No queda apenas nada, pero el recuento se perfila de infarto.
Lago y tenso, porque la mayoría absoluta del PP está en un pañuelo.
Y no será lo mismo, ni lucirá igual el panorama, si los populares tienen que depender de VOX.
Dicho esto… Esta tarde, a partir de las 6, ‘Especial Elecciones Andaluzas’ en Periodista Digital.
Con Alfonso Rojo, Eurico Campano, Bertran Ndongo, Josué Cárdenas y muchos más.
¡Somos los Primeros!
DUDAS E INCERTIDUMBRES
La campaña andaluza se presenta públicamente como un plebiscito sobre Juanma Moreno y su mayoría absoluta.
Pero en los entresijos del PSOE resuena otra melodía: la del reloj que cuenta atrás para María Jesús Montero y, por extensión, para Pedro Sánchez.
Mientras las encuestas debaten si el PP obtendrá 54, 55 o 58 escaños, el viejo aparato andaluz, el llamado susanismo, hace sus propias cuentas: cuántos escaños por debajo de los 30 actuales necesita Montero para que se abra definitivamente la veda interna contra Ferraz.
El susanismo que espera sin atreverse
Susana Díaz no está en primera línea. Nunca ha estado en primera línea cuando había que plantarle cara a Sánchez. Esa es precisamente su gran contradicción política y la crítica más demoledora que recibe de quienes en algún momento esperaron que encabezara la resistencia interna al sanchismo.
Risto Mejide se lo dijo a la cara en una entrevista que se convirtió en uno de los momentos más incómodos para la expresidenta andaluza: que nunca se había atrevido de verdad. Que cuando llegó el momento de plantar cara a Sánchez, cuando el partido la necesitaba fuerte y beligerante, Susana Díaz eligió el escaño y el sueldo. Que su oposición interna fue siempre más ruido que acción, más gestos que decisiones, más postureo que valentía real.
La acusación tiene fundamento documentable. Díaz perdió las primarias de 2017 frente a Sánchez con un resultado que debería haberla convertido en líder de la oposición interna. No lo fue. Se mantuvo en el Senado, cobró su sueldo, preservó su red de influencia territorial y esperó. Sigue esperando. Mientras el PSOE andaluz que ella construyó durante años se desintegra en las encuestas, Susana Díaz no ha dicho nada que comprometa su posición ni su nómina.
Su legado, sin embargo, sigue presente en muchas agrupaciones de Sevilla, Cádiz, Jaén y Córdoba. Dirigentes intermedios, históricos y alcaldes que nunca aceptaron el «o Susana o Pedro» de 2017 ven las elecciones andaluzas como la ocasión para empezar a hablar en serio del postsanchismo. No buscan un retorno personal de Díaz: quieren preservar su red territorial ante un liderazgo estatal que consideran agotado. Y utilizan las agrupaciones andaluzas como base de influencia para la gestión del tiempo que vendrá después de Sánchez.
Su lógica es clara: si el PSOE-A cosecha su peor resultado histórico, Andalucía dejará de ser el escaparate del sanchismo y volverá a ser el corazón crítico del partido. Pero la ironía es que para llegar a ese momento habrán necesitado que Montero hunda al partido que Díaz presidió, sin que ella haya movido un dedo para evitarlo ni para impedirlo.
Montero y el «a los nuestros les da igual»
El problema para el susanismo es que Montero está facilitando su tarea con una generosidad que roza lo involuntario.
La candidata terminó la campaña envuelta en la polémica de los guardias civiles asesinados en el Campo de Gibraltar, a quienes calificó de «accidente laboral» tres veces en treinta segundos. Cuando le preguntaron por el impacto político de esa declaración, la despachó con un desparpajo que ya forma parte del archivo de citas socialistas para uso en su contra: «A los nuestros les da igual».
En su equipo interpretan que la polémica solo movilizará a «gente de derechas que ya tenía intención de votar». El cálculo electoral prevalece sobre cualquier prudencia institucional. Que dos guardias civiles hayan muerto asesinados por narcos con material de guerra mientras el Ministerio del Interior de su partido admite en documentos internos que los agentes están en «riesgo extremo» por falta de medios es, para Montero, una cuestión que a sus votantes no les importa.
Esa frase alimenta dos percepciones devastadoras para el PSOE en una región donde la seguridad es un tema electoral de primer orden: que el partido ha perdido toda sensibilidad hacia los cuerpos de seguridad, y que la candidata está desconectada de un electorado socialista moderado que valora el orden y la seguridad más que las narrativas grandilocuentes.
En los medios andaluces Montero ha adquirido el apodo de «Marisú Despeñapedros», una referencia a su papel como posible enterradora del socialismo andaluz. Cuando tu relato te coloca junto a la fosa en lugar de detrás de las trincheras, algo grave falla en la comunicación política.
El mapa electoral
Las encuestas publicadas hasta el último momento legal dibujaban un escenario estable en apariencia pero volcánico bajo la superficie.
El PP de Moreno oscila entre el 42% y el 44% del voto con un rango estimado de entre 53 y 58 escaños según Sigma Dos, GAD3 y NC Report. El PSOE queda relegado al 20-25% con entre 25 y 31 escaños, muy lejos de la Junta y luchando por no repetir los mínimos de 2022. VOX varía entre el 10% y el 18% con posibilidades de aumentar su representación si la mayoría popular no se consolida. Por Andalucía y Adelante Andalucía suman entre 10 y 12 escaños en los escenarios más optimistas.
La clave política no radica en quién gana sino en cómo lo hace. Si Moreno supera o repite los 55 escaños, el golpe para el PSOE será demoledor: una derrota histórica en su bastión más emblemático con un mensaje nítido sobre el agotamiento del ciclo sanchista. Si el PP se queda en 54 o menos, Ferraz intentará maquillar el resultado como «resistencia inesperada» y los movimientos internos tardarán más en cristalizar.
Lo que vendrá después de la noche electoral
Los movimientos del susanismo no serán visibles durante la noche del domingo. Se manifestarán en los comités federales, en las agrupaciones provinciales, en las conversaciones que ya están teniendo lugar en sedes del partido de Cádiz, Sevilla y Jaén.
El susanismo no busca una revuelta ruidosa e inmediata. Busca erosionar el liderazgo sanchista con un dato contundente, condicionar listas, influir en congresos y preparar el terreno para el postsanchismo que considera inevitable. Y lo hace desde la misma cobardía estructural que siempre ha caracterizado a esta corriente: esperando que otros den el paso que ellos no se atreven a dar, preservando escaños y sueldos mientras el partido se hunde.
Susana Díaz sigue en el Senado. Risto tenía razón.
Y mientras el susanismo espera su momento sin arriesgar nada, Montero sigue diciéndole a Andalucía que a los suyos les da igual.
El domingo 17 de mayo se sabrá cuántos andaluces han decidido que a ellos también.
