• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Hay muchas formas de ser cristiano; la de un buen profesor, como él, consiste en cultivar callado el espíritu cristiano de cientos de alumnos

(José Luis Corzo).- La impregnó del concilio, que la había cogido más desprevenida que a otras iglesias europeas. Había que pasar del viejo cristianismo de cruzada a la comunidad eclesial, sal y levadura del mundo secular que el Vaticano II asumía sin reservas.

Había que pasar del latín y de la misa de espaldas al banquete fraterno de la eucaristía. Luis Maldonado Arenas (1930-2017) formó parte de un grupo excelente de la Universidad Pontificia de Salamanca (Sánchez Aliseda, don Lamberto, Casiano Floristán, Estepa, Mauro Rubio...) que crearon el Instituto Superior de Pastoral (1955) y la Pontificia aceptó trasladarlo a Madrid en 1964 para acercarlo más a todas las diócesis.

En él estudiaron y enseñaron los mejores hombres de aquella nueva iglesia. Maldonado fue su director más de diez años y se entregó en cuerpo y alma y muchas horas de estudio a la Liturgia.

Comprendió enseguida que ella era la respiración y el aliento mismo de la fe. La reforma del concilio empezó por la liturgia y aún sigue abierta, aunque se haya vuelto a enredar en rúbricas y ritos. Con decir que hasta han cambiado las mismísimas palabras de la consagración con una simple renovación del misal, sin más explicación convincente a los fieles y ni siquiera al unísono con otras iglesias, como la italiana, que no las han cambiado.

Luis Maldonado, en cambio, teólogo y doctor en Innsbruck (Austria), fue un lector incansable de cuanto nuevo brotaba en toda Europa y sabía explicar desde dentro el "misterio" de la liturgia y, sobre todo, de la celebración eucarística. Hay muchas formas de ser cristiano; la de un buen profesor, como él, consiste en cultivar callado el espíritu cristiano de cientos de alumnos y animar así la reforma eclesial. Impagable.

Su aire jovial, cercano, amable y un poco ingenuo disimulaba la profundidad con que examinaba todas las novedades y corrientes europeas. Su generación se había alejado sin quererlo de la religiosidad popular, que permanecía intacta en Latinoamérica y otras iglesias. Cuando Luis percibió tal anomalía en la aplicación conciliar se impuso estudiar lo sagrado y lo popular a este y a aquel lado del Atlántico; ya mayor, solía pasar en Andalucía la semana santa.

Cinco, al menos, de sus cuarenta libros indican esa búsqueda en el título; en el último regresó a La esencia del cristianismo (2003). Otros hubieran hecho gala de su saber académico, del dominio de lenguas y bibliografías, pero él no escribía para profesores, sino para cristianos. Presidió varios años la sección española de la Asociación europea de Teología Católica. Dirigió la Revista Española de Teología y perteneció al consejo de redacción de Concilium y otras revistas. Fue profesor invitado en muchas facultades teológicas de España y América.

Su acción pastoral directa estuvo vinculada en Madrid a la Iglesia de la Ciudad Universitaria y, más tarde, a la del Espíritu Santo de la calle Serrano (Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Fue consiliario docesano y nacional de la JEC.

El próximo 17 de noviembre, a las 19:30 se celebrará su funeral en la Parroquia Nª Sra. de la Consolación (calle Juan Esplandiú, 2. Madrid).