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Opinión
Sacerdotes en el Vaticano

(José M. Castillo, teólogo).- El papa Francisco acaba de publicar una carta, dirigida al "pueblo de Dios", en la que denuncia los abusos sexuales que no pocos clérigos vienen cometiendo contra menores de edad desde hace ya bastantes años. "Un crimen que genera hondas heridas de dolor" sobre todo en las víctimas, dice el papa.

Este asunto es gravísimo, como bien sabemos. Grave para las víctimas. Grave para quienes lo cometen. Grave para la sociedad y para la Iglesia. Por eso se han escritos cientos de artículos y no pocos libros alertando del peligro que todo esto entraña. Y ofreciendo soluciones de todo tipo. No voy a ponerme ahora a discutir quién tiene razón - y quién no la tiene - en el análisis y solución de este enorme problema. ¿Quién soy yo para eso?

Sólo creo que puedo (y debo) decir algo que me parece fundamental. El papa Francisco no duda en decir que el "crimen", que son los mencionados abusos sexuales, han sido cometidos "por un notable número de clérigos y personas consagradas". Pero, cuando se refiere a las consecuencias, el mismo papa dice que "el clericalismo, sea favorecido por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial". Es decir, el clericalismo ha roto la Iglesia, la tiene destrozada. Y una Iglesia rota, termina rompiendo hasta las conciencias de los culpables y la vida de los más débiles.

No es lo mismo hablar de "clero" que de "clericalismo". El diccionario de la Rae dice que "clericalismo" es la "intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia, que impide el ejercicio de los derechos de los demás miembros del pueblo de Dios". El papa hace bien en responsabilizar, no tanto al "clero", sino más propiamente al "clericalismo". Y digo que el papa hace bien, al utilizar esta distinción lingüística, porque de sobra sabemos que, si hablamos del "clero", no se puede generalizar. Por todo el mundo, hay "hombres de Iglesia" (clérigos) que son sencillamente ejemplares y hasta heroicos.

Otra cosa es si hablamos de "clericalismo". Porque la teología y el derecho eclesiástico están pensados y gestionados de manera que "inevitablente" todo "hombre de Iglesia", que no sea un santo o un héroe, termina ejerciendo el más refinado y quizá brutal "clericalismo". Por la sencilla razón de que, si cumple con lo que le impone la "teología" y el "derecho" de la Iglesia, no tiene más remedio que "impedir el ejercicio de los derechos de los demás". Por ejemplo, tiene que impedir que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres. Y así, tantas y tantas otras cosas.

¿Tiene esto solución? Claro que la tiene. El término "clero" significa "suerte", "herencia", "beneficio". Según el Evangelio, Jesús no fundó ningún "clero", en este sentido. Al contrario. Lo que les mandó a sus apóstoles es que fueran los "servidores" de los demás. Hasta prohibirles que, para difundir el Evangelio, llevaran dinero, alforja o calderilla.

Tenían que ir por la vida lavando los pies a los demás, como se sabe que hacían los esclavos. Hacerse cura no es hacer carrera, no es subir en la vida y en la sociedad. Hacerse cura es vivir el Evangelio tal y como Jesús mismo lo vivió. O sea, es asumir una forma de presencia en la sociedad, como la que asumió Jesús. Una forma de vida que le costó perder la vida.

Entonces, ¿esto tiene arreglo? Claro que lo tiene. Pero supone y exige dos pasos, que son (o serían) muy duros de asumir:

1º) Suprimir el clero, tal como ahora mismo está organizado y gestionado.

2º) Recuperar las "ordenaciones" "invitus" y "coactus" de la Iglesia antigua.

Estos dos términos latinos significan que eran "ordenados" de ministros de la comunidad cristiana, no los que lo deseaban o lo pedían, sino los que no querían. Es decir, los que eran elegidos por el pueblo, en cada diócesis y en cada parroquia.

Esto es lo que mandaban los sínodos y concilios. Y fue una práctica que duró siglos. De forma que incluso los grandes teólogos escolásticos de los siglos XII y XIII discutían todavía sobre este asunto. Así lo demostró, con amplia y seria documentación, el profesor Y. Congar (en Rev. Sc. Phil. et Theol., vol. 50 (1966) 161-197).

Termino ya. Pero no me puedo callar lo siguiente. Mientras "hacerse cura" sea "hacer carrera", la Iglesia seguirá estando rota. Y además seguirá también perdiendo presencia en la sociedad. Y lo más grave: una Iglesia, en la que sus curas son hombres que buscan (quizá sin darse cuenta de lo que hacen) un "estatus social" de buen nivel y, sobre todo, buscan tener una sólida "seguridad económica", la Iglesia seguirá rota, en ella se seguirán cometiendo abusos (no sólo sexuales) y, para colmo, el clericalismo inevitable continuará ocultando el mundo oscuro del clero que, como el que los curas y maestros de la ley del tiempo de Jesús, seguirá viviendo en la "hipocresía" que tan duramente denunció el mismo Jesús de Nazaret.

El artículo del profesor Y. Congar