El duelo.

MADRID, 05 (OTR/PRESS)

Desde ayer al mediodía, Rubalcaba y Rajoy se han retirado de la circulación. Van a dedicar horas a preparar el duelo dialéctico que mañana lunes se celebra en la Academia de Televisión. Todo se ha preparado con minuciosidad. Luces, mesas, maquillaje y atuendos de los candidatos ya están listos y las medidas de seguridad son las propias de un evento de estas características. La audiencia está garantizada.

A partir de ahí todo queda en manos de los contendientes, que si bien tienen que ajustarse a lo pactado, de entrada, lo mejor que pueden hacer es ser ellos mismos; es decir, que cuando ellos mismos se vean se reconozcan a sí mismos, sabiendo que, dadas las circunstancias, los ciudadanos no buscan un seductor, sino a un médico que inspire la confianza necesaria para paliar la terrible enfermedad por la que atraviesa España.

Dicho esto, Mariano Rajoy no necesita ir a matar y a Rubalcaba de poco o nada le van a valer las críticas fáciles. El primero sabe de antemano que su previsto triunfo no peligra aún cuando cometa algún error; el segundo, Rubalcaba, tiene muy claro que su empeño no puede ser otro que insuflar una pizca de ánimo a los suyos, sobre todo después de esa insólita confesión según la cual el candidato socialista ve más fácil que el Madrid gane al Barca que remontar la diferencia con su adversario. Es una manera bien concluyente y sorprendente de decir que las elecciones las da por pérdidas. Estas declaraciones fueron más que premonitorias de la encuesta del CIS. Terribles datos para un PSOE que, de cumplirse las previsiones, se ve abocado a su propia refundación. Lo que prevé el CIS es más que una derrota. Solo en el País Vasco pueden sentir una cierta satisfacción, en donde, y siempre según el CIS, el nacionalismo en todas sus versiones sufre un varapalo inesperado.

El debate, además de ser un extraordinario ejercicio de democracia, va a merecer la pena porque va a ser la única ocasión en la que ambos contendientes se dirijan a todos los españoles. Fuera de este duelo, todo será jugar en terreno amigo a base de mítines más o menos concurridos. Rubalcaba, en el arranque de campaña, ha invitado a los suyos a correr con energía los últimos metros y hay que reconocer que el candidato socialista tiene mérito. Es verdad que si esta donde esta es porque él lo ha querido; pero es difícil salir a batallar por el voto con datos de paro que abruman al más templado, con una decisión judicial que por afectar de lleno a quien es ministro del Gobierno y cabeza de lista por Lugo, José Blanco, hizo que en Ferraz se cortaran las respiraciones. Para colmo de todos los colmos, y como si de una conjura se tratara, la encuesta del CIS. Si a estos serios contratiempos se le añade la perseverancia en el ineficaz _según todas las encuestas_ discurso según el cual con el PP todos nos vamos a ir a vivir debajo del puente, hay que concluir que Rubalcaba cada día lo tiene más difícil.

Rajoy tiene la ola a favor, pero de la «herencia» es mejor que hable lo justo. También él sabe dónde se mete y además lucha por hacerse con esa «herencia». Mejor que hable de futuro que de pasado, porque el pasado que sigue siendo presente es una carga demasiado dura como para recrearse en ella y además solo conduce a la melancolía.

El duelo se presenta interesante. No hay que descartar que cronistas y comentaristas concluyamos que lo gana Rubalcaba, cuya capacidad de empatía está fuera de duda; pero que nadie se ponga nervioso, porque los efectos secundarios del duelo serán tan pasajeros, tan irrelevantes para la batalla final, que solo darán material para unas cuantas crónicas. Lo importante, lo único importante es que el duelo Rubalcaba-Rajoy ayuda a consolidar un hábito democrático que debería estar al margen de la voluntad de los contendientes, que en el caso que nos ocupa son dos contendientes de peso. Han superado la adolescencia y ambos llegan llorados.

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