ANÁLISIS

El xenófobo Torra y los matones del independentismo catalán se abrazan al socialista Sánchez

El xenófobo Torra y los matones del independentismo catalán se abrazan al socialista Sánchez
El socialista Pedro Sánchez y el independentista catalán Quim Torra. EP

Como suele repetir Angel Expósito en la COPE, este Torra no es Churchill, sino un majadero, racista y xenófobo, que eol menor día sale corriendo hacia Bégica a reunirse con el resto de facinerosos y cuyo predicamente únicamente estriba en los millones y abrazos que le da el ‘okupa’ Pedro Sánchez.

Torra no es el problema, sino su manifestación más burda. El problema es el estado creciente de crispación social provocada por el separatismo y la sonrojante ambición y falta de escrúplos del líder del PSOE.

EL órdago de Quim Torra al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha estrellado con la oposición de sus socios separatistas, ERC y la CUP, más que con la reacción tibia del Gobierno central.

Poner a Pedro Sánchez entre la espada del referéndum y la pared de unas elecciones generales anticipadas no ha gustado a los republicanos de Oriol Junqueras, no sólo porque ha sido una iniciativa que Torra no les ha consultado, sino también porque supondría precipitar una posible salida de Pedro Sánchez de La Moncloa y esto haría perder a los nacionalistas el actual escenario propicio para el discurso secesionista. No quieren perder tan pronto al socio Sánchez.

La lección de esta nueva crisis entre nacionalistas es que no representan un proyecto viable siquiera para ellos mismos, por lo que no hay razón política que justifique la insistencia del Gobierno en dialogar cuando no hay sobre qué dialogar y, por lo visto, tampoco con quién hacerlo.

La debilidad interna del nacionalismo es la oportunidad del Gobierno de Sánchez para anteponer el interés nacional, y desmantelar el golpe contra la Constitución de una vez por todas, al interés partidista, centrado en conservar el puñado de escaños de los separatistas catalanes para que Sánchez cumpla su sueño personal de seguir en el poder.

Se está cumpliendo el pronóstico del expresidente Aznar de que antes se rompería Cataluña que España. Se ha quebrado la sociedad catalana, se ha quebrado la confianza en las instituciones autonómicas y, ahora, vuelve a quebrarse el frente nacionalista, que ya va por el tercer presidente de la Generalitat defenestrado.

Tampoco sería razonable confiar en que estas disputas internas hagan fracasar definitivamente el proceso secesionista, porque en las situaciones límite los separatistas se reencuentran; pero sí es el momento político de ahondar en sus diferencias con una política firme desde el Gobierno y el Parlamento.

La condescendencia del Gobierno al ofrecer siempre diálogo como respuesta a cada insulto o amenaza de Torra no es una reacción digna, ni es políticamente útil. Desaprovecha la ocasión de poner en marcha una política orientada a ganar el pulso a los separatistas, en vez de buscar ese apaciguamiento inútil, que, además, no representa más que la coartada del PSOE para sostenerse en el poder contra toda lógica democrática y patriótica.

Torra no es el problema, sino su manifestación más burda. El problema es el estado creciente de crispación social provocada por el separatismo, que está interiorizando poco a poco la violencia callejera y el acoso a la oposición como métodos admisibles. Torra pone rostro a la verdadera naturaleza del separatismo supremacista, que es, por definición, antidemocrático.

Por eso, las debilidades del nacionalismo deben ser aprovechadas como oportunidades para desarticular el golpe separatista, no para darle oxígeno con diálogos tramposos.

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