Como escribe Ignacio Camacho este 22 de noviembre de 2018 en ABC, dan ganas de aplaudir a Borrell, como este miércoles hicieron los diputados de Ciudadanos, cuando se planta frente a la chulería del independentismo con esa hidalguía tan suya, ese señorío entre noble, displicente y altivo.
Es cierto, pero también inspira bastante lástima ese orgullo baldío porque esos tipos que le insultan y escupen, esos niñatos faltones ante los que se pone digno, son los que le permiten ser ministro. TV3 niega el escupitajo y se cachondea de Borrell: «O no le han escupido o no le molesta la saliva del diputado de ERC».
Esa gente es la que lo ha elevado al poder, la que otorga a su jefe respaldo político, y a un hombre de su inteligencia debe de resultarle ingrato gestionar esa contradicción consigo mismo. La izquierda mediática deja como mentiroso a Borrell y salva al escupidor: «Hay un gesto, pero no podemos decir que sea escupitajo».
Casi duele ver a Borrell, para seguir en el cargo, aceptar que el Gobierno del que forma parte como una especie de cuota residual del constitucionalismo no cese de hacer guiños de complacencia a quienes lo tratan como un enemigo. Sánchez justifica al independentista catalan que escupió a Borrell en el Congreso: «Todos tenemos la culpa».
El okupa Sánchez, el presidente socialista, su jefe y compañero de partido, ni siquiera fue capaz de expresarle su amparo sin echar un capote a sus desleales aliados. ¿Qué habrían hecho Macron, May o Merkel si un diputado escupiese a su ministro?
Subraya Luis Ventoso que es absolutamente impensable, pues la elegancia institucional y el respeto mutuo son muy diferentes y no campa por allí ningún makoki arrabalero equiparable a Rufián, pero vamos a imaginar que los diputados independentistas escoceses abandonan airados la Cámara de los Comunes tras una gresca con el ministro de Exteriores.
Pero al pasar por delante del titular del Foreign Office, al que acaban de llamar «fascista» a voces desde su bancada, uno de esos diputados nacionalistas del SNP va y le escupe. El ministro se revuelve airado y denuncia de palabra el salivazo, señalando con gestos al supuesto agresor.
¿Qué habría pasado tras una escena tan cutre y execrable? ¿Los ministros y diputados conservadores se inhibirían? ¿O saldrían en tromba a condenar la agresión a su ministro?
Evidentemente, Theresa May -como Macron, Merkel o cualquier líder mínimamente normal- condenaría de inmediato y en los más duros y claros términos tan repugnante agresión, reveladora de una ínfima calaña moral. Además, las relaciones con el partido separatista quedarían rotas.
¿Y qué hizo el PSOE ayer? Pues en buena medida dejar vendido a Borrell. Dolores Delgado, que no pierde ocasión de equivocarse y que tenía a su lado al ministro atacado, tuvo como primer reflejo pedir a Borrell que se calmase, en lugar de defenderlo.
Adriana Lastra, que estaba justo detrás de él, se escaqueó diciendo que no vio bien si hubo escupitajo. Grande-Marlaska, que también estaba a un paso, a lo suyo. ¿Por qué tan vergonzantes inhibiciones?
Pues porque todos saben que desde que Sánchez llegó a La Moncloa en el Gobierno impera una consigna: pase lo que pase, prohibido molestar a los partidos separatistas que mantienen como presidente a un candidato que había perdido por goleada las elecciones.
El Ejecutivo socialista es rehén de quien lo sostiene. Y lo sostienen los golpistas catalanes, los proetarras vascos y los zarrapastrosos de Podemos.