El pasado viernes, Moncloa fue testigo de una escena de lo más surrealista: los ministros de Sumar decidieron no entrar en el Consejo de Ministros extraordinario convocado para aprobar un paquete anticrisis relacionado con la guerra en Irán. No hubo una ruptura real. Era simplemente un espectáculo. Un auténtico teatro de la izquierda española, donde los protagonistas conocen el guion al dedillo, pero fingen asombro ante cada nuevo acto.
La escena reunía todos los ingredientes del melodrama político: Pedro Sánchez tuvo que reunirse por separado con los cinco ministros de Sumar para resolver un desacuerdo que, en realidad, nunca fue tan grave como se había planteado. Dos horas de retraso, tensión palpable en los pasillos de Moncloa y declaraciones grandilocuentes sobre medidas de vivienda y prórrogas de alquileres. Al final, como suele suceder, se llegó a un acuerdo in extremis que permitía a todos salir airosos. Los miembros de Sumar lograron incluir sus propuestas en un decreto separado sobre vivienda, mientras el PSOE mantenía su plan anticrisis sin incluir elementos que pudieran hacer tambalear a Junts en el Congreso. Todos satisfechos. Todos actuando.
Lo verdaderamente revelador no es lo que ocurrió, sino lo que no sucedió. Sumar nunca se plantó realmente. Su portavoz, Ernest Urtasun, se apresuró a desmentir cualquier peligro real para la coalición. «Estamos aquí para gobernar», afirmó, como si gobernar consistiera únicamente en ocupar ministerios sin cuestionar nada. Los ministros de Yolanda Díaz hicieron su actuación, simularon que iban a plantarse, pero eran plenamente conscientes de que romper con Sánchez sería un suicidio electoral. Y eso es lo que realmente aterra a la izquierda española: las urnas.
El miedo a las elecciones que paraliza la coherencia
Aquí radica el meollo del asunto. Sumar no se atreve a romper porque es consciente de que perdería. Los fracasos electorales recientes han acelerado el declive de un partido que nació con aspiraciones de ser una alternativa y que hoy no es más que un apéndice del PSOE. Yolanda Díaz, políticamente desahuciada, necesita mantener la ilusión de que Sumar sigue siendo relevante. Abandonar el Gobierno sería aceptar el fracaso. Reconocer que su proyecto ha naufragado sería inadmisible cuando lo único que les queda son los sillones ministeriales.
Aseguran que priorizan proteger la «isla» progresista de Europa, alegan cuestiones de principios y sostienen que no pueden permitir que gobierne la derecha. Pero la realidad es mucho más sencilla: se aferran a sus puestos y temen las elecciones más que a una tormenta. Un Gobierno en minoría parlamentaria, sin presupuestos desde 2023 y enfrentado a una crisis global sin precedentes es un desastre monumental. Pero es un desastre con ministerios asociados. Y eso, para Sumar, parece ser suficiente.
El contraste es evidente. Mientras el PSOE juega al ajedrez parlamentario buscando fórmulas para evitar que sus decretos caigan en el Congreso, Sumar simplemente acepta lo que le presentan. Sí, negocia. Sí, presiona. Pero al final siempre acaba cediendo. Porque la alternativa sería aún peor: regresar a la oposición y enfrentarse a unas elecciones donde probablemente desaparecerían del mapa político, viendo cómo sus votantes se dispersan entre el PSOE y otros sectores de la izquierda.
El teatro de la firmeza que nadie se cree
Lo más irónico es cómo intentan presentar esto como una victoria lograda. Pablo Bustinduy, ministro de Derechos Sociales, soltó aquello de «bien está lo que bien acaba», como si hubieran conseguido algo excepcional. Negociaron «hasta el último minuto», afirmaron. Fueron «firmes», aseguraron. Sin embargo, la realidad es bien distinta: obtuvieron lo que el PSOE ya había decidido concederles: un decreto separado sobre vivienda que deberá ser convalidado en el Congreso con los votos de formaciones como Junts y el PNV, quienes ya han advertido sobre su negativa a aceptar medidas no deseadas.
Es decir, Sumar logró un papel cuya aprobación probablemente nunca será efectiva. Pero al menos pueden decir que lo intentaron. Que lucharon por sus propuestas. Que no se dejaron pisotear en este juego político tan peculiar. Es ese tipo de victoria que solo existe en los comunicados oficiales.
Mientras tanto, España enfrenta por primera vez una gran crisis mundial con un Gobierno sin presupuestos y sin mayoría parlamentaria consolidada. El precio del petróleo se eleva, la electricidad aumenta su coste y los ciudadanos padecen las consecuencias día tras día. Y en Moncloa, los ministros de Sumar continúan negociando sobre vivienda como si todo estuviera bajo control; como si tuvieran tiempo para estos juegos políticos.
La verdad incómoda es clara: Sumar está atrapado entre dos fuegos. No puede romper porque eso significaría perderlo todo; tampoco puede quedarse quieto porque cada día transcurrido solo incrementa su irrelevancia política. No puede presionar demasiado porque simplemente sería ignorado por el PSOE. Así que hace lo único posible: fingir ser importante, simular relevancia y actuar como si su presencia en el Gobierno marcara alguna diferencia significativa. Pero todos conocemos la verdad: para lo poco que les queda en este convento, mejor sería hacer mutis por el foro.
