• Director: José Manuel Vidal
Opinión
José Manuel Vidal
Dan vergüenza y pena. Se desacreditan solos, rompiendo la comunión afectiva y efectiva con Pedro. Se retratan ante los de dentro y pasan por trogloditas ante los de fuera

(José Manuel Vidal).- Jerarcas rigoristas liderados por el cardenal Burke y por el ex nuncio en Washington Carlo María Viganò tiran a dar al Papa. Pretenden matar moralmente a Francisco y hasta se atreven a lanzarle el órdago de la petición de su renuncia por motivos disciplinares.

Algo inédito, hasta ahora, en la historia de la Iglesia. Los cuatro cardenales de las dubia -Carlo Cafarra, Joaquin Meisner, Walter Bradmüller y Raymond Burke- cuestionaron públicamente a Francisco y plantearon dudas acerca de la validez de las implicaciones doctrinales de la Amoris Laetitia. Ahora, se suma a ellos el arzobispo Carlo María Viganò, que da un paso más y pide la renuncia papal.

¿Quién este nuevo acusador del Papa que se ha unido a la escuadra de los rigoristas? El arzobispo Viganò es un alto curial, hijo de una acaudalada familia italiana. Nacido el 16 de enero de 1941 en Varese, es ordenado sacerdote en 1968 y, de inmediato, entra en la carrera diplomática, para ocupar los puestos destinados al alto clero.

En 1992, es nombrado nuncio en Nigeria y, en 1998, vuelve a Roma como oficial de la Secretaría de Estado, verdadero pulmón motor del poder curial.De allí, salta en 1998 a secretario de la Gobernación del Estado Vaticano, donde realiza una profunda labor de saneamiento de las cuentas vaticanas. Pero las prebendas inmobiliarias, a las que tiene acceso en esa época, le hacen enfrentarse al entonces todopoderoso secretario de Estado de Benedicto XVI, el cardenal Tarcisio Bertone, que consigue removerlo de la Curia y trasladarlo como nuncio a Washington.

 


Monseñor Viganò

 

Y ahí se truncó la carrera de Viganó, que aspiraba no sólo a seguir subiendo en el escalafón, sino a convertirse en cardenal presidente del Governatorato o, incluso, quitarle el puesto al mismísimo Bertone, al que el partido de la Curia (dirigido en la sombra por el cardenal Sodano) acusaba de falta de diplomacia. Pero, antes de cruzar el charco y asentarse en la jugosa nunciatura norteamericana, Carlo María Viganò maniobró para que saliesen a la luz documentos vaticanos reservados, en lo que, después, se convertiría en el ya famoso caso Vatileaks 1.

Frustrado por sus expectativas no cumplidas, Viganò siguió manejando los hilos de la Iglesia norteamericana desde la Nunciatura de Washington y, aunque por él pasó directamente la ingente información reservada, dirigida a Roma, sobre el tsunami de curas abusadores y obispos encubridores americanos, siguió la norma establecida y nunca dijo nada públicamente ni denunció a ningún alto cargo.

Sólo ahora, décadas después, lanza su yo acuso, resentido con el papa Francisco. De él esperaba que lo asignase, por fin, a un alto puesto curial, pero el Papa argentino sólo lo confirmó en su puesto de nuncio y, además, en 2016, le aceptó la renuncia por haber cumplido la edad canónica de los 75 años. Sin prórrogas ni premios.

Despechado, Viganò se une al coro de los rigoristas que arremeten por todos los medios contra el Papa y contra su revolución del Evangelio. Están que trinan, que echan las muelas. No soportan que el Papa de Roma les descabalgue de su cristianismo doctrinario e ideológico. Ya no aguantan más.

El Evangelio sine glosa del Papa se les hace insoportable y, como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, creen tener derecho (en exclusiva) al amor del Padre. Son los mismos que, en los anteriores pontificados, tocaban a rebato cada vez que alguien proponía alguna de las ideas que ahora proclama el Papa desde Roma. Y encendían sus piras y azuzaban a sus perros. Y eso que, en aquella época, los que ellos llaman "progresaurios" sufrían y callaban casi siempre en silencio. Y, por supuesto, sin romper la comunión.

 

 

En aquel entonces, en la época del "antiguo régimen", la palabra comunión era un tabú, que no se podía rozar ni de lejos. Hoy la rompen en añicos un día sí y otro también y arremeten, sin piedad, contra el "garante de la unidad", el papa Francisco. La eterna doble moral ideologizada.

Dan vergüenza y pena. Se desacreditan solos, rompiendo la comunión afectiva y efectiva con Pedro. Se retratan ante los de dentro y pasan por trogloditas ante los de fuera. Y, en consecuencia, contribuyen decisivamente a que aumente el enorme flujo de creyentes (y no creyentes) que admiran e intentan seguir la revolución del Evangelio de Francisco.

Sin quererlo, Viganò y los suyos fortalecen al papa Francisco y a todos los que se identifican con su "revolución de la ternura". ¡No le doblarán el pulso! Le asiste el Espíritu del Señor, que lo fue a buscar al "fin del mundo" para que rapare su Iglesia. Y la reparación no ha terminado.

 

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