La ventana discreta

Hijos de la ira

Hijos de la ira
Manifestación y manifestantes. EP

No merecen estos cretinos, trivagos y maleantes la más mínima línea pero todo sea -cosa difícil- por esclarecer la visión de los ciegos y el tuerto es el rey. En sus ademanes, en sus alocuciones alocadas, esta pandilla de universitarios asamblearios -comunistas-troskistas-leninistas- nos van a llevar, si Dios no lo impide o Cristo no lo remedia, a la bancarrota nacional. Hijos de la Lodgse, de la ira, del encono, de la venganza, dan la impresión de que acaban de ser derrotados por las tropas de Franco. Mismamente. El indigente Zapatero, el peor presidente desde Fernando VII hasta nuestros días, qué digo peor, pésimo, dio el pistoletazo y no en sentido figurado para sacar a colación la memoria histórica, siempre del lado de la izquierda. Todo por reivindicar al capitán Araña, qué más quisiera, que fue el traidor capitán Lozano, quien -según testigos documentados- en plena contienda desertó de las tropas de Franco y cuando él capturaba a los nacionales mandaba construir una fosa, los cubría de tierra hasta el cuello y luego los remataba con un tiro en la cabeza.

La historia es la historia. Difícilmente objetiva y muy mucho interpretativa. La historia, según Baroja, siempre fue una fantasía sin base científica. Pero don Pío se dejaba llevar más por la literatura que por los hechos. Que en la memoria de los tiempos son irrefutables. A saber: Franco fue el primero en acudir a la Revolución de Asturias (1934) en nombre de la República, y a sus órdenes estuvo el referido capitán Lozano. Que del 34 al 36, se quemaron conventos, curas con sotanas y sin tonsura, monjas con y sin cofia, profesos de la fe cristiana, etc. Y no digamos en plena guerra civil. Donde en algunas carnicerías de las calles de Madrid se ponían rótulos que decían «se vende carne de cerdo» (por los sacerdotes y religiosas). Y que se daba «el paseíllo», nacionales al camión y tiro porque me toca y a la cuneta.

En honor a mi progenitor, militar de alta graduación, sin tacha ni mancha, he de decir que jamás me habló de la guerra civil. Y eso que estuvo detenido por los «rojos», denominación como gustaban de ser denominados los republicanos, y le iban a ejecutar. Se escapó en una noche de luz de luna en Madrid. Le bombardeaban a discreción los de un lado y los de otro. Hasta que llegó a zona nacional donde le entrevistó en la emisora de avanzadilla Gregorio Marañón Moya, hijo del gran científico español.

Y supe de este episodio la guerra porque yo oía en la habitación contigua a la mía el gemido en sueños de mi padre. Lloraba aquellos días en el frente, donde los fusiles descargaban la muerte. La honorabilidad y caballerosidad de mi ser querido se hizo patente cuando -allá por los 50- se encontró por la calle de Fuencarral a quien le iba a dar el tiro de gracia. No le denunció, y, encima, se destocó levemente el sombrero al reconocerle.

Estos seres de odio y hiel quieren arrumbar cualquier vestigio franquista, menos la paga del 18 de julio y la Seguridad Social ni, por supuesto, las calles de Pasionaria, Pablo Iglesias, el sin coleta, Carrillo, el asesino de Paracuellos… como tampoco las estatuas de Indalecio Prieto o Julián Besteiro. Ojala estos hijos de la ira fueran los que escribió en versos Dámaso Alonso quien me regaló su magna obra seriada y con esta dedicatoria que me llena de orgullo:

«A Santiago López Castillo, en nuestra entrevista, con mucho afecto y coincidencia de un joven muy inteligente y un viejo que admira su juventud».

Dos días antes de morir Franco.

De la memorable obra del entonces director de la RAE entresaco estos versos de su pluma republicana: «Podrás herir la carne./ No morderás mi corazón,/ madre del odio./ Nunca en mi corazón,/reina del mundo».

Te puede interesar

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído