ANÁLISIS

La kale borroka catalana exige una respuesta inequívoca de los Mossos

Los CDR no pueden seguir actuando con impunidad y, aunque se comprenda la paciencia, todo tiene un límite

La kale borroka catalana exige una respuesta inequívoca de los Mossos
Los activistas de los CDR independentistas cortan carretera en Cataluña. EP

Convertir al ciudadano en rehén es la última estrategia de un procés desquiciado

Es hasta cierto punto comprensible la paciencia con que los Cuerpos de Seguridad, incluyendo a los controvertidos Mossos d’Esquadra, están tratando los reiterados episodios de sabotaje callejero protagonizados por los autodenominados Comités de Defensa de la República (CDR), el eufemismo autocomplaciente y épico que esconde, en realidad, a grupúsculos violentos cercanos a la kale borroka vasca y a la antisistema CUP.

Pero todo debe tener un límite. Invadir y paralizar infraestructuras como autovías, peajes o estaciones del AVE, incendiar las calles, convertir en rehenes a los ciudadanos y desafiar directamente a la Policía no pueden convertirse en hábitos. Y, por mucho que se intente mitigar los indeseables efectos de una repuesta a esa violencia, no puede haber nada peor que tolerarlos sine die.

La violencia de los CDR, una especie de guerrilla de inspiración castrista que se siente la infantería callejera de un pueblo oprimido, tiene cómplices e inductores que de un lado la legitiman y, de otro, exponen la verdadera naturaleza del ‘procés’ y justifican la imputación por rebelión de sus cabecillas.

Porque ni tendría esta dimensión ni gozaría de tantos apoyos de no venir respaldada o incluso impulsada desde instituciones y partidos catalanes que han prendido la mecha de esa respuesta y le intentan sacar partido político: cuando el independentismo presenta la imposición de la ley -que es una garantía esencial de la democracia- como un ejercicio de represión y moviliza todos los recursos a su alcance para culminar un Golpe a la Constitución, está incitando a la insurrección a los más agresivos miembros de esa cruzada inviable.

Lo que hace especialmente repugnante a los CDR es que han sido y son blanqueados y legitimados por poderes públicos y dirigentes políticos convencidos de que la inexistente nobleza de su fin legitima el uso de todo tipo de medios, convirtiendo el mero vandalismo en un acto heroico de resistencia y transformando la violencia en una respuesta inevitable a la opresión.

La propaganda de siempre

Llegados a ese punto, cuando las opciones son paralizar carreteras durante horas y asaltar con encapuchados cabinas de peaje o reponer el orden desde la fuerza policial aun a riesgo de presencias escenas indeseables, sólo cabe escoger la segunda. A sabiendas de que la propaganda nacionalista, experta en manipular los hechos e invertir las responsabilidades, presentará las legítimas acciones policiales en defensa de los ciudadanos como el enésimo ejemplo de brutalidad.

Más preocupante es que la antigua Convergencia -hoy un compendio de facciones enemistadas-, ERC o En Comú Podem sean incapaces de condenar esta escalada y se abonen, de distintas maneras, a aceptar que los CDR son una expresión legítima del descontento de una parte de Cataluña.

Que lo sea o no es irrelevante, pero evidencia hasta qué punto la estrategia, el discurso y las decisiones de todos estos partidos han naturalizado lo ilegal y pervertido la esencia del sistema democrático: si el mensaje de buena parte de ellos ha sido que saltarse la Constitución es un derecho y que nadie puede juzgarles pues su autoridad emana de una instancia superior; ¿cómo no va a pensarse que la burda violencia es un acto de legítima de defensa?

El ministro Zoido dijo este fin de semana que el acoso o el hostigamiento es violencia, y no le falta razón. Y la Fiscalía ya ha abierto diligencias para determinar responsabilidades penales en todo esto. El nacionalismo catalán ha tenido en ese recurso, utilizado con distintas versiones e intensidades, la herramienta fundamental de su desafío: violento es señalar al adversario, coaccionar a los medios de comunicación adversos, incitar el choque entre Mossos y Policía, auspiciar la revuelta callejera y, desde luego, tolerar la inmunda actitud de los CDR.

Y no se puede separar al soberanismo de todo ello. Tal vez estas guerrillas prendan ellas el fuego, pero alguien les ha dado primero el mechero y la gasolina, demostrando de paso lo procedente que ha sido la decisión judicial de Llarena de procesarles a todos por rebelión: el procés es violento, en sí mismo, y ahora nadie podrá ya discutirlo.

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