España graffiti / Javier González Méndez

Con Franco el himno se oía mejor

Era sonar con el Generalísimo en el palco la primera nota del himno y no se escuchaba ni el zumbido de una mosca

Para que luego digan que el Rey no es un símbolo inequívoco de unidad nacional, oye. Hemos pasado de las adhesiones inquebrantables a un Caudillo, “¡contigo hasta la muerte!”, a las discrepancias inasequibles al desaliento contra un Monarca.

Hemos dejado de llenar plazas de Oriente para aplaudir a un Régimen dictatorial y nos hemos puesto a abarrotar estadios y pabellones para abuchear a una Monarquía parlamentaria. Nunca nadie, desde que Franco dejó de aparecer en los palcos de las finalísimas del Generalísimo, había puesto de acuerdo a tantos españoles como cuando aparece ahora Juan Carlos I en los palcos de las finalísimas del Rey.

Lo que pasa es que con Franco se oía el himno mejor, las cosas como son. Sobre todo en las finales de Copa, cuando asomaba la figura de aquel Jefe del Estado inconstitucional de infausto recuerdo, era sonar la primera nota del himno y no se escuchaba ni el zumbido de una mosca, lo que yo te diga.

El Régimen es que inventó el carné por puntos para evitar “incidentes”, mucho antes de que la democracia instaurase el carné por puntos para evitar accidentes. Lo que pasa es que en tiempos de la “oprobiosa” no te los quitaban, sino que te los ponían, de sutura, naturalmente. Pero no porque le pillasen a uno pasado de copas, sino si le pillaban a uno, por ejemplo, pasándose en una Final de Copa.

Si no fuimos capaces de tomar El Pardo, ¡tomemos la Zarzuela!
 
Antes es que no había libertad, pero el miedo de los españoles era libre, asunto que permitió al Dictador morirse de viejo y de flebitis en la cama de un hospital, entre los pitidos de un monitor como única prueba de que aquel señor, por lo visto, tenía corazón. Ahora, en cambio, hay libertad, o algo parecido, y los españoles nos hemos venido arriba.

Nos persigue el  “mono de abstinencia” histórico por no haber echado de El Pardo a aquel Jefe del Estado impuesto a sangre y fuego, y queremos redimirnos, darnos un chute de dignidad, vamos, intentando echar de la Zarzuela a un Jefe del Estado constitucional a base de pitidos y abucheos como armas de destrucción masiva.

Antes, por ejemplo, cuando la “escopeta nacional” y la cosa, las cacerías de perdices que retrató magistralmente Berlanga quedaban reducidas a una reseña en los ecos de sociedad. Ahora, ya ves, las cacerías de elefantes en Botsuana no inspiran guiones de hilarantes comedias cinematográficas, sino profundos editoriales y sesudas columnas de opinión con funestos presagios.
 
La revolución de las pitadas
 
¡Haber avisado que la democracia era esto, hombre! Una disculpa para sacarnos la espinita histórica de no haber tenido relaños para derrocar a un Dictador (que no reinaba, de acuerdo, pero gobernaba, ¡vaya si gobernaba!) a costa de un Rey legitimado que, naturalmente, reina, como su propio título indica, pero, gobernar, lo que se dice gobernar, sólo ha gobernado, a veces, el timón del Bribón, las motos con las que ha circulado por el filo de la navaja y las muletas que a duras penas mantienen el equilibrio de la Corona.

Mira, por lo menos hemos inventado la pitada y el abucheo como modalidad incruenta para intentar cortarle la cabeza a un rey. Aquí es que los reyes siempre se nos han escapado, hombre. De los atentados, por las fronteras de Hendaya o de polizones en un barco que salía de Cartagena.

Nunca hemos podido llevarlos al cadalso, como los ingleses, como los franceses, y ya no corren buenos tiempos para la lírica revolucionaria del hacha y la guillotina. Ahora, a los reyes sólo se les puede condenar a pena de muerte social en twitter, a través de tribunales como “Sálvame diario”, con soflamas de “princesas del pueblo” y jurados populares dictando sentencias sonoras en estadios de fútbol y pabellones deportivos. Hemos descubierto la revolución a la española, en un alarde de I+D+i sin precedentes en la historia.

La monarquía como señuelo; el Rey como “sparring”
 
Ahora, también te digo una cosa. Cuanto más crece la fobia colectiva nacional hacia la Corona, más admiración me despiertan los padres de la Constitución de 1978. ¡Qué listos eran los tíos! ¡Qué capacidad para prever el futuro!

¡Qué ingenio para vendernos un Rey como solución para la transición! Bajaron a un  Príncipe (¡nada menos que un Borbón!) del desván del franquismo, lo incorporaron al nuevo orden constitucional de un pueblo hambriento de democracia y lo dejaron sólo ante la historia, como un señuelo para desviar en un futuro la ira predecible e inevitable de los ciudadanos.

Muy bueno lo suyo, Gaby Cisneros, Pérez Llorca, Jordi Solé, Fraga Iribarne, Roca Junyent, Herrero de Miñón, Peces-Barba, nuestros siete sabios de Grecia en versión cañí, que inventaron el Rey como muñeco de feria, la Monarquía como “sparring”, el Borbón que tenían a mano como futuro placebo contra la rabia y la pena de una sociedad que, más temprano que tarde, acabaría descubriendo que no era oro todo lo que relucía y todos los que relucían en la democracia española.

Ahí tenéis pues a Juan Carlos I, el árbol institucional que nos impide ver en toda su dimensión el bosque (la jungla, diría yo) de la partitocracia que ha invadido de metástasis nuestro joven Estado de Derecho.

Si no estuviese ahí para llevarse el mayor número de hostias sociológicas que se rifan, los abucheos públicos y notorios, las pitadas ensordecedoras, el pim pam pum de los intelectuales, de los tertulianos, de los vídeos del Intermedio, de los francotiradores de opinión, de Julio Anguita resucitado entre los muertos, de los nacionalistas, de los republicanos, de los indignados, de los inducidos, etc.., habría que inventarlo, oye. Porque el Rey, la Corona, se ha convertido en nuestra terapia colectiva.

Es, para los españoles, como la figura del padre en los psicoanálisis de los pacientes de Freud: el que tiene la culpa de nuestros complejos, de nuestros miedos, de nuestras frustraciones, de los sucesivos inviernos de nuestro descontento.

A mí, en las finales de Copa de su Majestad, ya no me interesa los que ocurre en las canchas o en los terrenos de juego, sino lo que ocurre en los graderíos. Ni siquiera recuerdo quiénes jugaron el otro día en Vitoria. Eso, si: permanece grabada en mi retina la expresión contenida de victoria del Lendakari Urkullu. Debieron de ganar los suyos.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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