José Luis Rodríguez Zapatero hundió el Titanic; pero Mariano Rajoy sólo quiere salvar al iceberg

¿Está muerto el PP de Rajoy? Los síntomas de una sospecha fundada

La corrupción, última bomba de relojería capaz de arrasar a todo el partido

¿Romperá alguien esa baraja, en Madrid, Valencia, Murcia o Galicia?

La pregunta podía formularse al revés, y la respuesta sería parecida: ¿Es Rajoy del PP? Antes de responder, un párrafo de El país de las últimas cosas de Paul Auster describe, con la nitidez que sólo la ficción a veces permite, el panorama circundante:

«En nuestras mentes reina la confusión. Cada día se produce un nuevo cataclismo y las viejas creencias se convierten en aire y vacío. He aquí el dilema. Por un lado queremos sobrevivir, adaptarnos, aceptar las cosas tal cual están; pero, por otro lado, llegar a esto implica destruir todas aquellas cosas que alguna vez nos hicieron sentir humanos. Para vivir, es necesario morir, por eso tanta gente se rinde, porque sabe que no importa cuán duramente pelee, siempre acabará perdiendo y, entonces, ya no tiene sentido la lucha».

Ésa fue la España que Rajoy se encontró tras fracasar dos veces con Zapatero y obtener, a continuación, la mayoría absoluta más incontestable de la historia democrática reciente: ni el carismático Felipe ni el eficaz Aznar obtuvieron lo que este lector del Marca con aspecto de devoto del vermut dominical en el casino de Pontevedra consiguió en las urnas: no era el mejor, ni el más listo, ni el más experto, ni el más guapo y, ni siquiera, el menos conocido.

Casi todo se sabía de él, tras treinta años en política -sólo Rosa Díez supera al actual presidente en quinquenios pisando moqueta-, y por eso o pese a eso un país agotado le dio el poder más absoluto que nunca a nadie dio.

En ese cheque iba implícita, sin duda, una disposición colectiva a sufrir, una aceptación de la gravedad de la enfermedad y una asunción de la dureza de la terapia con un único sentido: de doctores que recetan amables juanolas para tratar un cáncer con metástasis ya estábamos curados de espanto; ahora se trataba de contar con una especie de Doctor House que quizá no diera palmaditas en la chepa ni fuera simpático pero, al menos, ofrecía una oportunidad a la curación.

En este tiempo, sin embargo, todo lo que ha hecho Rajoy es lo contrario de lo que se esperaba, con un saldo desolador que empeora en términos objetivos al de su lechuguino predecesor, aquel indocumentado que presumía de «campeón social» hipotecando a tres generaciones para pastorear a una: la única mejoría económica es tan artificial como pasajera, pues procede de una mayor liquidez ficticia fruto de abaratar la deuda por el método de pagarla a cualquier precio; y en todo lo demás el desastre es absoluto en tres frentes definitorios del genoma nacional, definido en otra novela apocalíptica que describe de nuevo el paisaje, la terrible La carretera de MacCarthy.

El primero, el económico: la estructura de gasto público en España no se ha reformado, con una Administración insoportable que consume todo el crédito y antepone su innecesaria subsistencia a todo.

Para lograrlo, ahoga a las pymes (entre el 65% y el 70% del empleo y los ingresos fiscales) con unos impuestos y una seguridad social confiscatoria que, unida a la ausencia de préstamos o a su enorme coste, convierte la supervivencia en un acto heroico.

El resultado es que España paga su deuda y reduce con ello los intereses, sí; pero no deja de incrementarla, mantiene el déficit e imposibilita la generación de un tejido productivo que siempre, en cualquier lugar del mundo civilizado, o llega de la iniciativa privada o no llega.

El segundo, el político: nunca ha estado más en juego la propia idea de España como Estado constitucional estable que en estos momentos, con desafíos en Cataluña y en Euskadi que no son nuevos pero son más agudos que en el pasado.

Aunque la herencia de Zapatero -en esto y en todo, por mucho que alguno repudie apelar a hacer tres años aunque luego no se le caiga de la boca el año 36- es de juzgado de guardia; la impericia de Moncloa para entender que al nacionalismo no le puede matar a besos es antológica.

Sumémosle a eso el papelón de aceptar que la anhelada paz contra el terrorismo ha alegrado más a los verdugos que a las víctimas y ha beneficiado electoralmente más al secesionismo que al constitucionalismo y concluiremos que, en los asuntos conceptuales, el paso atrás ha sido también glorioso.

Y el tercero, el ético: aunque todo el país parece un lodazal y no se salva ni el Tato (desde mineros ugetistas hasta socialistas andaluces, pasando por nacionalistas catalanes y dirigentes patronales), el desfile de escándalos con la gaviota por insignia es especialmente demoledor: ex ministros y gerentes en la cárcel, cajas B incontestables, pago de sedes con dinero negro y organizaciones criminales encabezadas por tipos como Granados que, hasta ayer, eran emisarios de Génova en las célebres tertulias de televisión.

Aún podría achacársele un epílogo: la frustración generada por Rajoy, que llama reforma al recorte con la misma inepcia que el anterior tildaba de crecimiento al despilfarro, está detrás del auge de formaciones políticas tan frívolas como Podemos a las que no se juzga por la insensatez de sus suicidas propuestas económicas, sino por la ausencia de pasado: quizá estén engañando, pero no han robado.

Difícilmente existiría hoy Iglesias si un indeseable como Zapatero no hubiera dedicado tanto tiempo a insuflar a la sociedad unos valores perezosos y confusos, infantiles e inanes, irresponsables y superficiales; pero la gota -o el medio litro- que colmó ese vaso del despropósito la ha vertido un Gobierno de tecnócratas que encima no sabe sumar.

Porque, además de no robar y cuadrar las cuentas por un método más razonable -en lugar de cobrar por unas muletas o el medicamento a un enfermo crónico, cerrar las televisiones públicas, universidades, aeropuertos, diputaciones, observatorios, institutos, ayuntamientos y todo tipo de chiringuitos que componen el Bienestar del Estado-, lo que la gente esperaba era un relato valiente de la vida, un discurso político decente, un valiente impulso reformista y un empuje que nunca ha existido: España es hoy un país más paleto, más inculto, más dividido, más sectario, más pedigüeño, más desmovilizado y a la vez más crispado, dividido y perezoso y menos dispuesto a entender que sin obligaciones y esfuerzos es imposible garantizarse derechos y esperanzas.

Es ese vacío, intelectual y escénico, olvidado en un supuesto viaje de rigor económico que además nunca ha existido -¿dónde está con una deuda similar al PIB, un paro juvenil tercermundista, un déficit disparado pese a la cosmética y un fusilamiento infame de la empresa tipo española?-; el que han llenado con habilidad estratégica pese a su indigencia política Iglesias, Errejón y compañía, deudores de un hartazgo general comprensible que han amortizado por el mero hecho de escuchar.

Aunque luego lo respondan con recetas que, amén de inviables, son contraproducentes y entierran aún más las salidas a futuro del país: Podemos no sólo mantiene la mitología de un Estado de Bienestar sostenible con la buena voluntad de sus gobernantes, sino que además promete mejorarlo con insensateces del agrado de oídos inanes como la renta básica, la jubilación a los 60 o el impago parcial de la deuda a los mismos mercados que luego deberán financiar las pensiones, las nóminas, la educación o la sanidad.

El único mérito de Rajoy es que ha logrado que Europa le recargue la Visa tras demostrar que está dispuesto a pagar lo que debe, cueste lo que cueste… al ciudadano, al pequeño empresario y al trabajador por cuenta ajena.

Es poco balance en un país que ha pasado de estar dispuesto a cualquier sacrificio a no estar dispuesto a ninguno tras constatar que el capitán se ha dedicado a rescatar al iceberg tras sustituir al que hundió al Titanic.

De ahí la pregunta. ¿Es Rajoy del PP? ¿O el PP es Rajoy? En cualquiera de los dos casos, la conclusión es la misma.

El Rey Plasmado lleva camino de hacer con su partido lo mismo que Zapatero ha hecho con el PSOE, arrastrándolo a una debacle que quizá ya sea irreversible.

Que en ese viaje autodestructivo haya hecho por agradar a todos los que jamás le votarán y además dirán que su política pálidamente socialdemócrata es un ejemplo de ultraderechismo, confirma un diagnóstico sobre el personaje difícil ya de cuestionar a estas alturas:

Rajoy es un blando donde hay que ser duro; un duro donde conviene ser un blando; un conservador donde era necesario un liberal, un jugador donde sólo vale el resultado y un resultadista donde sólo cuenta el juego.

Lo sorprendente es que, con ese equipaje y la maloliente mochila añadida de una corrupción desbocada, todo el PP se comporte con el seguidismo silencioso de los famosos corderos de la película.

¿Romperá alguien esa baraja, en Madrid, Valencia, Murcia o Galicia?

¿Lo harán antes o después de las Autonómicas y Municipales?

¿Tal vez no lo harán nunca?

De momento, más parecen todos secundarios de La venganza de Don Mendo, recitando aquella sandez nada cómica de «mejor morir que perder la vida».

 

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído