El País no culpa a Bisbal del envejecimiento español

La izquierda geriátrica

Rosa Montero: "Transmutar La Princesa en un geriátrico empobrecería gravemente la atención a los ancianos"

¿Quién saca "tajada" de una privatización sino el Estado? ¿O es que es malo que el Estado gane?

«De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad». El dictum socialista es como todo en la izquierda: tan biensonante como absurdo. Cualquiera con los pies en la tierra se da cuenta enseguida que, de aplicarse, las capacidades tenderían a cero y las necesidades, a infinito. Es la naturaleza humana, esa gran olvidada de la progresía. Es como el intervencionismo, socialismo light de izquierdas y derechas nominales, que olvida que cuando quitas a Juan para darle a Pedro, cada vez más Juanes deciden hacerse Pedros hasta que el sistema quiebra. Y en esa estamos. Lea a El Trasgo en La Gaceta.

Lo he recordado leyendo en El País «Tesoro«, donde Rosa Montero nos asegura muy solemne que «la sanidad no es un negocio, sino un deber social». Voy a obviar la sensación que dan los rojos con esa obsesión por la Sanidad, que cualquiera diría que nos pasamos la vida enfermos y que la salud es la excepción, lo que queda especialmente raro en jóvenes lo bastante sanos como para pasarse noches quemando contenedores y enfrentándose a la policía con palos y bates de baseball.

No, me quedaré con lo que dice Montero. Escribe: «En 2008, el entonces consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Güemes, inauguró unas jornadas en el hotel Ritz de Madrid que se anunciaban así: ‘Aproveche la oportunidad de negocio que le brinda la Sanidad Pública’. O sea, no se puede decir que hayan engañado sobre sus intenciones: su meta siempre fue sacar una suculenta tajada de la privatización».

Aquí es donde me pierdo. En primer lugar, no es privatización, salvo de la gestión pero, en cualquier caso, ¿quién saca «tajada» de una privatización sino el Estado, ese ente adorado por la izquierda de la Montero? ¿Es malo que el Estado gane?

Pero no esperemos un argumento racional; sólo apelaciones demagógicas al sentimentalismo más atávico, como cuando dice: «Cuando los niños empiecen a morir porque algunos no puedan costearse la mejor asistencia, entonces dará comienzo la degollina». Lo tiene todo: niños que mueren y la no muy velada referencia a la degollina, última ratio de estos chicos tan pacifistas.

Más retórica lacrimógena y absurda: «Transmutar ese centro modélico y puntero (La Princesa) en un geriátrico no sólo no mejoraría la atención a los ancianos, sino que la empobrecería gravemente: sería un hospital sin UVI, sin urgencias… Una especie de moridero». Ya saben ustedes, señores geriatras: lo suyo no es una práctica médica, sino un ayudar a bien morir. Seguro que les encanta saberlo.

Los ancianos, pese al desprecio de la Montero -que, por lo que la llevo leyendo, tampoco creo que acabe de salir del Área de Pediatría-, no consultan al geriatra para que les dé matarile, sino al contrario, y dada la deriva de nuestra demografía, de la que dimos buena cuenta en nuestra edición de ayer, que se multiplique la atención a los mayores es sólo una respuesta natural a la creciente demanda. Aquí bien quisiéramos que hubiese motivos para multiplicar las maternidades, pero la cosmovisión difundida por, entre otros, El País, ya se ha encargado de que las cunas se queden vacías en España.

Por supuesto, a la hora de informar del invierno demográfico, Prisa sencillamente pasaba por aquí. La gran noticia, la realidad que va a condicionar directamente nuestra vida a un plazo cada vez menor, desde las pensiones a la deuda, pasando por el choque cultural derivado de la inmigración, ocupa apenas un recuadro diminuto en la primera del diario global. «Rajoy planea dar la residencia a los extranjeros que compren pisos» es, para los chicos de Janli (los que quedan), inconmensurablemente más importante que el hecho de que España se quede sin jóvenes y se llene de viejos.

El País trata el asunto en El Acento, en sus páginas de Opinión, y lo tajande de su titular -«España despoblada«- contrasta con el tratamiento casi casual y secundario que se les da en sus páginas.

El autor se permite incluso ciertas bromas insulsas, humor de sepulturero: «No tienen razón los maledicentes; el fenómeno no puede imputarse a que los españoles huyan despavoridos ante la política económica o las canciones de Bisbal. Se debe al descenso del número de mujeres en edad fértil, causado a su vez por la caída de la natalidad en los ochenta y principios de los noventa». Debe de estar de broma el redactor: la natalidad cae porque ya había caído antes.

Sí, seguro que está de broma. Pero la frivolidad llega a niveles estratosféricos en su último párrafo: «Sólo son tendencias; preocupantes, sí, pero susceptibles de corrección. Si España gana otro Mundial, o si los merkelianos perdonan a Europa las políticas de ajuste, o si en las próximas elecciones gana un candidato que sepa decir algo más que ‘haremos lo que hay que hacer’, o si Mas se queda, quizá mejore el ánimo reproductor, aumenten los nacimientos y no se despidan los emigrantes».

No se me ocurre nada que decir, en serio, ante alguien que puede quitarse de encima una crisis civilizacional de esta envergadura sosteniendo que si gana España un Mundial tendremos más hijos. No quiero ni pensar en la reacción de los agentes sociales si Rajoy dijese que las cifras del paro podrían mejorar si el Barça gana la Champions. Pero ese es ahora el nivel.

Autor

Elena Bellver

Redactora de contenido web & Seo, Copywriter & Community Manager. Es la redactora de las recetas de cocina de Periodista Digital.

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