"El verdadero objetivo de una sociedad es el progreso social, algo más profundo que los ajustes"

Mario Conde: «Hace falta un proyecto unitario de España»

Disponemos de un nuevo Gobierno, con lo que se materializa una aspiración instalada en una parte considerable de la sociedad española. Un modo concreto de gobernar ya es historia. al tiempo que perdemos, en el decir de Ortega, un culpable al que imputar todos nuestros males.–La vida después de La Moncloa

El Gobierno es nuevo, pero los males, viejos, incluso de mayor antigüedad que la del Gobierno que desaparece. Y siguen ahí, al acecho, esperando soluciones. No podía ser de otro modo: elecciones y nombramientos no son, por sí solos, una solución integral contra los males.

Por ello la sociedad española, instalada entre la esperanza, la indiferencia y el miedo, se dispone a prestar atención a los nuevos hechos, a las medidas, a las realidades.
Es comprensible que la economía predomine en el discurso del nuevo presidente. la situación actual, con los niveles insólitos de paro, el proceso de demolición empresarial, la enorme cantidad de familias que carecen de ingresos propios, que viven de otros miembros de la unidad familiar y de las prestaciones que reciben del Estado en diversas modalidades, reclama atención preferente y urgen- te para evitar que todo ello acabe convertido en un cierto estallido social.

Es la atención a lo urgente. Pero sería un error capital creer que el problema actual de la sociedad española, y en una parte de la europea, reside en alcanzar un determinado dígito en el déficit público, o un porcentaje moderado de endeudamiento del sector público. los datos macroeconómicos son eso: datos macroeconómicos, reflejo de un determinado diagnóstico, pero nada más. Nada menos, dirán algunos. De acuerdo, pero nada más, insistimos otros.

Y no de hoy, sino de hace mucho tiempo, puesto que es deseable la eficiencia económica, pero el verdadero objetivo de una sociedad es el progreso social, algo mucho mas profundo que los ajustes de la macroeconomía.
No deben olvidarse tres rupturas básicas evidenciadas en este momento. la primera, la ruptura de la solidaridad intergeneracional.

Estamos desplazando nuestros problemas a nuevas generaciones que ya acumulan en España tasas de paro cercanas al 50%. Insostenible, además de un brutal despilfarro de energías necesarias para el saneamiento nacional. Y no lo atendemos. los casi 600.000 millones de euros -de momento- con los que el BCE ha premiado al sistema financiero son más madera en este proceso, puesto que, según indicios serios, servirán o para especular con garantía de seguridad o para pagar deudas atrasadas del propio sistema, pero difícilmente se traducirán en mayor flujo de crédito a quien lo necesita: el sector real.

De ser así, más deuda, más ruptura de esa solidaridad y más problema desplazado al futuro siguiendo lo que alguien me dijo con grave error: el que venga detrás que arree, sin darse cuenta de que quienes creemos en un concepto trascendente de la humanidad sabemos que no hay detrás ni delante, porque siempre está -debería- el hombre en su verdadera dimensión.

La segunda es la ruptura de la solidaridad interregional, evidenciada en discursos procedentes del País Vasco y de Cataluña contraponiendo esas regiones a España como categoría y sosteniendo que sus problemas económicos derivan precisamente de esa España a la que parecen no pertenecer. No es problema económico sino político.

Rompe un proyecto verdaderamente nacional, y sin una idea unitaria no conseguiremos gran cosa. Hace falta el proyecto unitario de España. En Europa, por supuesto, en la forma en que podamos, pero de España como categoría. Si no lo abordamos de modo claro, decidido y rotundo, seguiremos en el proceso de deterioro que se evidencia al comparar la situación de 1978 con la que muestra la actualidad. No es economía, sino política nacional de primer nivel.

La tercera ruptura es la que separa a la clase política de la sociedad civil. Sería un error garrafal que pensaran que las elecciones del 20-N legitimaron el modo de proceder, los privilegios, la forma de entender el poder propio de una clase política. No es así. Ni en España ni en otros países, singularmente Italia.

En la conciencia colectiva se ha instalado esa noción peyorativa y la aspiración de recuperar el protagonismo que la sociedad civil merece. Reformas sentidas mayoritariamente como necesarias han encontrado ausencias sonoras en el discurso del nuevo presidente. Financiación de partidos, sindica- tos, ley de Participación Ciudadana…

En fin, las que sabemos, las que tantas veces hemos denunciado, porque somos conscientes de que nuestro problema es en gran medida el fracaso de un modelo, de un determinado sistema, y, por ello, necesitamos una reforma en profundidad, no simples ajustes de cosmética en la epidermis, sino en las profundidades reales del modo de organizar el poder.

En estos tiempos para que un proyecto político se convierta en proyecto colectivo debe constar con la participación de la sociedad civil. Es difícil que el poder devuelva poder a la sociedad, pero es tan urgente como inevitable. Nuestra esperanza es que lo entiendan; nuestra preocupación, que lo ignoren. Estamos atentos a ello desde hace siglos.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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