OPINIÓN / David Horowitz

Ben Laden, el símbolo, ha muerto pero la yihad sigue en marcha

La muerte del líder de Al-Qaeda es importante, pero la amenaza continúa

Ben Laden, el símbolo, ha muerto pero la yihad sigue en marcha
Osama Bin Laden en una fotografía de archivo de 1988. EFE

Osama Ben Laden era el símbolo de la yihad islámica. Tras el 11 de Septiembre, las encuestas encargadas por Al-Yazira entre otras fuentes indicaron que del 10 por ciento al 50 por ciento de los musulmanes le calificaban de héroe. Son entre 150 y 750 millones de personas. Los símbolos son importantes, y la muerte del símbolo de la yihad islámica es importante. Pero la yihad perdura.

El hecho de que Ben Laden perdiera la vida en un inmueble en las inmediaciones de Islamabad (idóneo nombre) no es sino un indicador del apoyo del que disfrutaba en el mundo musulmán. Pero para cuando nuestros efectivos le echaron el guante, 10 años después del 11 de Septiembre, el eje de la yihad había pasado tiempo atrás de las cuevas de Waziristán a Oriente Medio: a la República Islámica de Irán, al Hezbolá libanés y a Hamas en Gaza, y al origen del odio islámico y su cruzada contra Occidente, los Hermanos Musulmanes egipcios.

Obama reivindica el mérito de la muerte del líder de Al-Qaeda, y lo merece, por el conflicto de agresión que emprendió en Paquistán en particular. Fue una estrategia audaz que en su momento provocó la ira de la institución «progre» cuando Nixon lo intentó en Vietnam, cuando Reagan lo intentó en Libia y cuando Bush lo intentó en Irak. Por desgracia, es la única mano dura de la estrategia de Obama hacia la yihad. La mano izquierda alimenta simultáneamente las llamas de la agresión islámica en territorio nacional y en Oriente Medio, y nuestra guerra contra este mal está en pañales.

En su discurso de la noche, el presidente habló igual que si la guerra fuera una guerra contra Al-Qaeda, aunque Al-Qaeda ha interpretado un papel bastante marginal y cada vez menos relevante en los más de 17.000 atentados terroristas islámicos que se han perpetrado desde el 11 de Septiembre. Después de ese atentado, Bush juró que Estados Unidos no toleraría a los regímenes terroristas que amenazan a las democracias de Occidente. Se está con nosotros o contra nosotros, dijo, para decepción de la izquierda partidaria del apaciguamiento. Pero desde entonces, se han creado regímenes terroristas islámicos en El Líbano, en Gaza y en Somalia, los talibanes vienen resurgiendo en Paquistán y los Hermanos Musulmanes avanzan en Egipto. Vienen nubarrones –sobre todo a causa de la ineptitud sin paliativos de la propia administración Obama– que no van a escampar por la muerte de un hombre.

Todavía hay en el horizonte muchas jornadas de dolor y sufrimiento. Como dijo con tanto acierto el presidente Bush en los días posteriores al 11 de Septiembre, va a ser una larga guerra difícil que probablemente se prolongue durante nuestra vida.

David Horowitz fue uno de los fundadores de la Nueva Izquierda norteamericana en los años 60 y fue editor de su principal publicación, la revista Ramparts. Junto al escritor Peter Collier, es autor de las tres biografías más vendidas de Estados Unidos: Los Rockefeller: la dinastía americana (1976); los Kennedy: un sueño americano (1984); y los Ford: una saga estadounidense (1987). 

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído