EL POLVORÍN HELENO

Grecia, granujas de medio pelo

Hay que reconocer a los demagogos dirigentes griegos su brillante manejo de las epidermis ciudadanas y la capacidad de aguante escénico frente a una UE incompetente

Grecia, granujas de medio pelo
Tsipras y su hasta ahora lugarteniente, Varoufakis EFE

Grecia ha recibido ayudas por un importe similar al 214% de su PIB, con quitas de hasta el 70% de sus deudas y una constante búsqueda de soluciones a largo plazo que han incluido tipos de interés más bajos, plazos de devolución más largos y ausencia de reacción a sus continuos incumplimientos, sustituida por una reformulación de las obligaciones vencidas y un olvido sistemático de las reformas pendientes para intentar encajarlo todo en un puzle más amplio: ése en que, además del dinero, pone en juego la estabilidad real de Europa e intenta frenar el riesgo de contagio de un tipo de política inquietante que tiene riesgos de triunfar en Italia, Francia o España para regocijo de Rusia.

Para competir con ese populismo que olvida los hechos y apela a las emociones de pueblos sin la suficiente formación para entender la realidad pero con el suficiente daño sufrido como para comprar las recetas falsas de quien más se «ocupa» de su dolor, hacía falta para empezar una autoridad moral, una altura política y una capacidad pedagógica que ni Europa ni las instituciones financieras internacionales han tenido nunca.

Y ello es porque hemos estado gobernados por tantos sinvergüenzas que, de repente, los necios parecen una mejor alternativa, especialmente si conocen -y conocen- las recetas de Gramsci al respecto de cómo manejar al gentío en situaciones de dificultad: basta con elevar a categoría de discurso político público institucional lo que, hasta entonces, se decía con cierto pudor en los círculos privados de cada uno.

Explicar situaciones complejas siempre es más sencillo para quien se conforma con movilizar sentimientos que para quien, con un mínimo de honestidad, acepta que a problemas difíciles jamás le corresponden soluciones sencillas: mientras Europa en realidad se ha dejado la piel en ayudar a Grecia para evitarse un problema mayor (con esa carencia de liderazgo, estrepitosa, esa imbecilidad burócrata, esa blandenguería política y ese espantoso déficit pedagógico que ha logrado convertir a todos los ciudadanos, dirigentes y pueblos del continente en una simple y desalmada troika frente a un pueblo pequeño que representaba a todos los oprimidos del mundo), Tsipras, Varoufakis y Syriza se han dedicado a interpretar la partitura emocional que mejor conecta con las necesidades y los bajos instintos de tantos millones de personas dispuestos a comprar el mensaje más infantil imaginable: que de nada somos responsables, que los derechos no comportan obligaciones y que las soluciones han de venir de otro, desdibujado y convertido en una especie de Hombre Gris como los que protagonizaban la alegórica novela Momo del alemán Michael Ende.

Situado el combate en términos parahistóricos, con Tsipras encarnando a Leónidas en las Termópilas -¿quién no gritaría con él frente al desalmado Darío de Persia?- y contraponiendo de manera tan burda la inexistente dureza hacia Grecia con la generosidad con la Alemania postnazi (¿No le dará a alguno vergüenza comparar la sobrada generosidad redentora alemana en los últimos 50 años, tras una reestructuración inicial de su deuda de entorno al 20%; con el mamoneo sistémico heleno perpetrado por todos sus gobiernos y generosamente «disculpado» con condonaciones de siete de cada diez euros de su deuda e inyecciones de dinero constantes sin rechistar?); casi nada de lo que se diga podrá frenar la ola de simpatía hacia los demagogos dirigentes griegos, a quienes sólo cabe un mérito: el brillante manejo de las epidermis ciudadanas y la capacidad de aguante escénico ante otros dirigentes que, como Cristina Lagarta (perdón, Lagarde, el corrector automático lo carga el diablo) y su muy socialdemócrata e intervencionista Fondo Mamonario Insustancial, suscitan la misma empatía que una hiena devorando a un indefenso gazapo.

Estamos perdidos cuando, pese a las inmensas ayudas, la idéntica dignidad de cada pueblo y parlamento europeos y la mayor legitimidad democrática cuantitativa; unos hábiles descerebrados han logrado parecer Robin Hood aunque, a poco que escarbes, lo que sale es Jim Jones, aquel visionario reverendo de la Guyana que tras prometer el paraíso a sus feligreses les arrastró al mayor suicido colectivo de la historia reciente.

Estamos perdidos cuando, pese a la evidencia contable de que Grecia ha sido más ayudada que nadie (insisto: 214% de su PIB y quita del 70% de su deuda) y seguirá siéndolo si quiere siempre y cuando no reivindique el derecho a jubilarse seis años antes que un europeo con el dinero ajeno; la imagen triunfadora es la de David luchando contra Goliath por derechos elementales que, en realidad, han puesto en peligro en exclusiva el Gobierno griego mintiendo sistemáticamente y transformando el abuso en una forma de vida.

Estamos perdidos porque Varoufakis es el enano chulo que todos teníamos en clase que se permite llamar «terrorista» a quien le da su bocadillo en lugar de partirle los morros (viendo que esta expresión provocó una tormenta en Twitter, con acusaciones a servidor de promover la violencia y hasta el acoso escolar, no me queda otra que pedir humildemente al próximo inútil que dirija la Educación de España que se deje de crucifijos y zarandajas y ahonde en las asignaturas destinadas a facilitar la comprensión lectora, aquí a nivel de mejillón).

Y estamos perdidos porque si Europa traga ahora se hundirá en su lánguida cobardía pero si no lo hace y sigue enviando a explicarse a tipos y tipas con aspecto de Rodrigo Rato y Strauss Khan hasta yo mismo me pensaré -¿para qué quedarse fuera de la fiesta y llevarse un manojo de hostias cada cinco minutos?- en apoyar cínicamente al Tsipras patrio, que viva el rock and roll, que yo también me pongo a la cola con la mano extendida.

Renegociar los plazos, los intereses y hasta la cuantía de una deuda es algo no sólo razonable humanitariamente, sino indispensable para que cualquier actor económico y social vuelva a ser productivo, y este razonamiento vale tanto para Bankia cuanto para Grecia, cuyos tamaños les hace merecedores a una solidaridad forzada que, desgraciadamente, no tienen miles de pymes mucho más necesitadas y legitimadas pero también arrojadas a los leones por su irrelevante peso individual.

Pero en Grecia ya se ha hecho y se quiere seguir haciendo, a cambio de unos ajustes económicos torpemente expuestos por el (digámoslo otra vez) intervencionista y muy socialdemócrata FMI (sólo sabe subir impuestos, el muy majadero) que constituyen el principal error de Europa: hubiera bastado con decir el qué y dejar que Syriza tuviera que decidir el cómo.

Y tal vez así todo el mundo, griegos incluidos, hubieran visto que sus penalidades proceden de una corrupción legalizada en Grecia consistente en un fraude fiscal a gran escala -ni los médicos pagan impuestos allí-, una insoportable creación de empleo público artificial -allá hay más profesores que en Finlandia y hasta un lago disecado alberga una tropa de funcionarios cruzados de brazos-, un sistema de pensiones insolidario -jubilarse a los 51 es posible en ese país- y una vergonzosa quiebra de los bancos desde el Estado, caso único e inverso al de todos los países con problemas en el sector.

Grecia es la quintaesencia de una política suicida consistente en gastarse lo que no se tiene en lo que no debe, provocando a la vez austeridad y un aumento de la deuda pública que también sucede en España con otra intensidad pero similar naturaleza: los recortes son para el usuario del servicio, que además soporta una mayor presión fiscal; pero la deuda y el déficit no dejan de crecer por el sostenimiento de Estados mastodónticos y necesitados de reformas que, sin embargo, son repudiadas por gremios políticos y laborales que también han ganado la partida: basta con decir que lo suyo en un heroico ejemplo de «defensa de lo público», aunque sea bien fácil demostrar -por ejemplo- que el dinero de la educación se gasta antes en su innecesaria estructura que en los propios niños, algo inadmisible en los países que triunfan en los estudios de PISA.

Una vez le preguntaron a Woody Allen, creo recordar en el Festival de Cine de San Sebastián, que cuál era su opinión sobre la muerte. El genio de Granujas de medio pelo -no es su mejor película, pero viene al caso como ninguna- pensó unos segundos y respondió: «Estoy en contra».

Y quién no.

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