El candidato del PSOE ha de cargar con su currículum

El problema no es Pérez sino Rubalcaba

A partir de cierta edad, decía Oscar Wilde, todo el mundo es responsable de su cara

La confianza que pueda inspirar su veteranía discurre en paralelo con la inquietud que provoca una hoja de servicios demasiado relacionada con las zonas de penumbra de la política

El principal problema del nuevo candidato socialista no consiste en apellidarse Pérez, sino en ser Rubalcaba.

Alfredo Pérez es un tipo cordial, inteligente, sensato y con notables cualidades humanas, pero su segundo patronímico identifica a un político sinuoso y oscuro, oblicuo y conspirador, experto en maniobras turbias y ducho en las artes torcidas del poder.

Escribe Ignacio Camacho en ABC que el primero es una persona digna de confianza a la que cualquiera podría pedir consejo o ayuda y hasta prestarle dinero si lo pidiese; el otro es la clase de hombre al que no conviene decirle dónde vives ni cuánto ganas… aunque probablemente ya lo sabe.

Al esconder en su cartelería el apellido paterno, transformándolo en ese Pepuntoque ya hace irónico furor en las redes sociales, Rubalcaba ha apostado por la faceta más poliédrica de sí mismo, la del fontanero de las cañerías del Estado.

Frente al adanismo aventurero y juvenil de Zapatero -que también suprimió el Rodríguez para construir el exitoso acrónimo de ZP, ya tan lejano-, su sucesor quiere acentuar la imagen de experiencia de gobierno, reflejada en el perfil curtido y ojeroso de una foto con canas y papada.

Pretende ser el espejo invertido de Rajoy, el retrato de un hombre juicioso y maduro en el que se puede confiar, pero en su caso esa efigie discreta y prudente está enturbiada por las sombras de una larga experiencia de intrigas de poder, tramas vidriosas y maquinaciones de trastienda.

La confianza que pueda inspirar su veteranía discurre en paralelo con la inquietud que provoca una hoja de servicios demasiado relacionada con las zonas de penumbra de la política.

La intentona de hacerse llamar Alfredo no cuajó (eso sólo funcionó con Felipe, un respeto) porque esa trayectoria entre secretos oficiales y aparatos de seguridad incita a cualquiera a anteponerle el Don y cuadrarse ante él en primer tiempo de saludo.

Pérez es un apellido que desespera a los publicistas, incapaces de apreciar en su búsqueda de originalidad el valor profundo de las notas comunes.

El invento de Pepuntoes una invitación para que los adversarios empiecen a llamarlo «el señor Pérez». Así que Rubalcaba tendrá que ser Rubalcaba para bien y para mal (en Twitter lo llaman Rubal para ahorrar caracteres) y cargar con el peso de la ambigüedad de su currículum.

A partir de cierta edad, decía Oscar Wilde, todo el mundo es responsable de su cara. El manoseo del nombre, tan titubeante, revela cierta inseguridad en la marca, una vacilación propia del momento crítico que vive un Partido Socialista obligado tras el reciente varapalo electoral a parapetarse en un candidato de supervivencia.

Entre tanta indecisión nominalista se nota demasiado el intento de improvisar una rúbrica, un marchamo. Y aún queda demasiado lejos y demasiado difícil la posibilidad de zanjar las dudas llamándole a secas «presidente».

 

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