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La víctima acudió a la policía, pero también a un cura, a confesarse, quien le dijo, según Villoonnickal: "Aunque tengas que morir, no te sometas. Sé valiente"

(Cameron Doody).- El catolicismo está lleno de mujeres mártires de la pureza. A Santa Águeda, en el siglo III, le cortaran los senos cuando se negó a casarse. A Santa Lucía le cortaron la garganta y la quemaron viva por querer preservar su virginidad. Santa María Goretti, niña de solo 11 años, murió apuñalada a manos del hombre que quería abusar sexualmente de ella. Pero a pesar de que parecen reliquias de otra época, estos relatos siguen produciéndose entre las religiosas de la India, donde decenas si no cientos de monjas siguen siendo martirizadas social y espiritualmente tras haber sufrido las agresiones de sus superiores religiosos.

El abuso al que curas y obispos someten a las monjas indias saltó a los titulares el año pasado, cuando una religiosa del Estado de Kerala se atrevió a denunciar a su obispo, el prelado de Jalandar, por haberle violado 13 veces en un espacio de dos años.

La religiosa Misionera de Jesús acudió a la policía, cuando la jerarquía se negó a investigar su queja, desatando una protesta de dos semanas en el corazón católico del país, pidiendo la detención de monseñor Franco Mulakkal. Tras pasar tres semanas en la cárcel, el obispo ya está en libertad con cargos, pero la denunciante, además de las hermanas que la apoyaron, ya se han convertido en parias, aisladas en sus comunidades, con miedo a salir a la calle y blanco de las amenazas de partidarios del obispo.

Lo ha comprobado de primera mano la agencia AP, a la que una de las religiosas que apoyaron a la supuesta víctima de Mulakkal aseguró que "algunos nos acusan de trabajar contra la Iglesia, de estar en contra de la Iglesia". "Dicen, 'estáis venerando a Satanás'", confiesa Sor Josephine Villoonnickal, religiosa por 23 años. "Pero necesitamos defender la verdad, concluye.

Aunque la monja que denunció a Mulakkal no habla públicamente, todas la conocen por su afabilidad y su serena confianza. El obispo denunciado visitaba a menudo su residencia -la misión de San Francisco en el pueblo de Kuravilangad, donde viven unas ochenta monjas que se dedican principalmente a cuidar de ancianos- y pedía verla.

Las supuestas violaciones tuvieron lugar entre mayo de 2014 y septiembre de 2016, coincidiendo con las visitas del obispo apuntadas en el registro del convento, pero el obispo las niega, tachando las acusaciones además de "infundadas e inventadas", y de un chantaje, para que le diera a la monja un trabajo mejor.

 

 


Y es que, a pesar del ostracismo que ha sufrido, la monja no es para muchos fieles de Kerala la mártir de esta historia, sino el obispo Mulakkal, quien ha calificado su experiencia como una "agonía dolorosa" y ha animado a la comunidad a rezar para que "prevalezca la verdad".

Además, el prelado no paró de recibir en la cárcel a defensores suyos, y cuando volvió a casa tras ser liberado con fianza, una multitud le recibió con una lluvia de pétalos y carteles que le deseaban una "bienvenida calurosa".

En cambio, denuncia Villonnickal, "nadie vino a ver a la hermana [denunciante], nuestra hermana superviviente", que sigue paralizada por el miedo y por el reconocimiento de que no tiene otro sitio a dónde ir. "El obispo es una persona muy poderosa, y enfrentándose a él, ¿a dónde irá?", dice Villonnicakal. "Si volviera a casa de sus padres, ¿qué le sucederá?".

"Muchas veces [la víctima] le dijo [a Mulakkal] que parara", explica la religiosa. "Pero cada vez él le imponía su voluntad". Hasta que no aguantó más y la agredida confió las violaciones a unas co-profesas suyas, y juntas denunciaron lo ocurrido a las autoridades eclesiales. Al ver que la jerarquía católica no hacía nada, la víctima acudió a la policía, pero también a un cura, a confesarse, quien le dijo, según Villoonnickal: "Aunque tengas que morir, no te sometas. Sé valiente".

Aunque en el caso de las supuestas violaciones de Mulakkal los obispos católicos de la India han adoptado una postura equidistante -diciendo en un momento que su silencio "no debe ser interpretado como apoyo a ninguna de las dos partes"-, lo cierto es que la Iglesia india tiene un problema con los abusos del clero a religiosas. Cada vez son más las monjas que se atreven a denunciarlo, si bien siguen prefiriendo mantenerse en el anonimato.

Como la monja con la que ha hablado AP, que denuncia la "experiencia aterradora" que sufrió en los 90 a manos de un cura que bajo el pretexto de hablar de su vida espiritual en un retiro entró en su habitación y la toqueteó. U otra religiosa que acusa a un cura de haberla agredida, cuando entró en su habitación para dejarle su ropa recién lavada. O la veintena de curas, monjas y ex-monjas con los que ha hablado la agencia de noticias que afirman haber experimentado los abusos en primera persona o haber tenido noticias directas de ellos.

¿Las razones de la epidemia de agresiones? Los expertos apuntan a que no es solo el clericalismo y el miedo que han sido los responsables en otros sitios, ni siquiera los tabúes sexuales y tradiciones que rigen en el catolicismo indio. También está el temor de desprestigiar a un catolicismo minoritario en un contexto de hinduismo fundamentalista creciente, pero sobre todo el pánico al aislamiento de la familia, amigos y comunidades que son tan importantes en la India. Por eso, las religiosas se quedan en sus conventos y aguantan, y los agresores campan a sus anchas sin ser castigados.

"Yo no dije nada a nadie", reconoce una mujer víctima de las agresiones de un cura. "Así que entiendes perfectamente cómo se tapan estas cosas".