El presidente del Gobierno empezaba a ver salir el Sol en el ecuador de la legislatura

Tres nudos gordianos retan a Mariano Rajoy cuando se las prometía tan felices

De repente, los focos del interés público van por otro camino y le obligan a arremangarse

A Mariano Rajoy le complace repetir que está satisfecho con su Gobierno y que, si puede, lo mantendrá hasta el final

En el ecuador de una legislatura ya no se toman medidas importantes, porque siempre pueden tener un lado impopular: se trata de administrar con la mejor de las caras posibles para volver a ganar».

Esta reflexión, tan habitual en los manuales de estrategia electoral, se ha quedado para vestir santos.

Mariano Rajoy no tiene otro remedio que ofrecer la imagen contraria. Lo sabe. De hecho, el pasado lunes en el Comité Ejecutivo Nacional del PP dejó claro que todavía existen reformas importantes por afrontar.

Cuando el Partido Popular creía poder transitar un final de legislatura vendiendo ufano sus éxitos económicos, la comunicación (el primer poder) ha vuelto las tornas, poniendo otros elementos de análisis en el complejo tablero político.

Ello, claro, ha puesto nerviosos a muchos: ha descabalado hipótesis y revolucionado a los estrategas, y obliga a reaccionar. En pocas palabras, toca tomar la iniciativa.

Por eso Rajoy ha dejado caer, aunque de forma tibia, una agenda para la mejora de la calidad democrática que -tiempo al tiempo- veremos si no se queda sólo en la elección del alcalde más votado.

En cuanto a las demás propuestas, como el tanteo para ver qué reforma de la Constitución puede hacerse o la revisión del número de aforados, me da a mí que, aunque haya mandatarios del PP dispuestos a ponerlas en marcha, la actual dirección sólo está mentalmente preparada para dejarlas guardadas en un cajón.

¡Houston, tenemos un problema! Porque Rajoy se puede quedar así muy lejos de las aspiraciones de una población para la cual la regeneración democrática empieza a convertirse en una necesidad de primer orden.

Por eso, el presidente está obligado a protagonizar un verdadero impulso a un proyecto político regenerador que le permita recuperar el espacio central del debate que ha ido abandonando por las urgencias del momento que le tocó vivir.

Vayamos a los temas de andar por casa.

El presidente del Gobierno ha recibido de manera discreta en La Moncloa a sus barones. A la vuelta del verano debería tener resueltas las principales incógnitas de las candidaturas. Lo peor que podría pasarle ahora al PP es caer en guerras internas por inquietudes postergadas.

Mientras, el runrún de la entrada de refresco en el equipo gubernamental vuelve a barruntarse por los despachos ministeriales y echa raíces en las redacciones de los medios de comunicación.

A Mariano Rajoy le complace repetir que está satisfecho con su Gobierno y que, si puede, lo mantendrá hasta el final. Pero gobernar es hacer tortillas y eso implica romper huevos.

De otra forma –lo que sería mucho peor–, la base social del PP puede empezar a pensar que el problema último no sea de economía, ni siquiera de política, sino de inmovilismo.

 

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Autor

Antonio Martín Beaumont

Antonio Martín Beaumont, politólogo y periodista, es el actual director de ESDiario.com.

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