ESPAÑA GRAFFITI / Javier González Méndez

¿Pacto anticorrupción? Ja, ja ja…

El problema no es que Rajoy sea incapaz de impulsar un pacto anticorrupción, sino que se haya visto obligado a proponerlo

Qué cosa dices, ¿el pacto anticorrupción? Hombre, por una parte yo qué sé y por otra qué quieres que te diga, como decimos por mi tierra gallega. A los españoles, por lo visto, nos parece de lo más normal que nada menos que un Presidente del Gobierno haga semejante proposición indecente.

O sea, que la corrupción haya adquirido naturaleza de «asunto de Estado», como la transición política, como la Constitución, como el acceso a la OTAN, como el ingreso en Unión Europea, como la política antiterrorista, como la «eurosumisión» constitucional, cosas así, y pueda entrar con todos los honores en la selecta y excepcional colección histórica de pactos de La Moncloa.

Ya ha dicho Rubalcaba que «pacto anticorrupción de entrada, no», como hizo in illo témpore su mentor Felipe con el dichoso asunto de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Rubalcaba es que quiere explotar el filón de Luis Bárcenas, como el joven Isidoro explotó aquella mina sociológica de la alergia a la guerra y el nuevo movimiento nacional hippy, «paz y amor», que se coló de okupa en la España que acababa de desahuciar a otro Movimiento de infausto recuerdo.

Del marxismo de Karl al marxismo de Groucho

El reciente socialismo español postfranquista, aquel que surgió del frío de Suresnes, descubrió hace tiempo la teoría de la relatividad ideológica. Fue en un Congreso Extraordinario, cuatro meses después del XXVIII Congreso de mayo de 1979, no sé si te acuerdas, cuando renunciaron al Marxismo del bueno de Karl y se apuntaron al marxismo del cachondo de Groucho:

«Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros»

Cierto es, señores del jurado, que en la OTAN nos metió Calvo Sotelo. Pero con la indispensable ayuda de un Felipe González, no sé si te acuerdas, convertido en un experto en circular con el intermitente a la izquierda y girar después de golpe, sin avisar, a la derecha.

Como aquella táctica del joven gurú de Suresnes le proporcionó al socialismo español mayoría absoluta, 202 escaños y catorce años ininterrumpidos de poder, estos chicos de Ferraz han ido cambiando de principios a gusto del consumidor. De manera que no se preocupen ustedes. Los principios actuales de Rubalcaba le impiden aceptar un pacto anticorrupción, pero tiene otros preparados en cuanto las encuestas reflejen, como esperan Elena Valenciano y sus Pegamoides, que Luís Bárcenas se ha convertido en un talón de Aquiles de Rajoy.

Corruptos anónimos

Pero bueno, a lo que íbamos. El problema no es que Rajoy sea incapaz de impulsar un pacto anticorrupción, sino que se haya visto obligado a proponerlo. La cuestión no es que Rubalcaba se haya negado, de momento, sino que no lo haya descartado a perpetuidad. El asunto es que el olor a podrido en España es tan intenso, tan penetrante, tan sostenible, tan perverso, tan diverso, tan extenso, que lo mismo en vez de un pacto para cortar por lo sano, les sale talmente una comuna de «corruptos anónimos» para dejar la «mordida», a imagen y semejanza de esa a la que acuden hombres y mujeres para dejar la bebida.

No me negarán ustedes que puede tener su coña que la casta política, el tercer problema reflejado por los españoles en los informes del CIS, se pongan un día de estos a elaborar un vergonzoso y vergonzante «pacto anticorrupción». Que se encierren a puerta cerrada entre las cuatro paredes del Congreso, se monten un numerito tipo alcohólicos anónimos: «me llamo fulano de tal y soy un corrupto», y nos sorprendan con fumata blanca en la Carrera de San Jerónimo, intentando colarnos gato por libre, pacto institucional por otra conspiración del silencio del borrón y cuenta nueva.

A mí, porque no me han consultado, oye. Pero si les hace ilusión llegar a un pacto ante Dios, la historia y el sufrido pueblo español, por lo menos que empiecen retirando todas las manzanas podridas de todas las cestas ideológicas, de todos los partidos y de todas las instituciones. Ni comisiones de investigación parlamentaria, ni endogámicos juicios partidarios, ni pactos de fiscalías, ni coñas marineras de esas. El que haya metido la mano en la caja, en cualquier caja, a los tribunales, a la cárcel (en estricta aplicación de la Ley) o a casa, tras haber devuelto el botín, naturalmente. Y el resto del personal, que se ponga a elaborar una ley nítida y transparente de protección medioambiental política.

¿Santos inocentes o colaboradores necesarios?

Ya sé, ya sé que se corre el peligro de que nuestras instituciones queden medio vacía o medio llenas, según se mire. Pero los más interesados en atajar la gangrena política de la corrupción deberían ser, precisamente, los «inocentes», esa especie política, en serio peligro de extinción, que se lamenta en privado, off the record, ante la injusticia mediática de que paguen presuntos justos por presuntos culpables.

Tienen razón, oye. Lo que pasa es que, luego, en público, confunden la lealtad a sus respectivos partidos con un gregario silencio de los corderos, un culto fanático a los césares y sus Olimpos o el miedo irracional a perder el chollo. Vamos, que tienen sus momentos sublimes de sinceridad, de remordimiento, en los que reconocen el pecado original de la democracia española, pero pierden su cacareada inocencia y se convierten en «colaboradores necesarios» ocultando los nombres de los pecadores.

Este país no necesita un opaco pacto anticorrupción, sino la expulsión indiscriminada de los mercaderes y chorizos que anidan en partidos políticos, patronales, sindicatos, instituciones financieras, medios de comunicación y demás templos en ruinas de la democracia.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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