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España
Blázquez
No cabe en la Iglesia que niños, confiados por los padres a sacerdotes y educadores católicos, hayan sido víctimas, a veces con humillaciones inimaginables de degradación, por parte de quienes se debía esperar un comportamiento respetuoso y evangélico

(Jesús Bastante).- "Ha habido pecados por parte de sacerdotes que son también delitos; ha habido abusos sexuales, autoridad prepotente y poder abusivo sobre las conciencias". El cardenal de Valladolid y presidente de la CEE, Ricardo Blázquez, ha escrito una carta pastoral en la que pide perdón por el escándalo de la pederastia y asume que "es necesario erradicar todos estos males".

En una carta, titulada 'Sobre la pederastia', Blázquez admite que "ha habido limitaciones para percibir la gravedad de los hechos y sus dimensiones; ha habido formas equivocadas de proceder de presbíteros y de obispos que unas veces han sido de encubrimiento y otras de pensar que se resolvería la situación cambiando al sacerdote de lugar o asegurándose el silencio con dinero, sin caer en la cuenta de que así se exponían a posibles chantajes futuros".

Haciéndose eco de la Carta del Papa del 20 de agosto, Blázquez insiste en que "no cabe en la Iglesia que niños, confiados por los padres a sacerdotes y educadores católicos, hayan sido víctimas, a veces con humillaciones inimaginables de degradación, por parte de quienes se debía esperar un comportamiento respetuoso y evangélico".

Sin embargo, el prelado trata de contextualizar la realidad, negando la idea de que la pederastia sea exclusiva de la Iglesia. "Con la publicación de informes tremendos en relación con la pederastia ejercida por sacerdotes, de informes aparecidos casi simultáneamente en diversos países, de informes que se refieren a hechos acontecidos hace 30, 40 y hasta 60 años, se ha podido tener con esta avalancha la impresión de que la pederastia es exclusiva de sacerdotes, y de que los curas católicos son pederastas", arranca Blázquez.

"Esta insinuación es falsa e injusta", proclama el presidente de la CEE, quien sostiene que "según los estudios estadísticos, el 80% de los casos tienen lugar en las familias, el 3% en la Iglesia y el resto en el deporte y la educación".

"Es verdad que los seguidores del Evangelio están particularmente obligados a seguir las enseñanzas de Jesús; pero en orden a superar esta lacra no nos cerremos las vías para situar la amplitud de la pederastia en sus reales dimensiones y proporciones, añade.

 

 

Carta de Ricardo Blázquez:

 

Sobre la pederastia

El día 20 de agosto hizo pública el Papa Francisco una carta dirigida al Pueblo de Dios. No se limitaba a los casos de abuso sexual de menores, niños y adolescentes, por parte de sacerdotes en Chile, Irlanda, Estados Unidos, Australia, que últimamente han ocupado la opinión pública; sus destinatarios éramos los clérigos y laicos de la Iglesia católica. Es una carta sin precedentes, aunque ya hubieran dirigido tanto el Papa Francisco como el Papa Benedicto otras semejantes con destinatarios más concretos. Es una carta impregnada de dolor, tristeza y humillación, donde condena una vez más, el abuso sexual cometido con niños, reiterando la fórmula de la "tolerancia cero".

Hemos leído la carta, participando de los sentimientos del Papa. No cabe en la Iglesia que niños, confiados por los padres a sacerdotes y educadores católicos, hayan sido víctimas, a veces con humillaciones inimaginables de degradación, por parte de quienes se debía esperar un comportamiento respetuoso y evangélico.

Jesús nos enseñó otra manera de proceder. "Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios" (Mc. 10, 14). La actitud confiada y abierta del niño, su sentido de dependencia y debilidad, son las requeridas para entrar en el reino de los cielos. Y al mismo tiempo amenazó Jesús con terribles castigos a quien escandalice a uno de los pequeños (cf. Mt. 18 5-6).

Ha habido pecados por parte de sacerdotes que son también delitos; ha habido abusos sexuales, autoridad prepotente y poder abusivo sobre las conciencias; ha habido limitaciones para percibir la gravedad de los hechos y sus dimensiones; ha habido formas equivocadas de proceder de presbíteros y de obispos que unas veces han sido de encubrimiento y otras de pensar que se resolvería la situación cambiando al sacerdote de lugar o asegurándose el silencio con dinero, sin caer en la cuenta de que así se exponían a posibles chantajes futuros. Es necesario erradicar todos estos males.

Con la publicación de informes tremendos en relación con la pederastia ejercida por sacerdotes, de informes aparecidos casi simultáneamente en diversos países, de informes que se refieren a hechos acontecidos hace 30, 40 y hasta 60 años, se ha podido tener con esta avalancha la impresión de que la pederastia es exclusiva de sacerdotes, y de que los curas católicos son pederastas. Esta insinuación es falsa e injusta. Según los estudios estadísticos, el 80% de los casos tienen lugar en las familias, el 3% en la Iglesia y el resto en el deporte y la educación. Esto lo comprendió muy bien la canciller A. Merkel cuando, a raíz de casos que habían tenido lugar en Alemania, después de haber sido informada ampliamente, concluyó: "Luego el problema no es sólo de la Iglesia católica y protestante sino de la sociedad". Es verdad que los seguidores del Evangelio están particularmente obligados a seguir las enseñanzas de Jesús; pero en orden a superar esta lacra no nos cerremos las vías para situar la amplitud de la pederastia en sus reales dimensiones y proporciones.

Los papas vienen combatiendo la pederastia, en medio de dificultades interiores y exteriores, desde hace tiempo. Es necesario reconocer humildemente los pecados y los desaciertos y pedir perdón a Dios y a las víctimas. Debemos confiar en el Señor de la Misericordia, que perdona a todos los pecadores, todos los pecados y siempre, si hay en las personas reconocimiento humilde y petición sincera de perdón. Dios es fuente de esperanza también en las situaciones de mayor postración. Nadie puede alardear de seguridad absoluta; el que está en pie que vigile y se poye en Dios.

La Iglesia confía en ser purificada también de esta suciedad personal, eclesial y social. La adecuada educación humana y cristiana en la afectividad y sexualidad debe ser cuidada. A veces se han sugerido desde el exterior de la Iglesia medidas para superar la pederastia, que cuestionan otros valores cristianos. Sin dejar de escuchar todas las voces pertinentes, debemos reafirmar que en Jesucristo y su Evangelio, vivido consecuentemente, se halla la reforma genuinamente cristiana de todas estas deformaciones.

En ocasiones llama la atención lo que acontece sobre esta delicada cuestión. ¿Dónde están los que, sin conceder el mínimo resquicio a la presunción de inocencia, vapulearon un día sí y otro también al grupo de sacerdotes de Granada; y, en cambio, cuando ha habido sentencia firme absolutoria no se han hecho eco de cómo la acusación era calumniosa y cómo los sacerdotes eran declarados inocentes?

El Papa Francisco está cargando con una cruz muy pesada. Anunciar el Evangelio con fidelidad y libertad, denunciar con valentía lo que Dios reprueba, pedir humildemente perdón por los pecados y equivocaciones de los miembros de la Iglesia, clérigos y laicos, exigir actuaciones decididas para que no se repitan estos atropellos, son tareas asumidas decididamente por él. Oremos a Dios por el Papa, como en otro tiempo la Iglesia pidió por Pedro (cf. Act. 12, 3-5). No está solo; le acompañamos con nuestro afecto, cercanía y apoyo. ¡Que el Señor le sostenga diariamente en los duros trabajos por el Evangelio!