ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El PP se harta de la mano negra que conspira en La Moncloa contra Casado, Maroto y Levy

Alguien con buenas relaciones con la prensa pretende enfrentar a Rajoy con los jóvenes

El PP se harta de la mano negra que conspira en La Moncloa contra Casado, Maroto y Levy
Javier Maroto, Andrea Levy y Pablo Casado.

Casado, precisamente por venir del aznarismo, puede encarnar la figura que necesita el PP para reconciliar a sus dos sectores

En Génova 13 se vive desde hace meses una especie de depresión colectiva. La desazón crece entre las cuatro paredes del cuartel general del Partido Popular, el continuismo se ha hecho fuerte y aumenta la decepción.

Cuando se acercaba la pasada campaña de las generales, Mariano Rajoy logró atraer la mirada de los ciudadanos hacia sus siglas. Y no por una merma electoral más, ni por un nuevo escándalo de corrupción, como ha ocurrido en tantas ocasiones; sino para poner el foco en una renovación de la cúpula del partido que trajo un soplo de ilusión y frescura.

Los nombramientos como vicesecretarios generales de Andrea Levy y Javier Maroto junto a la figura ascendente, Pablo Casado, parecieron abrir la puerta a una voluntad de mirar al futuro con esperanza. Toda una declaración de buenas intenciones. Maroto, Levy y muy particularmente Casado asumieron sus nuevas responsabilidades a pesar de una herencia muy marcada: la espada de Damocles de una marca en evidente y constante retroceso desde la mayoría absolutísima que los españoles dieron a Rajoy en 2011 para enterrar el zapaterismo.

Fue un acierto, y no sólo por una cuestión de imagen, aunque también sea un factor a tener en cuenta. Pablo Casado, por haber crecido a la sombra del aznarismo, aún puede encarnar la figura que el PP necesita para reconciliar a los dos sectores del partido que tan dolorosamente rompieron en el Congreso de junio de 2008 en Valencia. Es decir, es la imagen no sólo de la regeneración sino también de la integración, en una formación que es clave para la estabilidad del país. ¿Que es muy joven? Sí, claro, por supuesto. ¿Y? Nada malo, al revés: la juventud es una enfermedad que se cura con los años y de la que los «mayores» quisiéramos no habernos curado nunca.

Aunque la regeneración y la renovación no sean, por supuesto, exclusivamente una cuestión de edad. Fíjense en Cristina Cifuentes, la presidenta de la Comunidad de Madrid, cómo levanta pasiones entre la militancia popular. Lógico: poco importa que comenzara su carrera política en AP, al revés. Sabe bien que la historia de su partido es una carrera de años por la integración. Y, sobre todo, practica cada día la nueva política con su forma de ejercer la función pública. Formas modernas, dialogantes, participativas, que ponen al ciudadano en el centro de la vida política. Nuevas maneras, para nuevos tiempos, que enganchan.

Para muchos españoles, desde la misma noche del 20 de diciembre Rajoy representa el pasado del PP. Precisamente por eso coloca el partido en un estado de parálisis que puede dejar enormes secuelas. Su tiempo ha terminado. Los «cachorros» del PP han sido y serán leales a sus siglas, a Mariano Rajoy, pero, como era de esperar, han terminado por reivindicar su espacio propio y evidenciar con gestos que cada día están menos dispuestos a servir de atrezzo político al marianismo «profesional». Cuyos principales rostros, mientras, tiran la piedra y esconden la mano.

Por eso mismo, el PP no debe permitir bajo ningún concepto que desde La Moncloa, donde tienen despacho varios de los principales responsables de la pérdida de votos del centro derecha desde 2011, haga y deshaga a su antojo una mano negra que guarda excelentes relaciones con determinados medios.

Esa que pretende enfrentar a Rajoy con los jóvenes para luego emerger como «tercera vía», presentándose ante las bases del PP como joven con experiencia. Mal asunto. Porque si se actuase así, la imagen que se transmitiría desde Génova es que Casado, Maroto y Levy fueron colocados en sus cargos meramente para que le hicieran el trabajo sucio en las tertulias a los considerados «políticos mayores».

En esta historia si alguien ha traicionado es quien ha obtenido un cargo gracias al PP y luego ha actuado a sus espaldas.

Ocurre, sin embargo, que la opinión pública es sabia y no deja que le den gato por liebre tan fácilmente. Los españoles, y no digamos los afiliados del PP, miran a sus nuevos políticos (Pablo Casado, Andrea Levy, Javier Maroto y otros más como Alberto Núñez Feijóo, Juanma Moreno, Alfonso Alonso o Cristina Cifuentes), como sus auténticos líderes y referentes y no como marionetas. Por mucho que desde el rajoyismo «profesional» se busque con descaro pintarlos como traidores. Piénsese bien: en esta historia, si alguien ha traicionado, es quien tras obtener un cargo gracias al PP luego ha tomado todas sus decisiones a espaldas del partido.

Dentro de las cuatro paredes de La Moncloa (por desgracia para el Partido Popular) no todos han remado en la misma dirección estos años: hay filias y fobias, juegos de poder y personalísimas hojas de ruta.

Como me comenta un destacado miembro del PP, a estas alturas esa gente, siempre dispuesta a enredar contra el compañero, «lo mejor que podría hacer es poner rumbo hacia los nuevos destinos privados que les aguardan». Así el partido podría pasar cuanto antes el bochorno de su puerta giratoria.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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