Religión
El padre Corrado Dalmonego RD
Tenemos una mentalidad que a menudo es exclusivista, tienes que aceptar una cosa, y al aceptar a, tienes que eliminar b. Ellos tienden a juntar las cosas, lo vi con los yanomami, una cosa y la otra

(Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil).- La Misión Catrimani puede ser calificada como una misión diferente, especial, con unas características definidas a lo largo de más de cincuenta años de presencia, que es lo que realmente define esta misión de los Misioneros de la Consolata con el pueblo yanomami.

Actualmente, junto con tres religiosas de la Consolata, quien vive allí es Corrado Dalmolego, religioso nacido en Italia, que después de once años ha aprendido a vivir, hablar y pensar como un yanomami, asumiendo su cultura y cosmovisión a partir del diálogo, fundamento de una misión en la que nunca ha sido bautizado un indígena, algo que va más allá de un testimonio silencioso, porque cuando se dialoga, se habla, cuando se habla, se anuncia.

Eso es algo que para muchos dentro de la Iglesia católica no deja de ser sorprendente, pero que cuenta con el reconocimiento de Davi Kopenawa, líder yanomami conocido mundialmente, para quien los misioneros hicieron las cosas bien, sin hacer daño a su pueblo, sin destruir su cultura.

De cara al Sínodo para la Amazonía, el Papa Francisco pide que se escuche a los pueblos indígenas, actitud fundamental según el Padre Dalmonego, pues ellos nos podrían ayudar en la vivencia de nuestra propia religiosidad y espiritualidad, ayudar a la Iglesia a limpiarse de esquemas, de estructuras mentales, que pueden haber quedado obsoletas o inadecuadas.

¿Qué es la misión Catrimani?

La Misión Catrimani es una presencia de la Iglesia de Roraima junto al pueblo yanomami, una presencia que se inició en 1965 con la llegada de los primeros dos misioneros que establecieron una misión junto al pueblo yanomami. En la década anterior habían tenido lugar los primeros encuentros con las comunidades yanomami en los ríos Ayarai, Apiau, Catrimani, en Roraima, pero en 1965 se inició esa presencia estable, que por tanto hoy cuenta con más de 50 años.

Es una presencia de la Iglesia junto a un pueblo, que es considerado por el órgano indigenista oficial, FUNAI (Fundación Nacional del Indio) como un pueblo de reciente contacto, que tiene mucho orgullo, mucha fuerza, con su lengua, su cultura, sus costumbres. Es una presencia misionera que se fue definiendo desde los primeros años de establecimiento y que se caracterizó, yo diría, por la permanencia estable, por la presencia junto a las comunidades, por el respeto profundo hacia la cultura, la religión del pueblo.

Por tanto, una presencia misionera que siempre ha intentado apoyar la vida, la defensa del pueblo, la demarcación de la tierra, la defensa e implementación de la salud, la lucha contra las invasiones de la tierra yanomami y las agresiones a los derechos de ese pueblo.

 

¿Qué define hoy la Misión Catrimani?

La Misión Catrimani es una presencia que hoy se caracteriza en su proyecto misionero por seis áreas de actuación, que son apoyo a una educación diferenciada y fortalecimiento de los conocimientos tradicionales a través de la formación, cursos, investigaciones, apoyo a la formación de los jóvenes, manteniendo siempre una atención particular a la valorización de los conocimientos tradicionales.

La segunda área de actuación es la de la salud, aunque hoy las acciones son desarrolladas por el órgano competente del gobierno, existe un apoyo en la región de la Misión Catrimani, a las comunidades que viven allí, para la formación de agentes indígenas de salud y control social de las acciones de salud, y a menudo la mediación entre los yanomami y los agentes no indígenas que son responsables de las acciones y asistencia sanitaria.

La tercera área de actuación es aquella que se refiere a la gestión territorial y la relación de los yanomami con la sociedad envolvente, todo lo que se refiere a la protección de la tierra, la formación política, la implementación de acciones autóctonas de gestión del territorio y la reflexión con los mismos yanomamis sobre las relaciones con la sociedad envolvente, que despierta un atractivo grande, sobre todo en los jóvenes. Recordemos que la sociedad yanomami es una sociedad muy joven, que está viviendo una evolución demográfica, más o menos el sesenta por ciento de la población tiene menos de 14 años. Por tanto, es una población muy joven.

Una otra área, la cuarta, es diálogo interreligioso, intercultural, conviviendo con las comunidades, una vida próxima, aprendiendo la lengua, haciendo posible realizar lo que la Iglesia llama diálogo interreligioso, que creo que es una frontera poco explotada, a la que se da también poca atención en el ámbito misionero, en el ámbito de la Iglesia. Parece algo que aparece como anexo normalmente en los documentos, una cosa que se acepta, se tolera, sobre todo en relación a las consideradas grandes religiones, por el número de adeptos o por la cultura fuerte de los grandes países, de las grandes economías, donde éstas las religiones son vividas. En la India, en Corea, sobre todo en Asia.

Pero el diálogo es escaso con pequeñas poblaciones, poblaciones indígenas con un número relativamente pequeño de miembros. El diálogo es un componente esencial de la actuación de la Iglesia, de lo que es la evangelización, y por lo tanto nos ayuda a no confundir lo que es el anuncio con aquello que se considera conversión. El diálogo se realiza en la vida cotidiana, en los momentos fuertes de los rituales, e incluso en las investigaciones que se realizan sobre chamanismo, sobre mitologías, sobre saberes diferentes, sobre visiones del mundo, sobre visiones sobre Dios, a partir de la confianza, la amistad, construyendo momentos fuertes de diálogo, que para la misma Iglesia son muy enriquecedores, pues nos ayudan a descubrir la esencia de nuestra fe, muchas veces encubierta por adornos, por tradiciones culturales.

Es un diálogo interreligioso e intercultural junto a una sociedad indígena, una sociedad de aquellas de las cuales el Documento Preparatorio al Sínodo de los Obispos dice que hay que establecer puentes entre los conocimientos tradicionales y los conocimientos modernos, ecológicos, de la sociedad occidental. Como el Papa Francisco nos recuerda, es apenas en el encuentro, en el diálogo entre diversos conocimientos, que es posible, bien sea defender este mundo, construir una ecología integral, bien sea también descubrir los caminos del Reino, en el diálogo, escuchando los anhelos de pueblos, de sociedades diferentes. No es estando sólo como se encuentran soluciones a los problemas, sino en el diálogo con otras sociedades, con las sociedades indígenas, en particular, aquí en la Amazonía.

Otra área de actuación es el apoyo a la formación de mujeres, sabiendo del liderazgo de las mujeres y su importancia para la vida de un pueblo, de una sociedad. El último aspecto es la información y comunicación, sea interna, entre las diversas comunidades yanomami, comunicación que se realiza a través de instrumentos como radiofonía, mensajes o pequeños periódicos informativos, pero también encuentros, asambleas, en las cuales líderes de varias comunidades se encuentran y trazan líneas comunes de vida, de defensa del territorio, promoción de la propia vida.

También comunicación externa, en las ocasiones que nos permiten llevar el mensaje de ese pueblo a instancias diferentes o acompañar a líderes para dejar sus testimonios, sus mensajes. Estas son un poco las seis áreas de actuación en las que se formula el proyecto misionero del equipo que trabaja en el Catrimani, que hoy está compuesta por tres misioneras de la Consolata y yo, misionero de la Consolata.

 

¿Cuánto tiempo hace que estás viviendo en el Catrimani?

Yo vivo allí hace 11 años.

¿Qué es lo que has aprehendido en ese tiempo con el pueblo yanomami?

En la convivencia se aprenden muchas cosas. Si yo tuviera que destacar algunos aspectos, el aprendizaje de la lengua es muy importante, muy bonito, te abre horizontes, perspectivas, visiones diferentes, como citaba antes. La cuestión de la fe, una profundización personal, el encuentro con otra religión, con otra espiritualidad, también va enriqueciendo nuestra espiritualidad. Después se aprende la importancia de la comunidad, de la vida comunitaria. Cuando fuimos a participar de una fiesta en una comunidad un poco lejos, a cinco días de camino de la misión, fui a acompañar a un grupo de 40 yanomami que participaron en esa fiesta en la región donde vive Davi Kopenawa, fuimos a lo largo de cinco días, y cuando llegamos a la comunidad, la fiesta duró catorce días.

Cuando llegamos a la comunidad, después de cinco días de camino, me quedé tomándome un respiro, y luego me quedé pensando porque me había parado para para tomar aliento. ¿Qué es lo que hay de diferente entre el camino y aquí? ¿Existe el confort de la tecnología? No. ¿Hay luz? No. ¿Hay agua potable? No. ¿Se come la comida que uno está acostumbrado? No. ¿Tienes tus propios libros? No. ¿Hay un trabajo que nos da satisfacción, nos edifica? No. ¿Cuál es la diferencia? Es llegar a una comunidad, llegar en medio de un pueblo, es la fiesta, es el encuentro, es la amistad. Esta experiencia me despertó un poquito a una cosa que se aprende, que es el valor de la vida comunitaria, no que esté exento de dificultades, de conflictos, pero he visto el valor que tiene. Entonces los yanomamis son para nosotros testigos para poder apreciar ese valor de la vida comunitaria.

También se aprende el valor de una cultura, de costumbres, de conocimientos tradicionales, cuanto ello garantiza la supervivencia de un pueblo y constituye un cimiento sobre el cual se construye una sociedad, y faltando eso, la cultura, la visión de las fiestas, de la mitología, chamanismo, como todo podría derribarse, lo que es una amenaza muy grande, uno aprende eso también.

¿Cuáles son los desafíos que el pueblo yanomami enfrenta hoy?

Si escuchamos los anhelos, las luchas que están enfrentando, las amenazas que reconocen, lo ideal sería escuchar, como dice el Papa Francisco, como el Documento Preparatorio al Sínodo plantea, necesitamos oír lo que dicen. Entre paréntesis, a veces no oímos mucho, porque nos encontramos y poco se oye, poco se llama, poco se consulta a la gente. Si oímos, y conviviendo uno puede prestar atención, ellos reconocen como amenazas las agresiones al territorio, por parte de garimpeiros, siempre presentes, madereros y otros exploradores de los recursos de la selva, y eso está presente hoy.

Están también las amenazas tal vez que pueden parecer más lejanas, grandes proyectos de minería en tierras indígenas. La legislación está completamente orientada a eso, dicen que van a regular la explotación minera, pero es una liberalización de la explotación mineral, si vamos a mirar un poco la legislación. Hasta proyectos de hidroeléctricas, aquí en Roraima, van a afectar al territorio y las comunidades yanomamis. Eso tal y como sucedió en los años setenta con la construcción de la carretera Perimetral Norte y como ocurrió en la explosión de la búsqueda del oro, que trajo cuarenta mil garimpeiros en la tierra yanomami, cuya población se estimaba en diez mil personas, entre 1987 y 1990, antes de la demarcación y homologación de la tierra yanomami. Esta amenaza sigue siendo muy fuerte.

Las desatenciones y desorganización del sistema de salud, que no logra atender como debería, por dificultades de desorganización o problemas graves en la administración, en los cuidados. Otra cosa que yo plantearía, desde mi visión, son las políticas de la sociedad envolvente hacia los yanomami y el desafío que una sociedad tan joven está llamada a enfrentar entre los conocimientos tradicionales y el peligro de relativizar eso, fragilizar eso, ante todo lo que viene de la sociedad circundante.

 

¿Cómo el pueblo yanomami cuida de esas tradiciones, qué hace para preservarlas?

El pueblo yanomami tiene mucho orgullo de su propia lengua, de su propia identidad, una palabra criticada hoy por la antropología. Ellos tienen una fuerte conciencia, somos yanomami de verdad, ellos dicen, yanomami, ellos tienen esta fuerza. Para cultivar, conservar, defender eso, ellos tienen todo el sistema de las fiestas, de los rituales.

Ellos fueron llamados también pueblo de la fiesta, fiesta areajú, que es una gran ceremonia que puede durar varios días y hasta dos semanas, la más larga que he participado. Una fiesta que sepultan, se entierran las cenizas de los fallecidos, pero es un poco el centro de la vida yanomami, pues involucra relaciones de alianzas, parentesco, amistad, pero también cantos, fiestas, danzas, diálogos rituales entre líderes y comunidades diferentes. Es un poco un resumen de la vida de los yanomami.

Has hablado del Sínodo de la Amazonía, ¿cómo los pueblos indígenas, a partir de su conocimiento y su convivencia con los yanomami, pueden ayudar para que realmente se puedan construir esos nuevos caminos?

En el Documento Preparatorio se habla de ello, de escuchar para encontrar los caminos, construir los puentes, construir el diálogo para tratar de responder a los problemas, a las amenazas globales a la ecología, al mundo, a las culturas. Primero es necesario crear durante el Sínodo los espacios de escucha, esas instancias, no sólo a través de mediadores, pero tal vez, en ocasiones, a través de encuentros directos.

Los pueblos indígenas podrían ayudar con la vivencia de la propia religiosidad, de la propia espiritualidad, ayudar a la misma Iglesia a limpiarse, quizás de esquemas, de estructuras mentales, que pueden haber quedado obsoletas o inadecuadas. Prestar atención a cómo los pueblos indígenas viven la vivencia comunitaria, las relaciones sociales, la organización del liderazgo, por ejemplo. Esto puede también ser dialogado con la Iglesia para ver cómo la Iglesia se puede organizar, cómo se organiza la comunidad, cuál es el papel del liderazgo, cuáles son los instrumentos que los líderes tienen para corregir los errores de algunas personas, para convencer.

Es la palabra, el diálogo ritual, el testimonio, un líder lo es en la medida en que sus palabras son seguidas, no tiene un autoritarismo, no tiene un control desde arriba, sino que existe la construcción de un consenso. ¿Por qué no puede iluminar a la Iglesia cuando se piensa a sí misma? ¿Cómo construir el consenso, cómo construir caminos? Si vemos una comunidad indígena, nos muestra los propios modos, las propias formas. La vivencia del ritual, que no es algo aislado, sino un tiempo especial dentro del tiempo ordinario. ¿Uno pregunta cuando comenzó la fiesta? La fiesta comenzó cuando planté el terreno de plátanos para tener comida para los huéspedes, o sea, ocho meses antes del momento clave en que la fiesta ocurrió. Y después, ¿cómo se realiza la fiesta? Hay un momento de acogida, danza, diálogos rituales, de reconciliación, que pone en pauta las cuestiones.

Yo veo también que junto a un pueblo indígena uno aprende a relacionarse con los demás, a organizar nuestro tiempo, el ejercicio del liderazgo, de la autoridad, las implicaciones espirituales. Viendo cómo viven, hay cosas que pueden decirnos a la Iglesia y a la sociedad. Todo el mundo sabe que las tierras indígenas son las unidades de conservación mejor protegidas en Brasil. Por tanto, todo el mundo ve que los pueblos indígenas tienen prácticas que llevan a cuidar del territorio, a pesar de vivir de sus recursos.

Además de esta cuestión ecológica, también sobre la organización social, podemos aprender el ejercicio del liderazgo, el diálogo. Los yanomami tienden al otro, a conocer al otro, a apropiarse del otro, a hacer del otro alguien parecido a ellos mismos, enseñando, aceptando, acogiendo al otro, aceptan una cosa sin renunciar a la otra. Tenemos una mentalidad que a menudo es exclusivista, tienes que aceptar una cosa, y al aceptar a, tienes que eliminar b. Ellos tienden a juntar las cosas, lo vi con los yanomami, una cosa y la otra. En las preguntas sobre cuestiones religiosas, ¿puedo comunicarme con Dios, el Dios de los blancos, puedo rezar? Puede. ¿Puedo invocarlo para curar a mi hijo enfermo? Puede. Para nosotros son cuestiones que nos dejan un poco perplejos, preguntando, ¿renuncia a algo para apropiarse de lo otro? No, no se renuncia, no es necesario renunciar, simplemente es apropiarse de algo más.

¿Por qué no hacer ese ejercicio también como Iglesia, esas experiencias? Esto, por un lado, puede ser acusado de sincretismo, relativismo, pero nosotros no somos dueños de la verdad. Nadie lo reconoce. Hay documentos de la Iglesia, documentos del Concilio, que afirman que todos nos colocamos bajo esa luz, de ese misterio que nadie controla. Cuando intentamos hacer esto efectivamente, prácticamente, cuando se trata de poner en la práctica nos quedamos con miedo, puede, no puede. ¿Cuáles son las señales que indican el camino para superar esa frontera?

Lo que dices nos lleva a muchas de las actitudes y palabras del Papa Francisco, pues la forma de vivir de los pueblos indígenas le ayuda en las orientaciones que da. ¿Piensas que la Iglesia está preparada, dispuesta a asumir de hecho, esa manera de vivir la relación con Dios?

Creo que es un desafío muy grande para la Iglesia. No es que no existan personas o grupos que tengan esa apertura, pero si vemos la Iglesia desde el punto de vista institucional, veo mucho temor, miedo a abrirse de corazón sincero a ofrecer. Una palabra que el yanomami dice, significa ¿por qué me estás recusando algo? Hasta lo he escuchado en relación con la cuestión de la fe. Es un pueblo indígena llamado de reciente contacto, que vive su religión tradicional, la legislación brasileña también es muy rigurosa con pueblos de reciente contacto.

Existe ese recelo, tanto en el caso de la Iglesia como en la sociedad como un todo, de ver las acciones misioneras, las acciones de evangelización con mucha desconfianza, porque la historia fue marcada por la Iglesia como instrumento de colonización, negación cultural, negación de la diferencia, fue una acción violenta, de la cual la Iglesia también participó. Hay elementos para despertar esa sospecha, se trata tal vez de cambiar de una actitud de arrogancia a actuar con la actitud de aquel libro de dos misionólogos verbitas, "Diálogo profético", que encontré muy pertinente para el trabajo que hacemos en el Misión Catrimani, dos aspectos que se deben complementar en la acción evangelizadora de la Iglesia, que en ciertos momentos puede realizarse más como diálogo, animado por lo que los autores llaman "humilde coraje" o "humildad valiente".

El diálogo profético es eso, en ciertos momentos, realizas más el diálogo, el respeto, la valorización de la cultura del otro, en otros momentos eres llamado a un anuncio profético, en la defensa de los derechos, en la defensa de la vida y a apuntar caminos. Siempre en el diálogo profético, en ese juego entre estos dos aspectos complementarios de la evangelización.

 

Hablas de ese intento de posicionamiento, pero vives en una misión donde después de sesenta años nadie fue bautizado, una misión de presencia y de diálogo.

Sí, pero es una expresión minoritaria, y muchas veces acusada.

¿Cuál es la reacción que sientes dentro de la Iglesia católica, de tu propia congregación ante esta actitud?

Todos los que conozco que trabajaron allí, ellos admiran esa manera, participaron, formaron parte, dedicaron su vida, sus años, su trabajo, valoran esa forma de actuación, que yo no reduciría a un testimonio silencioso, porque cuando se dialoga, se habla, cuando se habla, se anuncia. No vale pensar que el diálogo es un pre-anuncio, ya es anuncio, si estás hablando con una persona, estás anunciando lo que crees. Hay personas que defienden esa forma y la valoran, hasta obispos, que conocen, dan valor y lo empiezan a contar. Yo recuerdo a un obispo en Ecuador que después de que hablé, después preguntó, ustedes se omiten como misioneros, pero después, cada día me cruzaba en el pasillo, sacudiendo un poco la cabeza, y en el último día le dijo a otro misionero, ahora estoy empezando un poco a entender. Se entiende cuando se da valor.

Hay personas que entienden, que dan valor, pero incluso dentro de la Iglesia hay personas que critican, que afirman que sea una omisión.

De cara al Sínodo y a esos nuevos caminos que la Iglesia quiere encontrar, ¿podríamos decir que la Misión Catrimani puede ser una referencia para esos nuevos caminos? ¿La Iglesia necesita más misiones Catrimani?

Yo pienso que esta presencia en la Misión Catrimani, junto con muchas otras, es una presencia profética para la Iglesia, que se ha puesto a la escucha de los pueblos, una presencia que no deja de ser criticada o mal entendida, acusada de omisión. Eso duele bastante, porque dentro de la Iglesia se reciben críticas por incomprensiones, personas que no conocen, tampoco tuvieron la oportunidad de participar en esa vivencia. No es que se pueda acusar a esas personas por la incomprensión. Creo que si alguien nunca tuvo una experiencia como la que se vive en una misión como la Misión Catrimani, no puede pretender entenderla.

Creo que más experiencias como ésta, difundirían una nueva visión del servicio de la Iglesia, de la presencia de la Iglesia. Ahora, escuchar a David Kopenawa yanomami, líder indígena de este pueblo, que dice que la Misión Catrimani hizo las cosas bien, que no lastimó a los yanomami, que no destruyó la cultura, que no condenó el chamanismo, y por tanto, él dice que ese es el mensaje que ustedes tienen que traer del Dios que les ha enviado. Si el mismo Davi Kopenawa dice eso, afirmando que la Misión Catrimani puede seguir trabajando, porque hace un buen trabajo de apoyo, de sustento, de alianzas con los yanomami, creo que es algo muy importante. Oír esto es una apreciación que alienta el corazón, da ánimo, significa que vamos al encuentro de aquellos que son los anhelos del pueblo, de las comunidades. Por tanto, si hubiera más experiencias como éstas la Iglesia se enriquecería fuertemente.

Este momento del Sínodo es un momento en el que en toda la Iglesia, y también quizás fuera de la Iglesia, los ojos están dirigidos a la Amazonía. Por tanto, es un momento importante, valioso, para que la Iglesia pueda reflexionar sobre su actuación junto a los pueblos indígenas, no sólo pensando en los pueblos indígenas. Creo que esa reflexión pueda dirigirse a la Iglesia como un todo, también como un paradigma misionero, una vivencia del Evangelio. Yo utilizo esa experiencia en la misión Catrimani, nunca he trabajado en otras misiones, entonces mi visión puede ser un poco limitada, pero yo creo que, sin querer implantar en otros lugares esa forma de actuación, hay aspectos, estímulos, elementos que pueden ser inculturados en otros lugares.

Por ejemplo, yo trabajo allí y estudié y aprendí la lengua, si yo fuera a trabajar con otro pueblo indígena, la prioridad para mí sería comenzar a aprender la lengua, para poder construir puentes, para poder conocer el corazón, lo profundo de las personas. Si alguien me dice, no, pero ya hablan portugués o ya hablan el idioma nacional de ese país, le diría que esto no quita la importancia de querer aprender también la lengua, pues si queremos ayudar un poco, tanto como es importante la tierra, es importante la lengua. Por tanto, si en la Misión Catrimani se aprende la lengua, también en otras misiones lo esencial es aprender la lengua, para poder tener un intercambio profundo de diálogo con las personas, sin exigir que ellos vengan a nuestro encuentro tratando de traducir para nosotros ciertas cosas, porque en el momento en que se traducen, los mensajes son traicionados, se transforman. Tomo el ejemplo de la lengua para decir un poco todo el conjunto. Creo que eso es importante que pudiese ser trabajado en otras presencias misioneras.

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