• Director: José Manuel Vidal
España
Funeral en La Almudena por Anastasio Gil
En su lecho de muerte repetía: "Ten piedad, Señor, de mí. Espero gozar de tu dicha y habitar en tu casa"

(José M. Vidal).- La catedral llena de fieles, más de un centenar de curas y cuatro obispos arroparon ayer por la noche a los familiares y amigos de Anastasio Gil (Segovia, 1946) en un funeral emotivo y sereno, como era él, en la catedral de La Almudena. Un homenaje póstumo a un misionero de ida y vuelta, que entregó su vida entera (incluido su penoso cáncer final) en el surco de la misión.

No en vano, el sacerdote fallecido era sumamente apreciado y querido por todo el mundo. Porque derramaba calidez, humildad y ternura. Con la sonrisa como su eterna compañera de viaje, acompañada de su ternura y de su amabilidad. Y su capacidad de súplica, porque fue siempre un auténtico mendigo de Dios, que pedía sin vergüenza para sus misioneros de vanguardia.

Primero se especializó en catequesis, pero, a los pocos años, pasó al ámbito de la misión y de ella se enamoró. Con sus momentos nada fáciles. Por ejemplo, cuando llegó a la subdirección de las Obras Misionales Pontificias y tuvo que limpiar la institución de arriba abajo, tras el paso por ella de José Luis Irízar, que la llenó de aguas turbias y malolientes.

Anastasio no sólo la limpió, sino que reconstruyó la sede de los misioneros y la convirtió en una casa acogedora, llena de flores y que luce con la luz que desprenden estos curas, que entregan sus vidas por los más desfavorecidos, la auténtica carne de Cristo, que dice el Papa Francisco. Y, por eso, en su funeral se le pudo aplicar el pasaje del Evangelio de Juan que dice así: "Que no pierda nada de lo que me dio..."


Una labor que la Iglesia española nunca le reconocerá suficientemente. Ayer, sin embargo, la iglesia madrileña le rindió un sentido homenaje. Con muchos curas y fieles, pero sólo cuatro obispos: el celebrante principal, cardenal Osoro, el arzobispo de Pamplona y presidente de las OMP, Francisco Pérez, el arzobispo castrense, Juan del Río y el obispo auxiliar de Madrid, Martínez Camino.

Imagino que la Conferencia episcopal le rendirá también su oportuno homenaje, con todos los obispos presentes, pues Anastasio cuidó, durante años, como a la niña de sus ojos, a todos los misioneros de todas las diócesis españolas.

El cardenal Osoro, que lo conocía bien y que compartió con él las últimas horas de su vida, derrochó cariño y cercanía con Don Anastasio a lo largo de toda su homilía. El arzobispo madrileño comenzó reconociendo que el finado "vivió su vida entera con pasión misionera y se entregó a ella en cuerpo y alma hasta el último suspiro de su vida".

Y en esos momentos, allí estaba, a su lado, el purpurado madrileño. "Nuestra conversación de aquellas horas previas a su muerte me recordaba a la de San Agustín con su madre. Tenía conciencia clara de que iba a entregar su vida a Dios y, de hecho, me decía: 'He puesto mi vida en manos de Dios". Y como jaculatorias, repetía: "Ten piedad, Señor, de mí. Espero gozar de tu dicha y habitar en tu casa".

Con su vida entregada, la invitación que nos lanza Anastasio es, a juicio de Osoro, que "estamos llamados a ser discípulos misioneros". Misioneros en manos de Dios, misioneros en salida "por los caminos reales de la vida", para hacernos la pregunta de "cómo curamos las heridas de la gente".

En definitiva, Anastasio, con su vida, nos invita "a ser luz, a ser corazones y pies de Cristo". Por eso, concluyó el cardenal de Madrid "damos garcías al Señor, por habernos regalado la vida de Don Anastasio, una vida inseparable de los misioneros".

Al final de le eucaristía, el actual subdirector de las OMP, José María Calderón, agradeció los 18 años de servicio a la institución de Anastasio y leyó una carta enviada por el cardenal Fernando Filoni, prefecto del dicasterio de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. En ella, entre otras cosas, el cardenal curial señalaba que "Don Anastasio deja el recuerdo de un sacerdote enamorado de la Misión".