OPINIÓN / José Luis Heras Celemín

Mariano Rajoy en el Congreso, el peor discurso desde que es presidente del Gobierno

La intervención del jefe del Ejecutivo estaba mal escrita y fue peor leída

El discurso que Mariano Rajoy ha pronunciado el 11 de julio de 2012 en la sesión de Pleno del Congreso de los Diputados es posible que sea uno de los menos brillantes de su carrera política. Además, sin duda es el más doloroso para él y el peor que le hayamos oído como presidente del Gobierno.

En lo ortográfico, en su versión impresa, tenía incluso faltas de ortografía impropias de un alumno mediocre de primero de EGB. Como ejemplo, en la copia facilitada a la prensa hay una preposición «a» precedida de una «h». En lo estructural, estaba mal redactado, con unos apartados numerados al tuntún. En su lectura, estos se iban en desorden y sin entusiasmo. Rajoy no lograba transmitir a quienes le oíamos la convicción que se espera de un orador con las ideas claras y que las expone sin apuros.

Por el motivo («comparecencia, a petición propia, del presidente del Gobierno») el discurso había despertado el interés general. Por el contenido («para informar sobre el Consejo Europeo celebrado los días 28 y 29 de Junio en Bruselas, así como informar sobre la política económica del Gobierno») resultaba importante, dadas la realidad económica nacional y las medidas gubernamentales que se barajaban como probables.

Había incluso quien esperaba que los intercambios de pareceres de la sesión podrían sustituir a un Debate sobre el Estado de la Nación que algunos apetecían, e incluso dar acogida a uno de los últimos motivos de interés: la comisión parlamentaria para investigar, o tapar, el llamado Caso Bankia.

A pesar de las deficiencias y las incomodidades debidas al calor propio de estos días de julio, acuciados por el interés y con buena voluntad, pudimos entrar a conocer qué es lo que quería, debía y podía contarnos el presidente del Gobierno.

En el preámbulo, percibimos que intentaba informar sobre lo acontecido en el último Consejo Europeo y trasmitir algunas ideas generales, que parecían tener su origen en el mismo: estamos en Europa y ello nos obliga a comportarnos como europeos. La vida en Europa no es una competición de vencedores y vencidos, sino una cooperación entre todos para conseguir afianzar la vida en común en un momento crítico para cada uno de nosotros y para Europa.

Después, mezclando las resoluciones emanadas del Consejo Europeo con las medidas tomadas a nivel nacional, llegó a una afirmación sencilla sobre la estabilidad y la continuidad de Europa, que parecía irradiar un motivo de seguridad y esperanza: «Se ha logrado un acuerdo, … estamos de acuerdo en la ruta y en la meta».

Y, para seguir esa dinámica y conseguir las metas europeas, fue desgranando lo que, según los acuerdos logrados, debía ser la actuación sobre unos ejes de actuación, emanados del órgano de decisión europeo. Estos, dijo: «son los mismos que estructuran la agenda de mi Gobierno». Especificó: Consolidación fiscal, reformas estructurales de dimensión nacional e integración de mercados a escala comunitaria, estabilidad financiera y más Europa.

La actuación propuesta, decía o trataba de decir con más voluntad que acierto, persigue una serie de objetivos generales, que globalizó para el total de los Estados miembro de la Unión en función de algunas generalidades y datos que fue citando. Eran: «Recomendaciones en línea con los ejes de actuación de mi gobierno: alcanzar la estabilidad presupuestaria y reformar nuestra economía».

En ese momento y de esa forma, volvió a usar a Europa y a las recomendaciones del Consejo Europeo como los inductores de unas medidas que aún no había enunciado, que parecían inapelables, y que aparecían por el hemiciclo como los calores en la tez de las personas. No llegó a hablar de imposiciones ajenas, intervenciones soterradas de hecho o directrices externas. Bastó con:

– Una afirmación tajante con la que callar a la oposición: «Los excesos del pasado se pagan en el momento presente. Porque el verdadero origen de esta situación está en el elevado endeudamiento de todos los agentes económicos».

– Y la enumeración pormenorizada de los ya intuidos y temidísimos datos del Gobierno:

  • El crédito a las familias se ha reducido un 2,7% y el de las empresas un 3,7%.
  • Si el déficit en la zona euro es del 4% del PIB, en España es del 8,9 %.
  • La deuda pública ha subido en 5 años del 36 % al 79,8 %.
  • La deuda del sector público y privado supone 1,8 billones de euros, el 165 % del PIB, que, descontándole lo que hemos invertido fuera del país, significa 977.000 millones de euros, equivalentes al 92,1 % del PIB. Mientras, en otros países es sustancialmente menor: Italia (21,8%), Francia (11%), Reino Unido (14%), EE.UU (17%) y en Alemania un saldo neto acreedor de (+36,35%).
  • Cinco millones seiscientas mil personas salen cada día por la mañana de su casa a buscar un trabajo que no encuentran.

El orador no bebió agua, no ordenó los papeles ni hizo el más mínimo gesto de cansancio o fatiga, sólo de preocupación. Pero todos percibimos una variación de temperatura que no nos dejó helados sino que nos hizo sentir calor. Algunos se echaron hacia atrás, otros se pasaron el dedo por el borde del cuello de la camisa.

En la tribuna de la prensa y a mi lado, la perspicaz Isabel Durán, que es mujer laboriosa y práctica, echó mano del bolso e improvisó un remedio inteligente. Sacó un abanico con los colores del arcoiris que, movido con donaire, se convirtió en un acondicionador de aire manual capaz de suavizar los rigores de la temperatura… y del discurso.
Inmediatamente después, el presidente empezó a leer lo que, los que teníamos el texto del discurso en las manos, devorábamos con avidez: las medidas de Rajoy. Las dividió en dos partes: reducción de gastos e incremento de ingresos.

MEDIDAS PARA REDUCIR GASTOS:

  • -Reforma de las Administraciones públicas. Refuerzo del papel de las diputaciones provinciales.
  • Mejorar el control de las cuentas pública. Publicación del sueldo de alcaldes y concejales. Reducción del 30 % del número de concejales. Reducción -e incluso eliminación- de empresas públicas. Exigencia de que las Comunidades Autónomas hagan lo propio. Estabilidad presupuestaria.
  • Revisión integral de la función pública, para que el empleo público se adapte a la realidad económica del momento. Reducción del número de días de libre disposición. Ajuste del número de «liberados sindicales», etc.
  • Se suspenderá la segunda paga extraordinaria a los empleados y altos cargos públicos de todas las administraciones, que para los empleados públicos será compensada, a partir de 2015, en forma de fondo de pensiones.
  • Reducción de empresas y fundaciones públicas y gastos ministeriales.
  • Recorte, para 2013, del 20 % de las subvenciones a partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales. Revisar gasto en dependencias y prestaciones.
  • Suprimir bonificaciones a la contratación. Revisar prestaciones por desempleo. Abordar el tratamiento de la jubilación anticipada.

MEDIDAS PARA AUMENTAR INGRESOS

Se han de aprobar en un próximo Consejo de Ministros:

  • Aumento del IVA (general del 18 al 21 % y reducido del 8 al 10%) y la fiscalidad medioambiental y bajada de las cotizaciones sociales (1 punto en 2013 y 1 punto adicional en 2014).
  • Reforma tributación medioambiental. Subida impuestos sobre el tabaco. Modificación de los pagos fraccionados del Impuesto de Sociedades y eliminación de deducción por vivienda de nuevos compradores.
  • Reformas a añadir a las ya iniciadas (laboral, del sector financiero y estabilidad presupuestaria): sector energético, garantía de la unidad de mercado, eliminación de controles y facilitación de resolución de conflictos contenciosos.
  • Y reformas y liberalización del sector público, flexibilización de los horarios comerciales y liberalización de servicios asociados al transporte ferroviario, portuario y aeroportuario.

Llegados a este punto, ya no bastaba la brisa que emanaba del abanico con los colores del arcoiris. Y Rajoy, parece que asombrado de la dureza de los ajustes que había enunciado, mostró una energía y una convicción de las que no había hecho gala a lo largo de la mañana. Inició, con otro tono, un final del discurso, esta vez sí, sentido, claro, duro y lleno de frases y gestos convincentes: «Nos encontramos en una situación extraordinariamente dura», «necesitamos que nos presten dinero para pagar», «estamos viviendo un momento crucial que determinará nuestro futuro», «esta es la realidad… y no caben ni fantasías ni ocurrencias», «yo soy el primero en estar haciendo lo que no le gusta: dije que bajaría los impuestos y los estoy subiendo», «hago lo único que se puede hacer, no me pregunto si me gusta», «o trabajamos todos unidos para lograr nuestros objetivos, o nuestro esfuerzos serán estériles». «La única pregunta que debe importarnos: ¿Servirá de algo?»

Después de pronunciar un «sí» rotundo y con mayúsculas, cesó de hablar y terminó el peor discurso que ha hecho y, seguro, el que menos le ha gustado componer (pegando trozos sin control y con faltas de ortografía y sintaxis), elaborar (recabando y amontonando datos sin orden), pronunciar (leyendo unos folios áridos y muy duros) y terminar (teniendo que, por necesidad, confiar en el concurso de todos).

Después usó el turno de réplica, tan árido y duro como el discurso, para contestar a una oposición parlamentaria que, al escucharla, en algunos momentos y en algunos casos, por fortuna para España no en todos, hacía recordar a un abanico con los colores del arcoiris.

Puede que fuera producto del azar y un motivo para la ilusión y la esperanza: en el abanico de Isabel Durán, quizá también el arco parlamentario, los últimos colores y los más estrechos eran los menos fuertes, menos claros y más tenues: el añil y el violeta.

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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