay sentencias que se ajustan a lo que dice la Ley.

Y es aquí donde nos topamos con los que desde sus escaños -que se llaman poder precisamente legislativo- contemplan este dolor y se distancian prudentemente de la sociedad y de la repugnancia que mismo juez transmite en su sentencia denunciando entre líneas que no puede hacer otra cosa.

No es bueno legislar en caliente, dicen, y pasa el tiempo y llega el frío y nada cambia hasta que otra sacudida nos escuece en el alma y volvemos a mirar al legislador y el legislador nos dice otra vez lo que ya nos dijo: no es bueno legislar en caliente. Y la pregunta es siempre la misma eterna pregunta: ¿cuántos deben morir para que, al margen de temperaturas, se reforme lo que haya que reformar? La Ley del Menor no le gusta a casi nadie y es una mentira interesada y demagógica de pseudoprogres que los que pedimos una reforma urgente pretendamos mayor dureza en las penas. No es verdad. Hay mil aspectos que deberían contemplarse y no se contemplan, hay mil especialistas forenses que tendrían que tener un papel más activo en los tribunales de menores y no fiarlo todo a la fecha de nacimiento. Hay mil historiales delictivos con cientos de reincidencias que no sirven luego para nada. No se trata de ser más duro con los menores sino de ser más serios con los delitos, de ponernos también en el sitio de las víctimas y entender la reparación moral que necesitan para reconciliarse con la sociedad. Odio el delito y compadezco al delincuente; pero, sinceramente, puestos a compadecer y entender, compadezco y entiendo mucho más a las víctimas inocentes de esos delitos y esos delincuentes.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído