OPINIÓN / Javier González Méndez

Políticos: esos analfabetos emocionales

Hoy, españolito, como siempre, el periódico no hablaba de ti, ni de mí

Políticos: esos analfabetos emocionales
Rubalcaba y Rajoy en el Congreso de los Diputados. EFE

Estoy en el aeropuerto Francisco Sa Carneiro de Oporto. Acabo de llegar de Madrid en un vuelo low cost y deambulo por los enormes espacios, de nadie y de todos, cercado por los ecos de decenas de idiomas de todo el planeta sin sentir la mínima sensación de estar encerrado en una Torre de Babel.

Perdonen ustedes la falta de modestia, pero me da la sensación de que percibo lo que sienten las personas que se cruzan conmigo, a pesar de que no entiendo una sola palabra de lo que dicen. Quizá porque el «esperanto» es un idioma universal de miradas, de gestos corporales, de muecas faciales, de sonrisas hacia nadie y de lágrimas reprimidas y secas.

En un café de la terminal de llegadas me siento a ganar tiempo, entre colegas de especie que creen que lo están perdiendo. Con el café humeante y el mono de nicotina, «a distinguir me paro las voces de los ecos», como aprendí de Antonio Machado, «y escucho solamente entre las voces una»: el silencio de un chaval cuya mirada no está clavada en un iPhone, sino en un libro.
 
Tontos emocionales
 
Es superior a mis fuerzas. Avanzo hacia él, invado su espacio, le asalto a mano desarmada y acabo compartiendo un largo preámbulo de retórica que persigue una simple respuesta a una escueta y compleja pregunta: ¿qué hace un chico como tú en un sitio como éste?
Averiguo que se va. Que se lleva en su maleta, entre incertidumbres, nostalgias, reproches, miedo a su futuro y náuseas de su presente, su flamante título de Ingeniero Industrial. Se va a Berlín, donde están levantando un nuevo muro entre dos Europas, asqueado de vivir entre una España que sigue muriendo y una España que sigue bostezando.

Avisan por megafonía que su vuelo parte para Hannover, guarda su libro en la mochila, «Bonjour tristesse», me tiende la mano y me lanza una última pregunta teñida de reproche generacional:

-¿Qué  les pasa a nuestros políticos…?
-Son analfabetos emocionales, chaval, parapetados tras deslumbrantes currículos…
 
Y luego le vi alejarse hacia las puertas de embarque, pequeño por fuera, grande por dentro, a buscar su patria, su bandera, su himno, en cualquier lugar de esos en los que el ser humano se puede convertir en profeta fuera de su tierra.
 
La comedia humana política
 
Horas después estaba al fin en casa, sita en la tierra donde han cortado las alas a uno de cada dos «dulces pájaros de juventud», escuchando a Sorayas, Rubalcabas, Alfonso Alonsos, Óscar Lópeces, Candidos Méndez, Cospedales, Werts, Arturos Más, Tomases Gómez, mujeres y hombres de esos que conforman el elenco de actores de La Comedia Humana genuinamente española. Todos los días la misma función, los mismos monólogos, la mediocre pretensión de meterse en sus personajes, la búsqueda desesperada del ingenio perdido y la dosis que les proporcionan sus «camellos» para inyectarse en vena telegenia. Ninguno de ellos, ni siquiera los que acumulan los más deslumbrantes currículos, entendería ni una sola línea del ensayo sobre «la inteligencia emocional» de Daniel Goleman.

Sabía que al día siguiente las teles, las radios y los diarios hablarían de ellos, de sus mantras automatizados, de sus terapias contradictorias para salvar el Estado. Pero no el Estado conservador como lugar común de 47 millones de españoles, ni siquiera el estado de bienestar como argumento progresista para comprar almas, como un trágico plagio de Fausto, sino su estado personal e intransferible, el de sus partidos, el de su clientela, como esos trileros de la calle Sierpes, entre el color especial de Sevilla, que mueven vertiginosamente los cubiletes y consiguen que los incautos ciudadanos jamás acierten dónde está el dado de la suerte.
 
La España que manda y la España mandada
 
Me ha venido a la cabeza el chico del aeropuerto convertido en español errante; y los chicos y las chicas que pasean por las calles cogidos de la mano, de dos en dos, para no perderse en el túnel del tiempo que todavía no lleva ninguna parte; y jubilados abriendo milagrosamente sus pensiones como paraguas para cobijar a sus hijos y sus nietos del diluvio universal del desempleo; y hermosa gente corriente, the ordinary people, preguntándose qué han hecho ellos para merecerse esto. Y de repente, una radio, el estribillo de una canción, me ha mostrado una melancólica radiografía que permite contrastar la pequeña España que manda de la enorme, anónima y conmovedora España resignada a ser mandada:

        -Hoy, chaval, como siempre, el periódico no hablaba
         de ti, el periódico no hablaba de ti, el periódico no
          hablaba de ti, ni de mí.
 
        -Hoy, abuelo, como siempre, la radio no hablaba
          de ti, la radio no hablaba de ti, la radio no hablaba
          de ti, ni de mí.
 
        -Hoy, españolito, como siempre, la tele no hablaba
         de ti, la tele no hablaba de ti, la tele no hablaba
         de ti, ni de mí.

 

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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