LA CULPA SIEMPRE ES DE OTRO PARA LA IZQUIERDA

Almudena Grandes dice que el problema de los niños españoles es España

Artistas como Juan Diego ahora son decepcionantemente conformistas

Almudena Grandes dice que el problema de los niños españoles es España
Almudena Grandes. EFE

En su columna de Público.es, «El impudor del PP», Arturo González empieza con más razón que un santo: «Una de las señas de identidad más relevante de los españoles es culpar al otro. Siempre y en todo. Nosotros nunca somos culpables de nada, los culpables son los demás». No hay que decir que, como buen izquierdista, enseguida se dispone a echarle la culpa a otro, en este caso a uno de los monigotes de feria preferidos por la izquierda tribal: el PP. —Siga leyendo en La Gaceta

No le culpa de la muerte de Manolete de milagro, y al acabar repite la tesis que ha ignorado: «¡Y todavía presumen y se muestran satisfechos! Nada de autocrítica. Todo fantástico. La culpa, toda, siempre es del otro, nunca de uno mismo». Ese es uno de los grandes problemas de España, y el secreto del éxito de la izquierda. De hecho, la izquierda ha dejado hace tiempo de ser una ideología coherente y explicativa de la Historia siguiendo los delirantes soliloquios de ese plúmbeo señorito alemán, Carlos Marx, para basar su atractivo en este fascinante aserto: la culpa es de otro.

A todos nos gusta, claro, pensar que nuestro fracaso es siempre de otro, igual que tendemos a hacer nuestras las victorias de nuestro equipo de fútbol («ayer le dimos una paliza al Celta»; ¿dimos?), y los movimientos que han surgido del cadáver del putrefacto marxismo son todos así. Hasta el nacionalismo tiene eso de la izquierda: Espanya ens roba, todo lo que nos pasa es culpa suya. ¿Eres mujer y no te va bien? La culpa es del patriarcado. ¿Homosexual? El heterosexismo. ¿Habitante del Tercer Mundo? Colonialismo.

No pretendo decir en absoluto que estos cocos no tengan culpa de nada. Pero convendrán conmigo que no es precisamente una ideología que empuje a tomar las riendas de la propia vida o fomente una actitud práctica ante los problemas personales. En el centro de todo, como único agente del que se espera todo, está para esta izquierda el Estado.

Lo expresaba elocuentemente el actor Juan Diego Botto (los artistas, antaño contestatarios, son hoy decepcionantemente conformistas) en una entrevista publicada en JotDown: el Estado «debe ampararnos a todos y debe hacerse cargo de todos los ciudadanos». Por supuesto, para Juan Diego, el Estado no es el Gobierno del PP, ni los funcionarios, que se limitan a ejecutar; el Estado es el objeto místico de fervor de quienes creen no creer en la mística.

LA PRTOESTA DE LA IZQUIERDA

De ahí que la actividad más loable (y repetida) para la izquierda sea la protesta en cualquiera de sus formas, y de ahí que entre las campañas de las muchas marchas indignadas hubiera muchas pidiendo un puesto de trabajo, pero ninguna pidiendo facilidades para emprender. Para estos chicos los empleos son meras ocasiones de ganarse la vida que alguien debe poner a su disposición, igual que el sistema de enseñanza (que, no lo olvidemos, es público hasta cuando es privado) es puramente un trámite para conseguir una titulación.

Y hablando de educación, Almudena Grandes traiciona este espíritu del «¡que hagan ellos!» en su columna en El País que lleva este mismo titular, «Educación»: «El problema de los niños españoles es España, un país injusto, un país inculto, donde los ricos no pagan los impuestos que asfixian a los trabajadores y nadie tiene nunca la culpa de nada; donde las leyes, como los programas electorales, están para violarlas y el único horizonte de los mejores es la emigración. Esa es la verdadera, trascendental reforma educativa que padecemos. Si les han dejado sin futuro, ¿para qué van a estudiar?». Ya saben: les «han» dejado sin futuro. La posibilidad de crear el futuro, de estudiar precisamente para generar riqueza para uno y para los demás ni se plantea. El individuo es impotente. El Estado es Dios.

ESPERAR O NO AL ESTADO

Por eso me ha sorprendido la réplica (no es tal, pero cualquiera lo diría) que plantea Rosa Montero en el mismo periódico, «No rendirse«. No voy a acusar a Montero de haber perdido sus esencias izquierdistas, Dios me libre, pero últimamente hace un hincapié en la iniciativa privada que da gloria verlo. Cuenta la anécdota del profesor paraguayo Favio Chávez, que «estaba intentando enseñar música a los chavales para sacarlos de la calle, pero no tenían instrumentos. Revolviendo entre los montes de mugre, un día apareció un estuche vacío de violín y eso les dio la idea: se convirtieron en luthiers de los desperdicios». Don Favio no esperó al Estado, añado yo.

HUIR DEL FISCO (A OTRO PAÍS)

Otro que no sólo no ha esperado al Estado sino que huye activamente de sus rapiñas ha sido el actor Gérard Depardieu. Lo cuenta El País («Obélix el belga«), empezando de un modo que traiciona la mentalidad estatalista dominante: «En 45 años de carrera ha pagado 145 millones de euros al fisco francés. Eso significa que a Gérard Depardieu, que comenzó a trabajar a los 14 años en una imprenta y fue mozo de almacén antes de ser actor, le ha ido muy bien en la vida». Atención: haber pagado al Estado (que no tiene nada de místico, Juan Diego: son personas de carne y hueso con intereses y una agenda de poder) 145 millones de éxito no significa que Hacienda se ha convertido en un monstruo escandalosamente voraz que penaliza el talento y el éxito (que es, no lo olvidemos, es señal de haber acertado a dar lo que la gente pide), no: significa que «te ha ido muy bien en la vida». Vamos, que te han caído los millones de un árbol…

 

Autor

Marian García Álvarez

Redactora experta en televisión de Periodista Digital entre 2013 y 2016.

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