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Pedro Langa. Apóstoles de la unidad (San Pablo)

Sobre el libro de Pedro Langa

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Apóstoles de la unidad

"Sugiere la admisión de un pluralismo de actitudes"

Guillermo Martín, 17 de febrero de 2016 a las 09:25
Bienvenidos Apostoles de la unidad, amigos del pasado y, amistad renovada, muy amigos del presente con proyección de futuro
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P. Langa con un volumen de "Apóstoles de la unidad"

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"Apóstoles de la unidad", Ed. S. Pablo

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Pedro Langa. Apóstoles de la unidad (San Pablo)

  • P. Langa con un volumen de 'Apóstoles de la unidad'
  • 'Apóstoles de la unidad', Ed. S. Pablo
  • Pedro Langa. Apóstoles de la unidad (San Pablo)

(Guillermo Martín Rodríguez, Director emérito del Programa español de Radio Vaticano).- Fue en la década de los 50 del siglo pasado. No tendría más de 12 o 13 años cuando oí hablar por primera vez de que había que rezar por la unión de los cristianos. Yo me encontraba en el Seminario Menor de Arenas de San Pedro, Ávila.

Por lo que recuerdo, se trataba de un Octavario de Oración por la Unión de los cristianos. Durante ocho días se colocaba en lugar preferente de nuestra intención y de nuestra plegaria infantil. Nuestra mente se iba abriendo a nuevos horizontes, a nuevas y desconocidas perspectivas pues, a juzgar por lo que nos decía el padre espiritual, la Iglesia se había dividido hacía ya muchos siglos. No era una sola. Ya se habían producido cismas. Habían surgido herejías. Se había roto la unidad. Jesús, en la llamada Oración sacerdotal (Jn 17), hizo una petición al Padre con estas palabras, que siguen resonando aún con la misma intensidad de aquella noche en el Cenáculo: «Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado para que sean uno como tú y yo somos uno» (Jn 17,11).

El propio San Pablo, en la carta a los Efesios, después de afirmar que uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, así como una sola la esperanza que encierra la vocación a la que hemos sido llamados, añade: «un solo Señor, una fe, un bautismo; un Dios que es Padre de todos y habita en todos» (Ef 4,5-6). Tiene razón San Pablo, pero la realidad es que los cristianos, desde hace casi un milenio, (desde el 1054) estamos desunidos, separados: Oriente por un lado, Occidente por otro, además del desgaje de las diversas confesiones protestantes. Ya comenzaba a percibir en aquellos años de adolescente el significado del desgarro en la túnica del Señor y la necesidad de coserla, unirla con una costura indeleble e invisible. Y esto sólo se podía hacer con la oración, el sacrificio y la caridad.

El P. Langa, ecumenista sin par hoy en España y reconocido en el extranjero, nos pone delante y nos propone en este su magnífico libro Apóstoles de la unidad un racimo de treinta y tres Apóstoles de la unidad, ecumenistas imponderables, incansables predicadores de la unidad de los cristianos, cuando un luminoso rayo de luz, cálida, esperanzadora e intensa ha dado paso a un...

Evento feliz e inesperado

Precisamente, mientras estoy redactando estas líneas, el Papa Francisco está celebrando su anhelado encuentro con el Patriarca ruso Cirilo (Kirill) en el aeropuerto de La Habana, en Cuba.
La historia de las relaciones entre las Iglesias de Oriente y Occidente está a punto de tomar derroteros nuevos, de emprender nuevos caminos donde el encuentro y el abrazo estrecho y conmocionado sea una realidad, sellado con el beso en la caridad y en el amor después de casi mil años de espera. «Somos hermanos, tenemos el mismo bautismo, somos obispos» dijo el Papa.

«Ahora las cosas son más fáciles», dijo por su parte el Patriarca ruso. Yo diría, desde mi humilde ribera, aquella frase de Julio César ante el paso del Rubicón: «Alea jacta est», ‘la suerte está echada'. Aunque haya que vencer y superar muchos obstáculos vemos que por el horizonte va amaneciendo una alborada de esperanza, de diálogo inte3nso y fluido, de ilusión de vivir como hermanos. «A pesar de las dificultades, que siguen existiendo, tenemos la oportunidad de conversar de corazón a corazón», dijo también el Patriarca ortodoxo. La confianza se está adueñando felizmente de nuestras Iglesias.

¿Qué está sucediendo, qué ha sucedido en el cercano pasado para que se estén produciendo, a nivel ecuménico, tamaños efectos, esperanzadores y halagüeños para toda la Iglesia de Cristo?

Pregunta y respuesta

A esta pregunta responde de una manera perfecta, exacta y jubilosa el libro que presentamos y que lleva por título, como hemos dicho más arriba, Apóstoles de la unidad, publicado por la Editorial San Pablo. Ha sido premonitor de los posibles y fructíferos efectos del abrazo fraternal y de los tres besos, según la tradición ortodoxa, que se dieron en La Habana el Papa Francisco y el Patriarca Cirilo. Su autor P. Pedro Langa Aguilar, de la Orden de San Agustín, nos ofrece 33 retratos biográficos correspondientes a otros tantos personajes, hombres y mujeres, cuyas vidas, trabajos e ilusiones estuvieron marcadas por la solemne plegaria de Jesús al Padre en la última Cena, como afirma Pedro Langa en su introducción a la obra.

Y añade: «El sintagma Ut unum sint de Juan 17,21, santo y seña de los ecumenistas, fue vida y trabajo frecuente del grupo aquí seleccionado, que supo sacarlo adelante bajo el signo de la renovación y de la perfección». La verdad es que, prescindiendo de que su modo de actuación «fuera de forma individual, a menudo, o mancomunada como alternativa en casos puntuales, el grupo en todo caso acertó a caminar siempre de la mano de Dios y descorriendo en cada amanecer la cortina de la esperanza».

Esta es la respuesta que el agustino burgalés nos da, con su estilo directo, preciso, con palabras que dan la impresión de haber sido acuñadas en el albor de la mañana de nuestra lengua y fecundadas con dejes líricos, ecuménicos, agustinianos y patrísticos. Vemos en cercana perspectiva la esperanza transmutándose en gozosa y perenne realidad de unidad. La oración, el esfuerzo y el sacrificio de estos arrojados ecumenistas y de muchos más, su trabajo y entrega son el aval y la garantía de estos emocionantes y muy posibles resultados de unidad de las Iglesias.

Vocación - Oikoumene y ecumenismo de sangre

No cabe duda de que estos 33 grandes personajes, próceres y paladines de la unidad de las Iglesias, sin excluir a tantos otros que, sin duda han hecho o están haciendo lo mismo, pues no están aquí todos los que son, pero son todos los que están, estuvieron animados, ilusionados por llegar a la unidad plena, haciendo así realidad el deseo y la petición de Cristo al Padre.

Pedro Langa, fiel a su honestidad intelectual y estilo claro y ameno, ayuda al lector, como llevándole de la mano desde la Introducción, colocando una iluminación especial, sobre los ecumenistas de que trata, para que el lector descubra en ellos el sublime substrato de sufrimiento a causa de enfermedad, como es el caso de la beata María Gabriela Sagheddu, o de persecución, de dolor, cautividad, humillaciones, soportadas con firmrza, fieles a su cometido ecuménico que hacía de ellos columnas portantes del granítico templo de la oikoumene. En él, como en la Iglesia, cabe y es venerada la sangre de los cristianos, mártires de hoy o del reciente ayer.

Muy adentrado ya el 2015, los frecuentes derramamientos de sangre y cruentos atropellos de cristianos en Oriente Medio indujeron al Papa Francisco a insistir en lo que él ha dado en llamar ecumenismo de la sangre. Y, «ante los veintiún cristianos coptos asesinados por el Estado Islámico en Libia, nos recuenda el P. Langa en su Introducción, recordaba al Moderador de la Iglesia Reformada de Escocia que "la sangre de nuestros hermanos cristianos es un testimonio que grita -sean católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa-: son cristianos. Y la sangre es la misma, la sangre confiesa a Cristo, pues los mártires son de todos los cristianos"».

El P. Langa señala algunos puntos más que conviene tener en cuenta a la hora de afrontar el encuentro con estas personas que en su totalidad han fallecido ya. Otro punto es el de su vocación ecuménica. Vieron en ella "una especial llamada de Dios, como reto ante el que no caben nunca las medianías. De ahí que ecumenismo sea sinónimo de conversión permanente.

Sugiere la admisión de un pluralismo de actitudes. Unos comienzan muy pronto. Otros más avanzada su edad. Otros, como el Cardenal Congar, meditando la oración sacerdotal de Jesús en Jn 17,21.Todos recibieron la llamada en un momento y circunstancias determinadas. Todos respondieron a ella con ilusión, sabiendo que "la vocación ecuménica es en ellos llamada común a trabajar por la unidad, bien que practicada de modos y comportamientos diversos". Pero en el fondo de todos ellos anidaba, afirma Pedro Langa, la pasión de caminar por la ruta del diálogo.

Estos grandes hombres han ido colocando los cimientos unitarios, sólidos, apoyados en la oración, el esfuerzo, la esperanza, y más próximos al abrazo ecuménico de Cuba, para que sobre ellos se vaya restaurando la inmarcesible e impoluta túnica de Cristo, y el edificio de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. El Aeropuerto Internacional de La Habana, José Martí, es un lugar al que se va y del que se viene volando. La metáfora no puede ser más clara. Presume e inspira vuelos de ángeles, comunicadores divinos de la humanidad con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo: «Un sólo Señor, una fe, un bautismo; un Dios que es Padre de todos...» (Ef 4,5-6). Ángeles que traen y llevan ilusiones, promesas, esperanzas y, esperemos, también realidades cálidas y tangibles.

¿Quiénes son?

No nos es posible citar a los treinta y tres personajes presentados por el autor de Apóstoles de la unidad. Entre estos impresionantes personajes se encuentran cuatro mujeres. De este número forma parte la beata Teresa de Calcuta (1910-1997) a la que Langa denomina ecumenista del amor. Su vida toda estuvo presidida por la caridad, la consagración a Jesús y la alegría. Fue signo de los tiempos, y pasó por el mundo, como Jesús, haciendo el bien. Otra mujer es Clara Lubich (1920- 2008), quien sostuvo una abundante correspondencia inédita con Juan Pablo II, sobre el diálogo interreligioso, la dimensión ecuménica, el papel de los creyentes en el desafío del siglo, la fuerza de los movimientos eclesiales y el miedo a que el «continente europeo corra el riesgo de encontrarse sin alma por haber perdido los propios valores de referencia». El movimiento fundado por Chiara, los Focolares, quienes encarnan en la sociedad la espiritualidad de la unidad.

Tener el libro en las manos, empezar su lectura y no dejarla hasta terminarlo es todo uno. Su lectura seduce, encanta, te cautiva y no te suelta hasta que llegas a la frase final:«Enamorado del ecumenismo y siempre disponible, rompió moldes y cruzó fronteras sin fin a la hora de servir a la Iglesia y amar al Cristo del Ut unum sint». Frase que, mutatis mutandis, puede aplicarse a todos los demás.

Esta frase la ha aplicado el P. Langa al cardenal holandés Johannes Willebrands (1909-2006), colaborador del Cardenal Bea (1881-1968), gran ecumenista también, en los proyectos y realizaciones ecuménicas y de manera especial en los trabajos del Concilio Vaticano II, elaborando juntos diversos documentos ecuménicos de la suprema Asamblea. Yves Congar (1904-1995), otro de los ecumenistas elegidos por Langa, sentía una gran admiración por el cardenal Bea de quien decía que "se podía dialogar con él como con un amigo". Bea fue definido como el "Cardenal del diálogo". Muchos Padres conciliares y observadores le consideraban "la conciencia del Concilio".
Puedo asegurar que he leído con admiración y entusiasmo todo lo que ha escrito tan perfecta y amorosamente sobre ecumenistas ellos, voy a destacar brevemente a algunos de ellos tomados de este magnífico retablo, concretamente aquellos que, por unas u otras circunstancias, estuvieron más presentes en mi vida, en la que nunca llegó a faltar la preocupación y la oración por la unidad de la Iglesia.

El primer ecumenista del que oí hablar al P. Espiritual del Seminario fue el P. Paul Couturier, francés, nacido y fallecido en Lyon (1881-1953). Creo que me impresionó, según lo que de él nos decía el padre espiritual, su capacidad de impregnar las actividades sacerdotales y ecuménicas de una recia y elevada espiritualidad. Fue el iniciador de la Semana de oración por la unidad. Semana que, al principio, se celebraba en Pentecostés y desde hace años celebramos en el mes de enero, concretamente del 18 al 25 de este mes. El 18 de enero la Iglesia conmemora el establecimiento en Roma, por San Pedro, de la cátedra episcopal y primacial.

El 25, en cambio, se celebra la conversión de San Pablo. Fue el promotor de un ecumenismo espiritual. El P. Couturier estaba convencido de que "los esfuerzos meramente humanos, como afirma el P. Langa, no bastan. Es sobremanera preciso un ecumenismo espiritual, es decir, rezar por la unidad de los cristianos..." Organizó el denominado Grupo de Dombes, en Suiza. Se trataba de encuentros interconfesionales. Su amistad con algunos pastores protestantes, con el P. Congar y con Máximos IV, "fue determinante, afirma el P. Langa, para el Vaticano II, cuya reflexión y trabajos ecuménicos él anticipó". Descubre y promueve también el denominado Monasterio invisible, lugar insustituible de la oración de los monjes y de las monjas en la tarea ecuménica.

Atenágoras I, patriarca de Constantinopla (1886-1972), fue una persona muy activa y de un profundo espiritu ecuménico. Su acción social fue muy intensa, así como su preocupación por difundir y asentar en los fieles una fuerte cultura religiosa. Tuvo una gran amistad con Juan XXIII, cuando estuvo de Nuncio en Turquía y Grecia, saludando su elección al Solio pontificio como la de un enviado de Dios, afirma Langa. Pablo VI y Atenágoras se encontraros tres veces: en Jerusalén, en Estambul y en Roma. Tres momentos inolvidables que marcaron tres hitos en las relaciones de ambas Iglesias. Con la fundadora de los Focolares, Chiara Lubich, Atenágoras mantuvo una gran amistad también. Llegaron a entrevistarse al menos unas 25 veces.

El Patriarca, en conversación con Chiara Lubich, citada por el agustino de Burgos, llegó a decir: «Los diez primeros siglos del cristianismo fueron sobre los dogmas y sobre la organización de la Iglesia. En los diez siguientes hemos sufrido cismas, la división. La tercera época es esta, es la del amor». Conviene recordar la gran preocupación de Pablo VI por la unidad. Para conseguirla había que comenzar por algo concreto que se arrastraba desde hacía siglos: la mutua excomunión de las Iglesias católica y ortodoxa. Precisamente el 7 de diciembre de 1965, víspera de la clausura del Concilio Vaticano II, las Iglesias hermanas de Roma y Constantinopla, nos dice el P. Langa, suprimieron simultáneamente las mutuas excomuniones de 1054. Las palabras de Atenágoras suenan con retoques proféticos, si tenemos presente el abrazo de Francisco y Cirilo en Cuba, denominada por el Papa argentino: Ciudad de la unidad.

Ni que decir tiene que los Papas San Juan XXIII, San Juan Pablo II y el Beato Pablo VI fueron en su momento grandes impulsores del ecumenismo. Juan XXIII (1881-1963) fue el que convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II; instituyó el Secretariado para la unidad de los cristianos; fue, en palabras de P.Langa, el que abrió la Iglesia católica al ecumenismo moderno. Definió y expuso su ecumenismo en el discurso inaugural del concilio. Por su parte Juan Pablo II (1920-2005) mostró un vivo interés ecuménico. Escribió dos encíclicas estrictamente ecuménicas: Slavorum Apostoli (2.6.1985) y Ut unum sint (25.5.1995). Habría que añadir algunas Cartas apostólicas.

Para Juan Pablo II, en el ecumenismo, es necesario profundizar cinco puntos, cita Langa, que el Papa entiende que se trata de verdades de las que depende la unidad visible de los cristianos, menesterosa todavía de mayor estudio. Estos puntos son: la Tradición, la Eucaristía, la Ordenación, el Magisterio y la Mariología. A pesar de las grandes dificultades que se plantearon a las proposiciones papales para intensificar el diálogo ecuménico, san Juan Pablo II tuvo un gran mérito: que llegara del Este resuelto completamente a ser apóstol de la Unidad..

Termino, pues habría mucho que decir aún, con una persona a la que se le puede calificar como hombre de Dios. Se trata del hermano Roger Schutz (1915-2005) fundador de la famosa comunidad ecuménica de Taizé, "la comunidad de oración más importante del mundo" nos dice Langa. El hermano Roger murió el 16 de agosto de 2005 después de ser apuñalado por una mujer rumana, al parecer enferma mental, durante la oración vespertina en la iglesia de la Reconciliación de Taizé.

El P. Langa con una expresión muy suya y al mismo tiempo elegante e irónica dice a este propósito: se trataba de "la perturbada joven rumana Luminita Solcan, que, para más inri, se despacharía luego declarando ante la policía que nunca lo quiso hacer". Entre las voces de condena del acto no podía faltar la de Benedicto XVI, "recordando la carta que el finado le había dirigido días antes para la Jornada Mundial de la Juventud. Manifestaba en ella, afirma Langa, que Taizé «quiere caminar en comunión con el santo Padre». y concluía de su puño y letra: «le aseguro mis sentimientos de profunda comunión. Frère Roger».

El mismo día de su muerte, uno de los hermanos más antiguos, François, hablaba de él de esta manera: «Fue con seguridad amigo de Dios». El cardenal Kasper, en el funeral, fue más directamente a lo vivo del ecumenismo con estas palabras: «El abandono ante la voluntad de Dios y el humilde don de sí mismo se habían convertido en el hermano Roger en una fuente de paz interior, esperanza e, incluso, felicidad. La escisión que más dolía al hermano Roger era la de la división entre cristianos. Quería vivir la fe de una Iglesia sin divisiones, sin romper con nadie, dentro de una gran fraternidad. Creía, sobre todo, en el ecumenismo de la santidad, la que cambia lo más profundo del alma y que, ella sola, lleva a la comunión plena».

Unas palabras sobre un sacerdote, ecumenista eminente, muy conocido y amado por el autor de esta extraordinaria obra; su nombre Julián García Hernando (1920-2008). El P. Langa ha vivido su actividad ecuménica junto a él, unidos en estrecha amistad. Julián era natural de un pueblecito de Valladolid; pertenecía a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Don Julián era una persona muy activa y creativa. Su modelo era el P. Couturier, por lo tanto eminentemente espiritual, lo que no le impedía desarrollar una gran actividad en el Secretariado Español para el Ecumenismo, poniéndolo a punto. Fundó una congregación de religiosas bajo el nombre de Misioneras de la Unidad. Fue cofundador, con el obispo ortodoxo Emilianos, de los Encuentros Interconfesionales de Religiosas.

Mons. Emilianos, hablando de don Julián, lo definía así: "Pragmático, realista, visionario, pero con una admirable capacidad de adaptación Le estamos profundamente agradecidos por cuanto ha hecho por nosotros". Otra fundación más, fruto de su creatividad y visión necumenista fue la revista Pastoral ecuménica, "como prolongación de la formación del Centro". Mucho más dice el P. Langa sobre este hombre pequeño pero de alma y corazón grandes. Y termina con estas palabras: «Don Julián y el P. Couturier parecen almas gemelas. Ambos, en todo caso, merecen a justo título subir al retablo de nuestros Apóstoles de la unidad.

En este retablo de personajes especiales hay otro español. Es el dominico Juan Bosch Navarro (1939-2006). Nació en Valencia. Su actividad fue múltiple y polifacética. Fue un incansable teólogo, docente y lleno de quehaceres pastorales y de enseñanza. No contento con todo eso, su trato con el P. Congar le llevó a descubrir la importancia y el alcance del ecumenismo. Esto le llevó a diplomarse en Ecumenismo en el Instituto Católico de París. El mismo confiesa sus dos encuentros decisivos. El primero con Tomás de Aquino, quien le llevó de la mano por los caminos, a veces estrechos, pero siempre gratificantes, de la teología.

El encuentro con Yves Congar comienza en los lejanos años del estudiantado con las lecturas de sus libros Verdaderas y falsas reformas en la Iglesia y Cristianos desunidos. Estas fueron las bases de su acumenismo y de su intensa actividad ecuménica.
Merece la pena conocer bien a estos dos ecumenistas españoles y tener ojo avizor, pues están ya en acto más españoles de gran categoría. Cito uno como botón de muestra, que ya ha demostrado y sigue demostrando su valía ecuménica: Me refiero al P. Pedro Langa Aguilar, autor de esta joya ecuménica.

Conclusión

Termino diciendo que la obra realizada por el agustino P. Langa Aguilar es magnífica. La ha realizado con una meticulosidad extraordinaria, muy detallada y con mucho rigor. Ha derramado en ella limpieza de estilo y riqueza de vocabulario. Demuestra ser un avezado conocedor de la investigación y de la narración histórica y biográfica. Sugiere al lector y le estimula a ampliar sus conocimientos apoyándose en la rica y abundante bibliografía que acompaña la edición del texto, con un estupendo aparato bibliográfico, notas aclaratorias y explicación de siglas; la edición es muy cuidada en belleza y manejabilidad, en luminosidad y decoración, en tamaño del libro y de los caracteres gráficos. Aparece como una obra de arte de la Editorial San Pablo, al igual que el libro Voces de sabiduría patrística (2011).

Se percibe claramente que la inmensa reunión de noticias que ha realizado sobre cada una de las personas, ha sido hecha con la fuerza y la pasión que en su interior, en su alma ecumenista alimenta esta vocación, que comparte con los lectores, y que le mantiene unido a san Agustín, a la Teología y a la Patrística. Dicho en pocas palabras y en claras letras Apóstoles de la unidad es una obra maestra, profunda, que plantea una serie de cuestiones importantísimas, que nos obligan, en cierto modo a tomar cartas en el asunto y a dar fuerza al abrazo de La Habana, Ciudad de la Unidad.

Concluyo con una confidencia personal que comparto sin dudarlo. El contenido de este espléndido libro ha resucitado en mí recuerdos y vivencias gran transcendencia para mí, adormecidos en sus detalles, pero no en sus líneas maestras. Esto ha hecho que hayan cobrado vida, realidades y planes pasados. Me da la impresión de que después de esta lectura se puede producir en mí un antes y un después. No cabe duda de que el Ecumenismo va a ocupar una parte impòrtante en mis quehaceres futuros. Espero que en otros muchos lectores pueda surtir los mismos o parecidos efectos.

Bienvenidos Apostoles de la unidad, amigos del pasado y, amistad renovada, muy amigos del presente con proyección de futuro.
P. Langa, gracias infinitas por esta brillante obra y por las consecuencias dichosas que me trae.



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