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América
Santo Romero Agencias
Romero fue objeto de difamaciones y de calumnias por parte de algunos ambientes de la oligarquía salvadoreña que enviaron a algunos obispos de Roma informaciones inexactas

(C.D./EFE).- En toda América, Norte y Sur, "donde existe aún una enorme diferencia entre ricos y pobres", la petición de Monseñor Óscar Romero "de una verdadera justicia social" es un mensaje "aún muy actual". A pocos días de la canonización del "Santo de América", su biógrafo italiano, Giuseppe Morozzo Della Rocca, ha destacado la vigencia del ejemplo de este gran profeta, mientras que el Papa Francisco ha mandado un vídeo mensaje a los jóvenes salvadoreños con "tan feliz" motivo de su elevación a los altares, en el que les envía "un saludo grande y mi bendición", rogándoles que "por favor no se olviden de rezar por mí".

En una entrevista con Efe, Morozzo Della Rocca también subraya que Romero será un santo que tendrá que ser venerado por las cosas que "él más sentía en su corazón: el amor por los pobres, el rechazo de la violencia y la búsqueda de la justicia".

"Él no quería ser un político, no le interesaban las ideologías. Quería solo acabar con la violencia y abogar por la justicia y esto es un mensaje de lo más actual en Latinoamérica, incluso en El Salvador", señala.

El camino para la canonización, que se celebrará el próximo domingo junto a la de Pablo VI, del que será "San Romero de América" no ha sido fácil y ha tenido innumerables obstáculos por la oposición de una parte de la Curia, que también le causó muchos disgustos durante su vida.

El gran problema de Romero es que muchos lo elogiaban "por ser un revolucionario, pero para otros ser revolucionario era algo muy negativo", destaca el historiador italiano.

"Romero empezó a sufrir algunas dificultades con Roma inmediatamente después de ser nombrado obispo en 1977 y para él fue un drama. La relación con el nuncio era pésima, lo que le obligó a venir a Roma a hablar con el Papa. Pablo VI le dijo: 'Usted es quien manda' con lo que regresó a El Salvador contento y tranquilizado, pero nada cambió", explica su biógrafo.

 

El por entonces prefecto de la Congregación para los Obispos, el poderoso cardenal Sebastiano Baggio, "que tenía vínculos con la oligarquía salvadoreña", empezó una campaña en su contra que duró hasta su asesinato en 1980.

"Romero fue objeto de difamaciones y de calumnias por parte de algunos ambientes de la oligarquía salvadoreña que enviaron a algunos obispos de Roma informaciones inexactas. La acusación más difundida era de ser comunista, marxista, subversivo", cuenta el historiador italiano.

Mientras que la parte eclesiástica, relata, "le acusaba de no ser ortodoxo y de decir cosas contrarias al magisterio de la Iglesia e incluso alguno aseguraba que era débil de mente y que se estaba dejando plagiar por los jesuitas españoles en el país".

Durante toda su vida, Romero vivió "amargado" por su relación con el Vaticano, las conversaciones eran "duras, desagradables" e incluso Baggio se negó a verle en un viaje que hizo a Roma.

"Sufría porque no entendía por qué no se aprobaba lo que el hacía, pues en todas sus predicaciones citaba constantemente a los Papas. Estaba muy vinculado a Roma. Aquí había estudiado durante 6 años y aunque se sentía profundamente latinoamericano también se sentía parte de Roma", asegura el autor de varios libros sobre el próximo santo.

Tras su asesinato, el 24 de marzo de 1980 por un comando de ultraderecha mientras oficiaba misa en la capilla del hospital de cáncer Divina Providencia de San Salvador, en los días previos al estallido del conflicto armado salvadoreño (1980-1992), la oposición continuó durante su proceso de beatificación.

"Considerado como una bandera de movimientos de izquierda y de la teología de la Liberación, el resultado fue que su proceso encontró a personas como el cardenal colombiano, Alfonso López Trujillo, que lo bloqueó durante años", señala.

El biógrafo italiano que ha recogido numerosos testimonios cercanos a Romero aporta además algunas notas de la personalidad del arzobispo como su "fuerte carácter", pero también momentos de "duda y fragilidad" lo que hizo incluso que "acudiese a un psicólogo".

"Tenía una gran fe y pasaba noches enteras rezando antes de tomar una decisión, pero cuando la tomaba era inflexible. La gente que le conocía decían que era algo terco, pero con una gran valentía", revela.

Este historiador, colaborador del postulador de la causa, el obispo Vicenzo Paglia, explica que Romero "ya había contado con la posibilidad de que le iba a pasar algo incluso que le matasen, pero sentía una responsabilidad enorme" que era superior a su vida.