EL FANATISMO CAMBIA DE MARCA

El golpismo catalán cambia de plumas pero sigue con el mismo pico

El separatismo sigue con las mismas estructuras competenciales, financieras y organizativas que en el 1-O, pero con una diferencia favorable: el PSOE ha roto el consenso

El golpismo catalán cambia de plumas pero sigue con el mismo pico
El golpista Puigdemont en la presentación de Crida Nacional por la República catalana. EP

Torra monta una nueva "estructura de Estado" con 1.000 millones de déficit

Los mismos perros, pero con distintos collares. El prófugo Carles Puigdemont consiguió este 22 de julio de 2018 que su partido, el PDECat, comenzara el proceso de desaparición necesario para integrarse en su nueva formación, la denominada Crida Nacional por la República.

Puigdemont quiere crear un movimiento de peronismo separatista, en el que, a partir del culto a su mito de presidente en el exilio, se diluyan los partidos independentistas, especialmente ERC, y retomen el proceso unilateral de independencia.

Sin embargo, es poco relevante que la Asamblea del PDECat decidiera cambiar «inmediato» por «lo antes posible» su compromiso para declarar de nuevo la independencia de Cataluña.

Estas diferencias de literatura, lo mismo que las puñaladas entre dirigentes nacionalistas o la división en la Asamblea del PDECat, son compatibles con el objetivo estratégico de todo el nacionalismo separatista catalán, que sigue siendo el desafío al Estado. Nada ha cambiado.

Eran y son una amenaza. Es más, lo que parecía ser una tregua iniciada con la visita de Quim Torra a La Moncloa se ha confirmado como un parón técnico del separatismo para reorganizarse y disfrutar de la vergonzante debilidad del Gobierno de Sánchez.

Los socialistas actúan en Cataluña como un disco rayado, con las mismas ofertas de hace quince años -más competencias, más dinero, otro Estatuto- y tan inútiles como entonces para atajar el problema de fondo separatista. Los separatistas no se están radicalizando, porque ya lo estaban. Sólo se rearman.

El separatismo catalán, liberado de la presión del 155, tiene en frente a un Gobierno frágil, voluntarista y temerario, capaz de declarar que ha finalizado la etapa de la confrontación con la Generalitat, sin más razón que su empeño en diferenciarse a toda costa del PP.

El separatismo no ha cedido un centímetro de terreno, no ha renunciado a desafiar al Estado y el Gobierno llamado a defender al Estado mira a otro lado y se entusiasma con sus propias ficciones sobre lo que está sucediendo en Cataluña.

Y lo que sucede en Cataluña es que el golpismo sigue con las mismas estructuras competenciales, financieras y organizativas que en el 1-O, pero con una diferencia a su favor: el PSOE ha roto el consenso constitucional en la respuesta al independentismo. No tiene motivo alguno Puigdemont para renunciar a la ofensiva contra el Estado, porque la respuesta que está encontrando en Pedro Sánchez es una invitación a perseverar en el desafío.

Las disensiones entre nacionalistas y los golpes de mano de Puigdemont en su partido, puramente personalistas, no redundarán en beneficio del Estado si el Gobierno no aprovecha la coyuntura para penalizar el separatismo, en vez de premiarlo con más concesiones y, sobre todo, con una apariencia de normalización tan engañosa con la opinión pública como desleal con los catalanes no nacionalistas.

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