El PP acusa a Ciudadanos de ser un partido anticatólico y catalán

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Ciudadanos irrumpe con fuerza en las encuestas y descalbaga algunas de las cábalas políticas a las que tradicionalmente estaban acostumbrados los principales partidos, incluidos los últimos invitados a este baile como es Podemos.

Subraya Antonio Papell en ‘El Economista‘ que este 16 de febrero de 2015, sin ir más lejos, y ante el temor de que Ciudadanos haga un roto en listas municipales y autonómicas donde nunca ha tenido opciones, el PP atacó con estas armas:

Ciudadanos ha decidido salir de su feudo catalán de origen y extenderse por todo el país. Lo hace después de que hayamos podido seguir su ejecutoria en Cataluña, donde ha desempeñado una valiente y arriesgada contención del discurso nacionalista, sin incurrir en el error de abonar un nacionalismo de signo contrario.

Ciudadanos nació, como es conocido, tras la génesis de un movimiento intelectual impulsado por personalidades desgajadas del PSC en los tiempos en que Pasqual Maragall, al frente del tripartito, mantenía un inaceptable discurso identitario.

Personalidades como Francesc de Carreras, Félix de Azúa, Félix Ovejero, Xavier Pericay, Arcadi Espada, etc. formaron parte de aquel movimiento, del que se desprendió finalmente el partido político, ya sin aquellos intelectuales.
El carácter centrado de Rivera

Albert Rivera supo recoger aquellos mimbres e infundirles un discurso centrista y transversal que recuerda inevitablemente a la primera UCD. Ciudadanos es una formación constitucionalista, bien adaptada al estado de las autonomías, liberal en sus postulados, progresista en las propuestas, europeísta y con un énfasis apreciable en la regeneración democrática.

Así las cosas, es lógico que en unos tiempos en que los partidos tradicionales han perdido buena parte de la clientela por la desafección causada por la corrupción y la pésima gestión de la crisis económica, los electores se inclinen a experimentar terceras vías.

La formación UPyD hubiera podido desempeñar este papel de receptáculo de desencantados pero el tono autoritario de su dirección y la escasa claridad de su mensaje han frustrado el empeño. Ha tenido que ser Ciudadanos, después de brindar a UPyD con insistencia e infructuosamente la posibilidad de una fusión, el grupo que ha terminado desempeñando este papel, que podría darle en el futuro inmediato un protagonismo relevante, impensable hasta hace poco.

Los expertos de la empresa de sociología aplicada Metroscopia han detectado en las últimas semanas -y en un contexto de gran volatilidad del voto- un ascenso muy significativo de Ciudadanos, que habría pasado ya a atraer más del 12% de los sufragios y continuaría con tendencia al alza.
Y el CIS sin decir nada

Esta corriente de simpatía ha sido tan súbita que no fue detectada por la última encuesta publicada del CIS, cuyo trabajo de campo se realizó en la primera quincena de enero.

Al parecer -habrá que esperar a ulteriores encuestas para obtener mayores certezas-, buena parte de estos votos provendrían del Partido Popular, en buena medida como paliativo a la abstención de muchos votantes que, desencantados con el partido gubernamental, habían abandonado el PP y no encontraban hasta ahora un lugar apetecible en el que depositar su sufragio.

El PP se ha percatado de lo que está aconteciendo, y previsiblemente tratará sin demasiada belicosidad a la formación de Albert Rivera, que podría servirle de aliado en el ámbito municipal y quien sabe si en el autonómico y estatal. Por primera vez, el gran partido de centro-derecha puede tener un báculo en que apoyarse, por más que Ciudadanos pueda pactar sin problemas con el centro-derecha y con el centro-izquierda.

En definitiva, quienes pensaban que nos adentramos en un nuevo mapa de partidos con tres grandes actores -PP, PSOE y Podemos- tendrán seguramente que rectificar porque todo indica que serán cuatro los actores principales. Aunque a medio plazo, la ley d’Hondt termine poniendo a cada cual en su lugar y primando con un gran plus a los dos primeros de la competición.

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