Manuel Morillo Miranda: «Insultos» a la inteligencia

Mascarillas
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Pues oiga, que seguimos con la política de saldo, qué casualidad que el mismo día en que conceden los «indultos» a unos tipejos secesionistas que se ríen del Estado español, también es el día en que deja de ser obligatorio el uso de la mascarilla al aire libre; a no ser que no haya esa distancia mínima exigida de metro y medio, que al final tendremos que ir con una regla de medir y habrá que cantar la canción de Teresa Rabal, pero en vez de ponernos de pie o sentarnos… haremos gimnasia con la mascarilla y los brazos, que ya parece esto una clase de Eva Nasarre.

Pero centrándonos en la cuestión pertinente, hay que ver este gobierno, no da puntada sin hilo, aunque da igual porque seguramente está dando sus últimas bocanadas de humo, porque eso es lo que vende: «humo». Un gobierno que vende humo es peligroso porque intenta contentar a todos, y eso no es posible; no es lo mismo contentar, que depende de otros, que ser feliz, que depende de uno mismo. Por eso cuando oyes cosas como: «estoy feliz porque he cobrado la nómina», tú piensas para adentro, «pero si te lo has ganado». Mal vamos cuando no distinguimos esta sutileza, y peor es cuando la ciudadanía deja de creer en este gobierno, como está sucediendo. Un claro ejemplo ha sido la inevitable derrota en las elecciones a la Comunidad de Madrid, pero como vemos esto es solo el inicio.

¿Y qué está haciendo este gobierno de pandereta al respecto? Pues jugar al despiste, primero hizo cambios de baloncesto, pero ahora ya son de balonmano y me quedo corto, esto demuestra desgobierno, revanchas y falta de rumbo, aunque quieran mostrar una falsa limpieza de cara. El siguiente palo para este gobierno ha sido la decisión del Tribunal Constitucional sobre el primer estado de alarma, por la mínima ha declarado «inconstitucional» el mismo, ya veremos cómo subsana el daño causado a la hostelería, p.ej, pero el recurso de VOX se ha impuesto para visibilizar que se debió promulgar un estado de excepción y no de alarma.

Ahora habría que preguntarse cuál será el siguiente disgusto gubernamental, pues éste tratará de las consecuencias del mal obrar; dicho de otro modo, no puedes pactar con pseudo-terroristas y secesionistas y esperar que las aguas se calmen por sí solas sin pagar un alto precio, como consecuencia de esto hemos asistido a la burla de unos cuantos «don-nadie» que han obtenido su indulto merced a presiones y sobornos al gobierno, y que encima reconocen que lo volverían a hacer; no hace falta decir que con un gobierno en condiciones estos personajes cumplirían la pena íntegra y no saldrían felices de la prisión. En el País Vasco se estarán frotando las manos haciendo la carta de los «reyes vagos», aprovechando la debilidad gubernamental cual pirañas en un río americano.

Pero esto siempre ha existido desde que el mundo es mundo políticamente hablando, porque si hay un aspecto que nos define a los españoles es el «particularismo», siempre ha habido más desunión que verdadera unión. Si hacemos cábalas sobre una España distópica en la que no hubieran existido los Reyes Católicos, nos podríamos echar a temblar, pero afortunadamente no fue así o eso nos hizo creer la historia. Decía el gran Ortega y Gasset que Europa es anterior a sus naciones, pero que no tenemos conciencia de ello y de ahí las innumerables lides acaecidas desde el surgir de los Estados Modernos. El peligro no radica en el particularismo en sí, sino en la «acción directa o violenta», o la no aceptación de las instituciones, como el gobierno o el Estado, muestras de esa acción directa han sido aquí los atentados que hizo ETA en su tiempo, o los disturbios provocados por los CDR en Cataluña, el fin es el mismo: acción directa y violenta para conseguir llevar a cabo la realización de algo utópico.

Lo que está meridianamente claro es que el particularismo solo surge ante la debilidad, con un gobierno con mano de hierro no es posible el particularismo, o aldeanismo como decía Ortega, pero sí es fácil que existan los nacionalismos. Según Ortega hay dos tipos de nacionalismos: los de exclusión (Cataluña o País Vasco) y de inclusión (el resto de España), podemos hablar de otros ejemplos como Irlanda, Escocia, etc; pero de carácter muy diferente al nuestro porque debajo de la política se esconde un elemento religioso enorme. Ortega proponía como salvación al problema español a la Europa misma, pero no se dio cuenta, o sí pero suspendió el juicio, de su craso error al poner como paradigma de un buen Estado a Alemania (la de Von Bismarck y Hitler); cuya debilidad fue su propio y exacerbado particularismo, lo mismo que Italia, ambas consideradas las últimas partes formantes del gran puzzle europeo, cuya primera pieza siempre fue Gran Bretaña.

En fin, mientras existió un proyecto común en la Edad Moderna llegamos a conseguir importantes logros, después como no había nada por lo que luchar nos convertimos en mercenarios..y en tres siglos pasamos de ser un imperio a ser un país dividido. Ya lo dijo Ortega: «Castilla hizo a España y Castilla la ha deshecho». Solo falta preguntarnos qué hubiera sucedido si hubieran existido más motores de progreso mercantil como Cataluña, País Vasco, norte de Castilla o Valencia, y los diferentes gobiernos o instituciones no hubieran dejado abandonadas a su suerte a Andalucía, Galicia, Extremadura o las dos Castillas. ¿Cómo se puede obviar que el poder de las autonomías que apostaron por la industria es tan grande, y que el centralismo siempre se va enquistar en el mismo problema, llámese autodeterminación o independencia? ¿No nos damos cuenta de que estos vende-humos son títeres ahora mismo, y que los secesionistas los pueden manejar como quieren?. Estas preguntas se las habrá formulado cualquier ciudadano de a pie, pero sabemos que lo que verdaderamente desean es algo monetario, siempre, y con eso se conforman. Porque si consiguen la independencia saben que consiguen su extinción política; eso es lo bueno de estar, aunque nos pese en parte, en la Unión Europea, que aunque falle el centralismo siempre hay un paraguas mayor.

Como decía el mismo Ortega: «El presente debe ser un puente entre pasado y futuro», que cada uno lo interprete a su manera.

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