EN PLENO DESAFÍO

Una pinza diabólica atrapa a Sánchez Camacho en su laberinto mortífero

Nunca ha sido fácil gestionar la marca del PP en Cataluña. Pero hasta para cubrir el expediente resulta imprescindible cintura ante la realidad de un momento dramático

Una pinza diabólica atrapa a Sánchez Camacho en su laberinto mortífero
Alicia Sánchez-Camacho

El desembarco de Alicia Sánchez Camacho al frente del PPC pareció suponer una oportunidad única para representar la opción más útil frente al nacionalismo. De facto, al menos por un tiempo, la presidenta de la marca en Cataluña logró convertirse, con la inestimable presencia de Mariano Rajoy en La Moncloa, en la auténtica jefa de la oposición en la cámara autonómica. El espejismo duró lo que tardó Artur Mas en evidenciar su ombliguismo independentista.

Los populares catalanes ignoraron indiscutibles virtudes y, lejos de crecer políticamente, cedieron a Albert Rivera y sus Ciudadanos la cerrada defensa de los valores constitucionales. Hay que reconocer que los abrazos a la seneyra y demás gestos por catalanizar los símbolos del partido con el objetivo de desmarcarse del estigma de siglas extrañas que le colgaron los mismos nacionalistas, desconcertaron a sus potenciales votantes. Hasta ahora.

El imparable desgaste frente a Rivera y las dudas sobre el liderazgo de Sánchez Camacho llevó a un buen número de voces -la mayoría desde los aledaños de Génova 13- a reclamar su inclusión en la lista europea del PP. Las grabaciones de Método 3 y demás informaciones personales hicieron trizas la imagen de la presidenta de los populares catalanes.

En medio del marasmo tampoco el Gobierno de la nación le ha puesto las cosas fáciles. La imperturbable estrategia de Mariano Rajoy de eludir el choque con Artur Mas y los intentos de fortalecer el papel de Josep Antoni Duran i Lleida como interlocutor han podido ser acertados pero han dejado a la marca catalana sin capacidad de iniciativas ante la espiral secesionista. De hecho, el PPC aún busca su sitio.

El teatral gesto de sus parlamentarios de alzar las manos en la votación de la Comisión de control de la consulta del 9-N sólo ha evidenciado lo grande que es su desesperanza. Con los diputados de Ciudadanos fuera del hemiciclo, lo único que provocaron Alicia Sánchez Camacho y los suyos fueron las risas de los nacionalistas. Bochornoso espectáculo que sólo puede ser entendido como una enajenación algo más que transitoria. Muchos concluyeron de nuevo que el PPC se ha convertido en una mera caricatura de sí mismo.

Este estado se alcanza cuando la confusión del deseo con la realidad es casi permanente -así se demostró con la ocurrencia de reconocer la especificidad de una financiación para Cataluña- y se cae entonces en decisiones tales como saltar de manera intermitente del poder legislativo al judicial, aunque nunca para denunciar las tropelías de los Pujol. En manos de Sánchez Camacho apenas queda ya, por acuerdo con La Moncloa, el seguimiento diario de lo que llegue desde la Generalitat de Cataluña.

Basta con echar un vistazo a las encuestas para asentar una tendencia ya incuestionable: Que ERC y Ciudadanos son los grandes beneficiarios del órdago de Mas. Todos los sondeos dibujan una fuga masiva de votos del PPC a la formación dirigida por Albert Rivera y de CiU a los republicanos. Alarmante resulta la pérdida de fidelidad del votante popular. Habría que estar muy ciego para seguir sin inmutarse por esa pendiente como quien oye llover.

Un tufo a descomposición recorre las filas del PPC. Hasta el punto que Sánchez Camacho, entre el rechazo a su propia gestión y también la alternativa que ofrece un impoluto Rivera, ha quedado atrapada en su laberinto.

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