A un paso de la Moncloa.

MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Primero fueron los banqueros, luego los líderes de las organizaciones económico-sociales (patronal y sindicatos) y, finalmente, los presidentes de las Comunidades Autónomas donde gobierna el PP. Todos han ido pasando por el despacho del presidente del Gobierno «in pectore», Mariano Rajoy, a dos semanas de la investidura y toma de posesión. Los banqueros le dieron malas noticias a él y malas noticias recibieron de él Rosell, Méndez y Toxo, así como sus barones territoriales.

Por los banqueros supo que la enfermedad está bastante extendida pero que donde duele es en la falta de liquidez. No hay dinero, tan sencillo como eso, aunque la reciente inyección de dólares concertada por los más importantes bancos centrales del mundo ha aliviado la situación. Nadie se atreve a pronosticar cuánto van a durar los efectos del «manguerazo», que tan bien le han sentado a nuestra prima de riesgo.

Doble mensaje recibido por Rajoy de tan poderosos señores. Por un lado, que se esfuerce en poner a España en los centros de decisión europeos. Y por otro, que lo importante es crecer y lo urgente desbloquear el crédito. Eso va a seguir siendo difícil mientras los bancos sigan sin fiarse unos de otros en la dinámica del llamado mercados interbancarios. Uno de los visitantes del flamante ganador de las recientes elecciones generales le dijo que en estos momentos se está dando la paradoja de que los clientes, el hombre de la calle, los depositantes, se fían más de los bancos que los bancos entre sí.

En cuanto a los respectivos encuentros con Rosell (CEOE), Toxo (CC OO) y Méndez (UGT), el pretexto fue la reforma laboral. Si no se ponen de acuerdo patronal y sindicatos, Rajoy echará mano del BOE. A riesgo de que los sindicatos tomen la calle. No lo creo, aunque tampoco creo en una apacible convivencia de éstos con el Gobierno del PP. Si le dedicaron una huelga general a un Gobierno ideológicamente más próximo, no parece previsible un pacto social con quienes están más alejados.

Fue apacible la reunión con sus barones, aunque también bajo el síndrome de la caja vacía, como en el caso de los banqueros. Aquí el leit motiv era la deuda de las Comunidades Autónomas con el Estado, respecto a la que Rajoy, cuando aún era el jefe de la oposición, había reclamado al Gobierno Zapatero un aplazamiento en su devolución. No habrá tal, me temo, a juzgar por el frenazo de Javier Arenas al coordinador de Política Autonómica del PP, José Manuel Moreno, que dio por hecho esa ampliación de los plazos de devolución, de cinco a diez años.

Patinó Moreno y Arenas centró el tema: ni hablar del asunto «hasta que no sepamos el estado real de las cuentas». Pero ahí queda el episodio como una muestra del angustioso tránsito de las musas al teatro que estamos observando en el próximo inquilino de la Moncloa.

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