Una campaña electoral trucada.

MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Si las elecciones son la gran fiesta de la democracia, la que se va a celebrar el próximo 20-N es, sobre todo, el final de una agonía. Para Zapatero, que no tiene futuro político, es como para el mal estudiante la llegada de las vacaciones: por lo menos, ya suspendido, nadie le volverá a examinar y aspira a refugiarse en León a espera de que el hastió le movilice de nuevo. Reaparecerá, lo que no equivale a que tenga otra vez notoriedad.

Mariano Rajoy está escondido; es consciente de que su figura no suma votos y que en todo caso, si se hace visible, los puede perder. Desaparecer, para él, es un activo. Esconde su libreta azul o del color que sea con la secreta esperanza de que muchos españoles no adivinen sus intenciones.

En las condiciones en las que estamos las elecciones son un trámite. Ganará el PP sólo porque es necesario que pierda el PSOE. El empecinamiento de Zapatero y la falta de coraje de Rubalcaba hacen que para muchos votantes socialistas sea imposible hacerlo al PSOE en este momento. IU es una fruta que tiene la maldición de no poder madurar. Las minorías nacionalistas cumplirán su papel y aquí no hay más intriga que la hora en la que se conocerán los resultados.

Por si al PSOE le faltaban maleficios, la iniciativa del cambio constitucional ha facilitado al 15-M una dosis añadida de indignación. Manifestación convocada por los sindicatos el 6 de septiembre como una autopista para las protestas antes del 20.N. Rubalcaba no tiene fuerza para remar contra los huracanes promovidos por el Gobierno. Sólo le queda pedir a los electores que hagan su voluntad. Y España, que se prepare para cuatro años de gobierno conservador que una vez en el ejecutivo no ofertarán disimulos.

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