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Pedro Langa. Apóstoles de la unidad (San Pablo)

El teólogo y ecumenista 'Apóstoles de la unidad', editado por San Pablo

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Pedro Langa: "Las religiones, unidas de verdad, podrían hacer mucho contra la violencia y el terror"

"Hay que intentar, por todos los medios, trabajar a destajo, sin esperar contraprestaciones"

Jesús Bastante, 06 de febrero de 2016 a las 09:45
El ecumenismo es una conversión constante de todas las iglesias a Cristo-Jesús
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P. Langa con un volumen de "Apóstoles de la unidad"

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"Apóstoles de la unidad", Ed. S. Pablo

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"Apóstoles de la unidad", Ed. S. Pablo

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P. Langa con un volumen de "Apóstoles de la unidad"

  • P. Langa con un volumen de 'Apóstoles de la unidad'
  • 'Apóstoles de la unidad', Ed. S. Pablo
  • Altar de la Comunidad de Taizé
  • 'Apóstoles de la unidad', Ed. S. Pablo
  • P. Langa con un volumen de 'Apóstoles de la unidad'

(Jesús Bastante).- Pedro Langa es un teólogo académico, gran ecumenista. Experto y metódico, viene a presentarnos su libro "Apóstoles de la Unidad" (San Pablo).  "Yo pienso que es el camino de futuro de la Iglesia. Estamos llamados a entendernos y a amarnos de verdad. Y para ello primero tenemos que buscarnos, amarnos y entendernos", explica el autor.

 

Vienes con un libro que se titula Apóstoles de la unidad, que edita San Pablo. En él presentas a treinta y tres personajes que han trabajado para que el camino de la unidad de los cristianos no sea tan imposible como hace cincuenta años.

Me pareció importante la posibilidad de sacar a flote una idea que tenía latente: resaltar la vida de determinadas figuras insignes del ecumenismo y no solamente de la Iglesia Católica. Había que buscar una fecha emblemática, y fue la clausura del Concilio Vaticano II. También aprovechando el centenario de la Comunidad de Taizé, los diez años de la muerte de Roger Schutz..., esa oportunidad era de oro y no había que desaprovecharla.

Lo de "Treinta y tres" no tiene ningún significado particular. Había que buscar dentro de la colección Monumenta dentro de la editorial S. Pablo, la posibilidad de sacar adelante una obra con un determinado número de páginas. Ahí empezó a funcionar el sistema metodológico y determiné que cada autor tuviese unas ocho o diez páginas. Entonces serían como treinta o treinta y cinco figuras, las más representativas a mi modo de ver, y fui eligiendo.

¿Quiénes son estos apóstoles?

Son todos hombres menos cuatro mujeres. Ellas son emblemáticas: la beata madre Teresa de Calcuta, la beata María Gabriella Sagheddu, la religiosa protestante Sor Minke, y Chiara Lubich, fundadora de los Focolares. Esto porque entre las mujeres también hay ecumenistas de relieve.

¿Cuál es la situación actual del diálogo ecuménico?

En el ecumenismo, desde el concilio Vaticano II hasta hoy se ha hecho mucho. Sobre todo medido desde la Iglesia Católica. Porque en la Iglesia hasta la llegada de Juan XXIII, el tema del ecumenismo no entraba. Yo arranco del llamado ecumenismo moderno, el que se inicia con la Conferencia Nacional de Misiones en Edimburgo.

 

Se ha hecho bastante. Cuando viene algo novedoso, siempre le acompañan el boom y la sorpresa: como aquellos encuentros de Atenágoras I con Pablo VI en Jerusalén... Se han cumplido cincuenta años de la supresión de las excomuniones.

Un milenio de excomuniones mutuas. Eso tiene un libro también.

Lo que es incuestionable es que no se podía mantener un abrazo fraterno en el Monte de los Olivos en Jerusalén, y seguir manteniendo esas excomuniones. Allí se puso además la piedra miliar de lo que desde entonces ha sido un intercambio de visitas con motivo de la fiesta de San Andrés para los ortodoxos en Constantinopla y de San Pedro en Roma para los católicos. Siempre hay una delegación. Nunca, ni en momentos de tensión, que los ha habido, han suspendido estas visitas mutuas.

En este ecumenismo, ¿qué es lo importante?

El ecumenismo es una conversión constante de todas las iglesias a Cristo-Jesús.

¿Eso implica necesariamente una sola Iglesia, como institución?

No es que lo implique, es que lo exige. Porque Jesús no instituyó tres o cuatro iglesias, instituyó una. Lo que pasa es que después los hombres, con nuestro modo de actuar, hemos dejado que se filtren nuestros compromisos, nuestros egoísmos y como se suele decir tenemos hecha jirones la túnica inconsútil de Cristo, que es la Iglesia. Eso es lo que hay que evitar.

Por otro lado en la actuación ecuménica, hay que intentar por todos los medios trabajar a destajo. Sin esperar contraprestaciones. Dejar hablar a la caridad. Es un título que le doy a la Madre Teresa de Calcuta. El ecumenismo del amor y de la caridad.

El ecumenismo de la sangre también.

Se está poniendo de moda porque lo que estamos viendo nos tiene llenos de pavor. Esas degollinas a mansalva. No se puede tolerar. Y qué duda cabe de que ahí las religiones, unidas de verdad pueden hacer mucho.

Digo religiones y aquí hay que tener en cuenta ya una cosa: en el momento que entra la palabra religiones dentro del ecumenismo, ya hemos rebasado con mucho el hábito del estricto ecumenismo. Porque en el estricto ecumenismo tiene que entrar Cristo y aquí ya son las religiones.

Los procesos son diferentes porque en el caso de los cristianos hay una tendencia a esa exigencia de unidad, de una sola Iglesia. En el diálogo del Islam, o del mundo judío no se está hablando de crear una religión universal. Ese no es el asunto.

Desde el punto de vista metodológico, hay que dar primero ese paso. Para entendernos primero con las Iglesias, luego entre los cristianos y después con las otras religiones. Sabiendo que en las religiones ya hay mucha gente que admite la salvación, a los que se llama cristianos anónimos. Es decir, los que un día van a desembocar dentro de lo que nosotros estamos viviendo.

Estoy pensando en el primer videoblog del Papa de este año de la Misericordia, en el que hay un momento en el que dice que todos los hombres somos hijos de Dios. Pero todavía hay quien dice que no, que sólo son hijos los pertenecientes a la fe verdadera.

Eso es una cosa desfasada. Todo ser humano empieza siendo hijo de dios en el sentido de que ha sido creado por Él a su imagen y semejanza. Luego vendrá la posibilidad de meter a Cristo, el bautismo, etc., en nuestro caso, el de los cristianos. Y dentro de los cristianos estamos también los católicos. Una parte de los cristianos. Todas estas son ideas que aparecen siempre en los pasos introductorios del ecumenismo. Hay que saber dominarlo. Porque no es lo mismo que las sectas, que no son ecuménicas.

¿El ecumenismo puede provocar cismas?

No debería. El ecumenismo está precisamente para evitarlos. Ahora bien, los cismas siempre se estarán dando. Por ejemplo ¿el lefebvrismo qué es sino un cisma? Y lo que decía Juan Pablo II a los cardenales: "¿pero os dais cuenta lo que representa y significa un cisma dentro de la Iglesia?" Es horroroso.

Esas cosas las tengo muy asimiladas porque vengo dedicándome a San Agustín más de cuarenta años. Y en su vida aparece el cisma de los donatistas. A raíz de este cisma San Agustín hablará del tema de la guerra, de la pena de muerte, de la paz y sobretodo del tema de la unidad de la Iglesia. Eso es lo que me llevó al tema del ecumenismo.

San Agustín tenía una máxima: "El cisma pide cismas" Así como la caridad, pide amor. Y esto es lo que está ocurriendo ahora. Es una protuberancia intelectual religiosa de algunas facciones dentro del Islam y de otras religiones asiáticas, que no tienen que ver nada con la religión. Achacarle la culpa de esas muertes al Islam o a la religión es excesivamente arriesgado.

Es como si le hubiéramos echado a Cristo la culpa de las cruzadas.

También la historia enseña. Lo que hace falta es que nosotros aprendamos. El gran aporte de la historia es que ahí están los datos. En consecuencia, atengámonos a esos datos. La historia es una excelente maestra.

Antes hablabas del abrazo de Pablo VI y Atenágoras. Hace muy poquito se dio un abrazo nuevo: el de Francisco y Bartolomé. Tienen una sintonía muy especial. ¿Hay razones sensatas para pensar que hoy estamos más cerca que nunca de un entendimiento?

Estamos en esa línea. Lo que cabe preguntarse es si no deberíamos estar más lejos ya, dentro de esa línea. Por ejemplo, que las otras iglesias y la católica, nos pongamos de acuerdo para celebrar la Pascua el mismo día.

Es la propuesta que lanzó Francisco hace unos meses.

Dentro de la Iglesia ortodoxa y dominando la cuestión, uno comprende que una cosa es el bloque eslavo y otra cosa es el bloque griego. Hoy hay una pugna en las iglesias ortodoxas, entre el patriarca ruso y el de Constantinopla. Este último es un hombre que tiene todos los honores, pero como número de fieles no tiene prácticamente nada comparado con el patriarca ruso. La Iglesia rusa tiene tantos o más fieles que todas las iglesias autocéfalas ortodoxas juntas. De manera que este factor número es el que le da hopalandas al patriarca ruso.

Esta gente se va a reunir en lo equivalente a nuestro Concilio Vaticano II para este año, el día de Pentecostés. Está celebrando lo que se llama el Sínodo Panortodoxo. Y vendrá bien para que se pongan al día en cosas que ya son un poco obsoletas.

¿Crees que con este Papa veremos más pasos de esos que tú piensas que deberíamos haber dado ya?

Yo creo que sí porque este Papa es quizá el que mejor refleja el espíritu de Juan XXIII. Y con eso no está dicho todo, porque después de Juan XXIII vino Pablo VI, que fue el que enderezó el concilio.

Y el del abrazo.

Y el de un gesto que no ha tenido ningún Papa: al cumplirse los diez años de la supresión de las excomuniones, en la Iglesia católica se estaba celebrando el Año santo de la Reconciliación. Las dos partes decidieron conmemorar aquel acto de diez años atrás. Ahora estaba Dimitrios en vez de Atenágoras. En aquella ocasión vino a Roma como enviado del patriarca el Metropolita Melitón de Calcedonia. Y cuando Pablo VI terminó la misa que celebró en la Capilla Sixtina y ya se retiraba a sus apartamentos, se dirigió a Melitón, se arrodilló y le besó los pies. El silencio se cortaba. El cuerpo diplomático se arrancó en un aplauso extraordinario. Entonces Melitón quiso hacer lo propio allí mismo, pero Pablo VI le paró.

Todos vieron en este gesto una reparación de aquellos usos que los ortodoxos han solido siempre imputar a la Iglesia católica del tiempo de las cruzadas. Y una semana después viene un metropolita rumano y pregunta a monseñor Torrella que fue quien me lo contó: "¿oiga, a ese gesto que ha tenido Pablo VI en la Capilla Sixtina con Melitón de Calcedonia, qué alcance le da usted?".

Él respondió que le parecía un gesto espontáneo y de buena voluntad. Y añadió: "pero mire, yo voy a tener una audiencia con Pablo VI dentro de una semana. Cuando me reciba le voy a preguntar esto que me acaba de plantear usted. Yo se lo trasmitiré a su diócesis de Rumanía".

Y cuando se lo comentó a Pablo VI y le dijo lo que había interpretado él, Pablo le tocó en el hombro y le dijo: "Torrella, usted se equivocó. No era un gesto espontáneo, sino un gesto bien pensado. Se trataba de hacer algo semejante a lo que Jesús hizo en la Última Cena con sus discípulos, porque sólo así el ecumenismo podrá avanzar".

Y de hecho, este gesto, según los teólogos, ha sido algo extraordinario, con lo que se han recorrido más kilómetros de distancia ecuménica que con todas esas reuniones y congresos. De manera que por ahí es por donde tenemos que caminar.

¿Y el tipo de gestos en sentido opuesto?, estoy pensando en el "Dominus Iesus". No sólo en el documento sino en el estilo de personas e Iglesia que hay detrás de las frases de ese texto.

Ahí están y ahí seguirán. Los textos hay que contextualizarlos siempre. Entonces uno se dará cuenta de lo que se estaba viviendo dentro de la Iglesia Católica. Quizá no fuera del todo oportuno en aquel momento. En cualquier caso siempre he creído que en esto del ecumenismo nunca se avanza de forma rectilínea, sino en zig-zag. Cuando crees que estás retrocediendo resulta que estás avanzando. Respecto a estos documentos, alguna vez habrá que hacer algo con ellos para que no se conviertan en fósiles en los anaqueles de las bibliotecas.

Para hacer una teología ecuménica viva, hay que fajarse bien con todos estos gestos y estos textos. Porque tienen un contexto que hay que sacar a flote. Hace poco, el cardenal Casper hablando del ecumenismo espiritual, decía que el Espíritu Santo el día de Pentecostés no bajó con libros, ni con un tintero y unos papeles para escribir. Bajó con lenguas de fuego, que tienen como propiedad reducir a escoria todo lo que no sea oro.

La historia, que también se está escribiendo hoy, nos sirve para mirar hacia el futuro. Sin olvidar a aquellos que nos han precedido.

Lo que más me ha gustado cuando tuve que confeccionar la introducción del libro, es la riqueza y variedad de todo este coro ecuménico que he compuesto ahí. Todos aman apasionadamente a la Iglesia. Y porque la aman no toleran las divisiones. Ellos a su manera, se las ingenian para sacar a flote esa idea de la unidad de la Iglesia. Y esta actitud, a algunos de ellos les cuestan lágrimas.

Aprendamos de la Historia y aprendamos de ese ecumenismo de vida que es previo a otro ecumenismo de ley. Y de la propia vida de Jesús. Pedro Langa, Apóstoles de la unidad, editado por San Pablo. No se lo pierdan.

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Para hacer una teología ecuménica viva, hay que fajarse bien con todos estos gestos



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