Opinión / José Luis Heras Celemín

El recortazo de Rajoy desorienta a los suyos y divide la estrategia socialista

A las nueve y tres minutos de la mañana del día 11 de julio, Mariano Rajoy compareció voluntariamente ante el Pleno del Congreso de los Diputados para, teóricamente, informar sobre el Consejo Europeo celebrado los días 28 y 29 de junio y sobre la política económica del Gobierno. Y para, prácticamente, enunciar el mayor ajuste económico conocido en la vida democrática reciente. Había expectación por conocer las medidas económicas que podrían ser anunciadas y, aunque se había especulado hasta la saciedad, nadie conocía hasta dónde iban a llegar los recortes que podría proponer el Presidente del Gobierno.

La opacidad y la cautela habían sido de tal categoría que ni siquiera a la Prensa, que cubre la información parlamentaria, se le había facilitado el texto que iba a pronunciar el Presidente, como ocurre en otras ocasiones.  El motivo parecía obvio: no se quería que nadie pudiera conocer el contenido de un discurso que no se entregó en la Tribuna de Prensa del Congreso hasta las diez y ocho minutos de la mañana, nueve minutos antes de que el Presidente terminara su exposición, cuando ya iba por la página 27 de un total de 34.

Con ello se conseguía que los oradores que seguirían al presidente en el uso de la palabra tuvieran que improvisar unas respuestas que, a la vista estuvo, debieron arreglar en su mayor parte o acomodar a lo oído sin la preparación y coherencia que habrían tenido de haber conocido con anterioridad el contenido del discurso del Presidente.

En el caso de Rubalcaba, en principio se mostró de acuerdo con el Plan de Crecimiento que proponía el Gobierno sin entrar a considerar las medidas de ajuste y las restricciones que iban implícitas. Como «asuntos prefabricados», citó la necesidad de un Banco Central Europeo, recordó que los datos económicos eran peores que al comienzo de la legislatura y ofertó una ayuda para lo que llamó un Modelo de Crecimiento pactado. Ya al final, recogiendo lo cogido al oído y no me meditado, abogó por la creación de un Impuesto para la Grandes Fortunas y opinó sobre la inconveniencia de un aumento del IVA que, dijo con suavidad, iba a castigar a todos, incluidos los más débiles.

En el caso del resto de los oradores, la actuación fue de un corte parecido con alguna añoranza a un Debate del Estado de la Nación que no se produjo o el intento de llevar a la tribuna la realidad económica de Bankia.
             
Al terminar el debate y analizar la respuesta de los portavoces de los grupos parlamentarios, la sensación era confusa: Por una parte, sin las concreciones que habrían salido de un estudio pausado de lo enunciado por Rajoy, todo el mundo parecía admitir como necesario el entonces sentido como duro ajuste anunciado por el Presidente con algunas salvedades tímidas y mal expuestas. Por otra parte, nadie se atrevía a manifestar un no meditado estudio de las medidas anunciadas y, mucho menos, a aventurar unas críticas que no se produjeron.
             
Pasadas las horas, sin embargo, la postura de todos fue cambiando. Y con mayor nitidez en el caso del primer partido de la oposición, que esa misma noche, en boca de su portavoz económico en el Congreso, enmendaba la postura de Rubalcaba con una crítica suave para, al día siguiente, endurecer la apariencia con el verbo duro de Elena Valenciano que, en unas pocas horas, se vería superado por las declaraciones de otros, incluida la del propio Rubalcaba, que enmendaba la plana de todo el mundo, hasta la que él mismo había expuesto en la tribuna del Congreso, para, finalmente, aparecer con una dureza en los juicios y una radicalidad en el verbo difícilmente compatible con el discurso que había improvisado a las diez y dieciocho minutos de la mañana del día 11 en contestación a Rajoy.
             
Como era difícilmente justificable un cambio tan radical, el propio Rubalcaba se encargó de explicarlo aludiendo a algo que favorecía su argumento: los tiempos en que habían ido conociendo la totalidad de las medidas propuestas, que, decía, «han ido variando a medida que se han ido explicando, primero en el Comunicado posterior al Consejo de Ministros del Viernes en que se aprobaron y después en las páginas del BOE».
             
En una situación como la que atraviesa el maltrecho partido socialista, el cambio de postura alimentó la sospecha de un conflicto interno entre sectores enfrentados, que habría producido la necesidad de que Rubalcaba, experto velocista en sus tiempos jóvenes y asentado corredor de fondo, recompusiera la estampa y variara la estrategia. A la hora de buscar, se citaron como motivos dos que sobresalían sobre los demás:

– El éxito de la facción más radical del PSOE, que habría obligado al supuesto «hombre de Estado» a ceder en sus posiciones patrióticas de apoyo al Gobierno para atender las exigencias de una supuesta mayoría radical.

– La decisión del partido, en su conjunto, de restarle espacio y protagonismo a Izquierda Unida y a Unión Progreso y Democracia para, al margen de consideraciones e intereses nacionales, canalizar en beneficio propio las previsibles reivindicaciones de los sectores obligados a soportar la crisis.

Sin embargo, tras un repaso a la realidad socialista, hay que tener en cuenta algo que convierte en quimera cualquier supuesto de apocamiento de la figura de Alfredo Pérez Rubalcaba, bien cediendo a lo impuesto por una facción del partido o atendiendo una decisión global emanada al margen de él.

Porque, asumido por el partido el fracaso electoral sufrido en las pasadas Elecciones Generales, ese mismo partido le otorgó, pactado o no y con fecha de caducidad definida o sin marcar, la capacidad suprema de decidir.

Y ello en el PSOE lleva aparejadas unas dosis de autoridad tan importantes que hacen que el poder socialista en estos momentos esté detentado por los llamados «rubalcabados» en detrimento de los no ganadores del Congreso Socialista de Sevilla , alguno de los cuales (Pajín y Aido) se han visto en la necesidad de «hacer sus Américas».

Por ello, y por coherencia con la estructura real del PSOE, los actuales cambios de estrategia socialistas no pueden concebirse al margen de la autoridad de su Secretario General.

Podrá argüirse un despecho político emocional del cántabro, sometido por el gallego a una espera y a una falta de atención desconsideradas.

Caben también la subordinación de los intereses patrios a los partidistas e incluso cualquier tipo de entelequia y elucubración por absurda o rocambolesca que pueda imaginarse, pero lo que es inconcebible es que en el PSOE actual y con Alfredo Rubalcaba de Secretario General sean ajenos a él estos cambios de estrategia.

José Luis Heras Celemín es corresponsal de Periodista Digital en el Congreso de Diputados.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído