Escaño Cero.- Palabra de juez.

MADRID, 3 (OTR/PRESS)

La juez Angela Murillo ha decidido retirarse del tribunal de la Audiencia Nacional que juzga a Txapote y a otros etarras por varios asesinatos, entre ellos el de un edil de UPN. Sin duda, la juez Murillo ha dado una lección con su retirada, pero duele que haya tenido que hacerlo.

Los jueces son como usted y como yo, personas con defectos y virtudes y desde luego con opiniones sobre todas las cosas ¡faltaría más!. Eso sí, los jueces tienen la obligación de parecer imparciales, de no demostrar ni por gestos lo que piensan de quienes tienen que juzgar. Pero supongo que nadie puede llevarse a engaño y por tanto sabe que aunque el juez ponga cara de poker se va formando una opinión sobre el justiciable o los testigos.

Hay quien critica a la juez Murillo por haber susurrado a uno de sus compañeros de tribunal «pobre mujer, y encima se ríen estos cabrones», refiriéndose al etarra Txapote y sus tres compinches que se sentaban en el banquillo de la Audiencia Nacional.

Estoy segura de que el comentario de la juez Murillo es compartido por todos aquellos que tengan un mínimo de humanidad, porque es imposible permanecer impasible ante un relato como el de Adoración Zubeldia, viuda de un edil de UPN asesinado por ETA.

Adoración Zubeldia contó al tribunal como escuchó una explosión, salió al balcón y vio como se estaba quemando su marido junto a la furgoneta. El relato de la esposa del concejal fue estremecedor y puso un nudo en la garganta de cuantos estaban en la sala, de todos claro, menos de los etarras del Comando Argala que estaban siendo juzgados y que se pusieron a reír.

Llamar «cabrones» a esos desalmados es lo más suave que se me ocurre que se les puede llamar y esa expresión seguramente es compartida por una inmensa mayoría de ciudadanos, al menos por los ciudadanos que son demócratas, que no tienen síndrome de Estocolmo, y que no son abertzales.

El problema es que el micrófono estaba abierto y ¡ay! eso ha sido motivo suficiente para que la magistrada Angela Murillo haya decidido retirarse, absteniéndose del procedimiento para que nadie pueda poner en duda la imparcialidad del Tribunal.

Realmente pone los pelos de punta que esos desalmados, esos asesinos tengan el descaro de reírse de sus fechorías ante un tribunal, al que previamente dijeron no reconocer. Y estremece aún más pensar que esos asesinos un día de estos pueden verse beneficiados en aras al proceso de paz. Espero que eso no suceda porque resultaría insoportable.

Y vuelvo al principio, al que los jueces deben de parecer imparciales, que esa es la esencia de su función, pero hay ocasiones en que no dejar traspasar las emociones resulta difícil.

Si la juez Murillo hubiera pensado lo obvio, que esos etarras son unos desalmados y unos «cabrones» no habría pasado nada, siempre y cuando no hubiera movido un músculo que delatara su pensamiento, pero al decirlo ella misma se ha puesto fuera de juego. Y da rabia, sí, da rabia, que la magistrada haya tenido que dejar el Tribunal, y da rabia que los asesinos se rían de sus víctimas y encima haya que actuar como si no pasara nada.

Cosas así empañan la alegría, una alegría con cautelas, que sin duda ha provocado el anuncio del fin de la violencia por parte de ETA y, sobre todo, pone el dedo en la llaga. Si los etarras se ríen de sus víctimas, si no demuestran el más mínimo sentimiento de piedad, de arrepentimiento, entonces será difícil que a la sociedad española los políticos le pidan que se muestre generosa. Ante risas como las de Txapote y sus compinches solo cabe esperar que cumplan hasta el último día las penas que están previstas en la ley para los asesinos. Ni un día menos de condena, y ningún beneficio para los asesinos.

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