¿ESTO ERA TODO?

Mariano Rajoy, el PP y la prueba de que no hay más ciego que el que no quiere ver

Los políticos "profesionales", atornillados a la creencia de que el poder consiste en los signos de ostentación, fueron quienes llenaron IFEMA felices en "los mundos de Yupi" en que viven

Mariano Rajoy, el PP y la prueba de que no hay más ciego que el que no quiere ver
¿Ha servido para algo la Conferencia Política del PP? PD

Cierto: la nueva política es más que un cambio de imagen. Pero es, también, imagen.

El PP ha buscado en la Conferencia Política recuperar una frescura que ha ido perdiendo estos años. La crisis ha precipitado los tiempos y convertido en «viejos prematuros» a buena parte de los mandatarios populares salvo, por razones de necesidad, Mariano Rajoy y Javier Arenas.

Pienso, con todo, que el cambio generacional que vivimos, más que una cuestión de edad, supone hacer las cosas «de otra manera». Miren si no a Cristina Cifuentes, que se afilió a Alianza Popular en 1979 y, sin embargo, es percibida hoy como la cara de la renovación de su partido.

El PP necesita redibujar las líneas con las que presentarse ante los ciudadanos. No le queda otra. La tarea, claro, se antoja muy complicada si miramos el descrédito en el que vive (en general) su clase dirigente, hostigada principalmente por la insensibilidad que ha mostrado su Gobierno ante las calamidades sociales de la crisis y por haber dejado en manos de los tribunales los casos de corrupción en los que se ha visto envuelto, sometiéndose así al vapuleo de unos tiempos mediáticos y políticos más veloces que los que marca la Justicia.

Democracia directa, limitación de mandatos, nuevas incompatibilidades o reforma electoral. Líneas de debate que deberán materializarse en el programa del PP para las elecciones generales y, sobre todo, en los nuevos estatutos que se reformarán en el Congreso Nacional. Así, una esperanza de frescura, de cercanía y de modernidad pareció abrirse paso frente al inmovilismo que ha monopolizado los últimos años del centro derecha, protagonizados por una gestión demasiado personalista de Rajoy que ha terminado por paralizar el partido.

Eso sí: cualquier cambio reglamentario queda aplazado hasta 2016, nada menos. En el marianismo el ritmo es parsimonioso, cual un desfile de Regulares, por lo que nada es inminente.

Verdaderamente Rajoy no proyecta ilusión ni siembra confianza para afrontar un periodo nuevo. Sin embargo, tiene a su alrededor una guardia de corps más joven dispuesta a sostener lo contrario. El Partido Popular se ha dejado por el camino en estos tres años y medio 4,3 millones de votos. Un drama: 4,3 millones de motivos para que el presidente del Gobierno se pregunte por qué ha terminado resultando tan antipático a tanta gente, incluidos los propios afiliados del partido que preside.

La marca se ha desangrado a fuerza de errores propios, en un momento en el que tenía a la izquierda española entregada y dividida. Así que las medidas para dar el vuelco preciso exceden, por supuesto, el cataplasma en forma de logo (mérito de los escuderos del presidente Jorge Moragas y Sergio Ramos). Si el paso por el taller de chapa y pintura anunciado por José Luis Ayllón después de la derrota del 24-M es simplemente darle una manita de color a la confianza perdida, para ver si así ponen en movimiento 800.000 militantes hoy desconectados, la agonía va a ser insufrible.

Porque los políticos «profesionales», poco humildes, atornillados a la estúpida creencia de que el poder consiste en los signos de ostentación, fueron quienes llenaron IFEMA felices en «los mundos de Yupi» en que viven. Son ellos, con sus maneras alejadas, con su docilidad, los que han impedido participar vigorosas a las estructuras democráticas del partido, vaya a ser que el aire militante regenerador cambiase el sentido del «dedo divino» que les coloca en el cargo.

El PP se hará mucho daño si continúa retrasando los derechos de participación de los afiliados para que sean ellos, desde abajo hacia arriba, quienes rejuvenezcan las siglas en base a criterios políticos de mérito contrastados. Lamentablemente, la militancia de base brilló por su ausencia en los paneles de la Conferencia Política.

Si la dirección del Partido Popular es capaz de escuchar a su enfadada parroquia, quizá todavía logre movilizarla a tiempo como para que los jóvenes que han rodeado a Mariano Rajoy sean capaces, de aquí a noviembre, de salvar los muebles.

De lo contrario, Pablo Casado, Fernando Maíllo, Javier Maroto y Andrea Levy se convertirán en «viejos prematuros» al lado de los eternamente jóvenes Rajoy y Arenas y la corte de caras insensibles, sin tiempo ya para reciclarse, que tanta hostilidad suman.

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