El ¡ojalá! de los náufragos.

MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Todo no se puede decir al mismo tiempo y, quizás por eso, quienes han comentado la irrupción en la campaña electoral de la plataforma de intelectuales que apoyan a Alfredo Pérez Rubalcaba, el candidato socialista, no han reparado en la paradoja que supone la palabra que han elegido como lema o eslogan: «Ojalá». «Ojalá», escrita así, sin los preceptivos signos de admiración que aparejan las interjecciones. Parece que entre los mencionados intelectuales no figura ningún semiólogo, gramático o profesor de lengua y sí alguna víctima de la LOGSE. Tampoco parece que haya algún filólogo entre la citada tropa pues de ser así les habría informado acerca de la raíz y significado de la palabra elegida como bandera. Decir ¡ojalá! es decir: ¡quiera Dios!. Expresar el vivo deseo de que suceda lo que se anhela. Que a estas alturas de la película laica o incluso atea que respalda el guión representado en los últimos siete años por Rodríguez Zapatero y sus colaboradores acabe la cosa en una petición de favor al Altísimo, no deja de tener gracia. O guasa.

Está claro que la política se complace en este tipo de ironías que, en el fondo, revelan lo contradictorio de la condición humana. Que los «grupis» de Rubalcaba se presenten en sociedad con faltas de ortografía no sería motivo de mayor comentario de no ser porque al elegir la palabra para su lema han desnudado el núcleo de sus temores. Claman al cielo porque admiten que solo un milagro podría salvar al candidato y al PSOE del naufragio electoral que vienen cantando todas las encuestas. Lo dice el saber popular: la gente solo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena. Está claro que pensando en el 20-N, los seguidores de Rubalcaba barruntan la tormenta perfecta.

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