OPINIÓN / JOSÉ LUIS HERAS CELEMÍN

El papelón de un senador del PNV con ‘Ocho apellidos vascos’

Ocho apellidos vascos, del director Emilio Martínez Lázaro, es, además de una película de éxito y una comedia grandiosa, la prueba evidente de que el cine español está vivo y que, con subvenciones o sin ellas, merece seguir formando parte de una cultura nacional que tiene carácter propio, que entretiene y enseña, y que incluso es políticamente útil.

Desde el día catorce de mayo, que se estrenó, la película ha roto todas las previsiones, ha superado todos los records de espectadores y recaudación y ha subido a la cima de la fama.

Los actores Dani Rovira y Clara Lago, hasta ahora poco conocidos, han tenido la suerte, también el fulgor mágico que tienen los genios, de quedarse escondidos tras unos personajes extraordinarios capaces de mostrar la verdadera esencia del ser humano.

La historia que se cuenta, la vieja y nueva historia de siempre, del amor entre las personas y del afecto por las cosas propias, se diluye en una realidad nacional que en esta película y con esta historia aparece nítida y alegre, relegando los prejuicios separatistas a la categoría de accidentes folclóricos y las visceralidades trágicas a motivos de broma capaces de desdramatizar lo que no debe estar dramatizado.

Aprovechando el éxito, los «Ocho apellidos vascos» llegaron ayer al Senado en la Sesión de Control al Gobierno que se celebraba en la Cámara Alta. Los llevó el portavoz del Partido Nacionalista Vasco, Jokin Bildarratz, que preguntaba al Presidente del Gobierno; y que entendió que la película y el empeño de su protagonista andaluz, que se afanaba en aprender la lengua de la mujer que pretendía, eran motivos válidos para reivindicar el euskera. Y el hombre, que parece que vio la película aunque puede que no la entendiera, se lanzó a pedir al Presidente del Gobierno gestos y medidas con los que superar los problemas que según él existen en las Comunidades Autónomas que tiene lengua propia.

Entendía Jokin Bildarratz que, para el caso vasco, una parte de esos problemas son los recursos judiciales interpuestos por el Delegado del Gobierno contra el uso de los criterios lingüísticos impuestos para la contratación pública en algunas de las instituciones que administra Bildu. Y, frente a esos recursos, usando como motivos algunas de las secuencias de la película, le preguntó a Mariano Rajoy cuándo iba a encargarle al Delegado del Gobierno que, además de defender al castellano, también defendiera el euskera.

El Presidente, que parece que no ha visto la película, escuchó las peticiones y en respuesta: alabó la actuación del Delgado del Gobierno que está encargado de «defender la legalidad». Negó la existencia de menosprecios o agresiones al euskera. Aconsejó al Partido Nacionalista Vasco que no se adhiera a las tesis de los extremistas porque «no conviene dejarse manipular por los extremistas, ya que a los extremistas nadie les puede ganar a extremistas, sobre todo si no lo son». Y recordó que el Estatuto de Autonomía del País Vasco garantiza el uso del euskera y del castellano y que nadie podrá ser discriminado por razón de su lengua.

Alguien, después de la sesión de control al Gobierno en el Senado, le dio por ir a ver la película y tratar de precisar la diferencia en la percepción de una misma cosa, que ya no es la lengua que se usa ni los controles del delegado del Gobierno a las medidas administrativas que toma Bildu y defiende el PNV, sino la realidad misma y humana de la vida que existe en la calle y que sentimos y percibimos todos. Y, tras verla, entre lo vivido y sentido en el cine y lo dicho y escuchado en las intervenciones del portavoz del PNV y el Presidente del Gobierno en el Senado, hay algo tan importante que aconseja que ‘Ocho apellidos vascos’ no se quede en una simple cinta de cine que un día mereció ser citada por un portavoz político. Algo hay en la cinta de esta película vasca y en el cine español que supera los discursos de oradores políticos y que merece ser tenido en cuenta por todos.

Y es que, al final de la película, la protagonista, que es una mujer vasca, se olvida de lo que no es auténtico y vital, se aferra a lo importante que hay en la vida y a los valores humanos de siempre y… termina en Sevilla, al lado de un español andaluz, yendo al futuro en calesa. Y con «Los del Río» tocándoles las palmas.

 

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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