• Director: José Manuel Vidal
Opinión
El teólogo dominico presenta 'A la escucha de lo nuevo' (San Pablo) RD
Creo que hay muchas teologías de la liberación. Yo, realmente, solo voy al Evangelio, cuando Jesús de Nazaret se presenta y dice: “yo tengo la conciencia de ser enviado a liberar a los pobres, a los excluidos, a las víctimas”

(Jesús Bastante).-  'A la escucha de lo nuevo', es el nuevo libro del teólogo Jesús Espeja, publicado por San Pablo. En él, el dominico desgrana las bases de su fe y de su caminar como cristiano. Una vida fructífera que él, sin embargo, resume en una aseveración: "A la Iglesia le queda hoy hacer inolvidable a Jesús de Nazaret con su forma de vivir". "A la Iglesia que soy también yo, ¿eh?".

 

Lo nuevo y la fe en camino. ¿Qué es esto?

Hay una base fundamental: creo que fuera de la historia humana no hay posibilidad de captar ninguna realidad trascendente incluido Dios mismo -como llamamos-, que se revela en la historia humana. Y esta historia está continuamente evolucionando, manifestando nuevos anhelos de la humanidad y ahí se está manifestando y revelando dios. Por lo tanto, hay que estar a la escucha de lo nuevo. Sabiendo que así como Dios es inagotable, de algún modo, también, la humanidad en sus justos anhelos, deseos de vida, de felicidad, de justicia, es también inagotable. De ahí el título “A la escucha de lo nuevo”.

 

Haces un balance de la historia de la Iglesia, no solo española, sobre la base de tu propia biografía personal: ¿Qué ha cambiado, en lo cristiano -si se puede decir así-, del Jesús Espeja de los 50, al Jesús Espeja hoy? O el Jesús Espeja de antes del Concilio, al Espeja de la época del papa Francisco?

Pues ha cambiado mucho. Recuerdo que uno de los primeros artículos que escribí, allá por el año 62, fue una conferencia para la apertura de un curso y se titulaba “La suerte de los niños que mueren sin bautismo”. Los pobres quedaban muy mal parados, porque iban al Limbo. Yo recuerdo que traía muchos testimonios de los padres de la Iglesia afirmando que el Limbo era la única solución.

De aquel artículo, a lo que ahora dice el Vaticano II -y yo también lo vivo-, que la presencia de Dios está inundando a toda la humanidad, hay un cambio. O que a la Iglesia también pertenecen, de algún modo, no solo los judíos, los musulmanes y otras personas religiosas, sino además todas aquellas personas que con sincero corazón tratan de ser lógicos con su conciencia y de ponerlo en práctica.

Es una visión y una experiencia de Dios más íntima a nosotros que nosotros mismos, pero cuidado, nuca definible y nunca, tampoco, concretado de alguna forma y reducido a una religión.

Pero entiendo que tu época de formación y previo al Concilio, aunque esas ideas estuvieran macerándose en tu interior, imperaba la tesis de una verdad única e inmutable, de esas verdades que son las que nos acotan y nos hacen también cumplir una serie de normas para alcanzar las recompensas, etc.

Teníamos más seguridad, pero nos faltaba confianza.

 

 

 

¿Qué quiere decir eso?

Que, por ejemplo, defendíamos que, como solo la verdad tiene derecho a existir y la verdad la tenemos los católicos, el derecho lo teníamos nosotros porque solo la verdad tiene derechos.

De esa visión que teníamos en el Nacional catolicismo, a la visión que tenemos hoy del mundo y de la Iglesia, no digo que hay una abismo, hay una evolución cualitativa. Y es muy importante que caigamos en la cuenta, por ejemplo, en la sociedad española, donde ha habido como tres épocas:

Una en la que la Iglesia tenía al mundo dentro de sí misma; todo el mundo era católico.

Otra etapa, que ha sido sobre todo a partir del Concilio, en la que el mundo ha ido recuperando sus justa autonomía y la Iglesia ha quedado esculturizada; fuera, un poco.

Y ahora viene una tercera etapa, que es clave: no hay más que un mundo. Ese mundo, la humanidad con todas las realidades entre las que vive, es un mundo acompañado, bendecido por la presencia de Dios revelado en Jesucristo. Y dentro de este mundo, la Iglesia es un don que debe hacer inolvidable a Jesucristo como una referencia de cómo es Dios, cómo actúa y de cómo debe realizarse la humanidad. Es otra etapa distinta, que además para mí es muy saludable para la Iglesia.

 

¿Pero dónde se coloca la Iglesia? La Iglesia institución, que lleva casi dos mil años marcando el destino no solo de los creyentes, sino de la propia civilización. Al menos de la occidental.

Esto es muy importante, porque realmente el misterio de la Iglesia es lo más actual que existe. Y yo creo en la Santa Madre Iglesia que me engendró y que me acompaña, pero ¿qué es la Santa Madre Iglesia?

La Iglesia, ante todo y sobre todo, es la comunidad de mujeres y de hombres que están viviendo la experiencia de Jesús de Nazaret.

 

 

Allá donde dos o más se reúnen en mi nombre...”

Ahí está: esta es la Iglesia. Lógicamente, la Iglesia es nuestra madre porque no hay posibilidad de encontrarnos con Jesucristo sin la Iglesia. De hecho, a Jesucristo solo le conocemos a través de unas primeras comunidades cristianas, por tanto, nosotros entramos en la Iglesia y nos encontrarnos con Jesucristo.

Ya. Pero tú hablabas antes de esa dificultad, del alejamiento de muchas de nuestras generaciones de nuestra institución. ¿Cómo le explicas a esas generaciones, y especialmente a las nuevas, que Iglesia es eso de las primeras comunidades, o de cuando dos o más se reúnen en el nombre de Jesús, y no la imagen que se nos da, y es muy real, de la institución jerarquizada, rica poderosa marcada por las normas y por los ritos, etc.?

La Iglesia, si es comunidad de mujeres y de hombres, tiene que tener una estructura. El problema es cuando la estructura toma la prioridad sobre la experiencia. Entonces tenemos lo que dice el Papa actual: que hay estructuras que en vez de facilitar, no solo la misión, sino el ser de la Iglesia, la hacen imposible. Y esto es lo que puede haber ocurrido: que a la hora de la verdad, la gente, incluso muchos cristianos, ha relativizado la Iglesia totalmente. De tal modo que ellos identifican la Iglesia por una posición de la jerarquía o estructural del pasado.

 

 

Y más en este país.

Hay que seguir leyendo a un gran teólogo, Henri de Lubac, cuando escribió “Meditación sobre la Iglesia”: la Iglesia es la comunidad de esta gente sencilla que ora, que confía, que espera. No lo define nunca, pero lo vive, y esa presencia les permite vivir y morir con alegría y esperanza: esa es la Iglesia.

Sí, pero cuando la visión que se tiene de la Iglesia, fuera de la realidad más o menos, es la que es ¿de quién es la culpa: de la gente que no se dedica a leer a un genio como de Lubac o de la propia institución? Porque parece que, en última instancia, la culpa siempre es del mundo o de los otros...

Mira, ha llegado un momento en que yo no echo la culpa a nadie; lo que hago es ver la realidad. Y la realidad con que me encuentro, es que los mismos cristianos, a medida que van promoviéndose como personas, que van llegando como decía Kant a la mayoría de edad, empiezan a pensar, empiezan a actuar según su conciencia y, lo reconoce la Iglesia, estas personas tienen el peligro de decir “no a la Iglesia” totalmente. Y es un momento de acompañamiento, de ayudar a que la gente crezca en la fe. Pero entendida la fe no como aceptación de unos dogmas formulados con la cabeza, sino la fe como una apertura libre, voluntaria y feliz a una presencia de Dios que nos precede, nos acompaña y alegra nuestra vida.

Una ventana abierta a un camino como la portada de tu libro, del que que no se ve el final, porque a veces ¿qué es más importante: el lugar al que vas o el camino que recorres? En esto de la vida de fe el objetivo parece ser la salvación, encontrar a Dios, ser uno con él definitivamente. Pero no sé si es tan importante el camino que se va haciendo, porque en las veredas hay gente que se queda, hay personas que te acompañan, que te ayudan, a las que tú ayudas...

Admitiendo todo eso, creo que lo que está en cuestión es la humanidad: realizarnos como personas humanas. Y en la visión cristiana, el ser humano es imagen del creador. Luego el ser humano se realiza en la medida en que realmente experimente y se sienta envuelto por un amor e impulsado a amar. No hay más misterios. Esa es la opción cristiana: la gran noticia de que yo, en mis debilidades y en mis pecados, soy amado. No porque sea bueno, sino porque alguien me ama. Eso me constituye. Y esa constitución es la que me permite a mí relacionarme con los demás de una forma determinada: esto es muy importante.

 

 

Sobre todo ahora que hablamos mucho de la libertad, que además me parece muy lógico: el hombre tiene derecho a ser libre. El problema es que seguimos con aquel eslogan de la Ilustración: “mi libertad termina donde empieza la tuya”. Tú, para mí, sigues siendo un enemigo, y si te puedo eliminar, mejor.

En cambio, si yo te miro desde el amor: “tú eres amado como yo, que tienes una dignidad como la mía”, mi libertad solamente se puede realizar en la medida en que tú seas libre. Esta mirada cambia el panorama completamente, y esa es para mí la novedad cristiana. Y dirás tú: “pero esto es muy ideal...” Sí, en efecto, pero es muy sencillo de comunicar.

Es la base de una convivencia.

Sí. Para mí, incluso en mi teología, la gran preocupación es el ser humano y su realización. Y desde el Evangelio tengo un camino. Y no creo que eso se realice, totalmente, nunca. Estamos siempre en camino, como tú dices. Y la fe es el camino: tratar de ir haciendo que esa presencia de amor vaya, de alguna forma, inundando toda tu vida y tu conducta. Y nada más. Conseguirlo, pues no lo conseguiremos nunca, pero bueno.

Hay una faceta de tu vida en la que dejas este país y viajas mucho por Latinoamérica, por Perú y por otros rincones de allá. Y entras en contacto, incluso formas parte importante de una corriente teológica que ha sido muy ensalzada, también muy perseguida, y que hoy no sé qué estado de salud tiene; me refiero a la Teología de los pueblos, la Teología de la liberación.

Creo que hay muchas teologías de la liberación. Yo, realmente, solo voy al Evangelio, cuando Jesús de Nazaret se presenta y dice: “yo tengo la conciencia de ser enviado a liberar a los pobres, a los excluidos, a las víctimas”.

 

 

A la hora de la verdad, el gran escándalo que provocó Jesús no fue por teorías nuevas, fue sencillamente porque se compadeció eficazmente ante los excluidos. El gran escándalo era: “¡este come con los pobres!”. Cuando uno se encuentra con esa realidad, piensa que no hay posibilidad de que una religión sea bendecida si no está motivada por esta misericordia ante el deterioro humano. Eso para mí es indiscutible.

Es muy fácil decir: “es que la Teología de la liberación...” Hombre, pues mire: van a canonizar ahora a monseñor Romero.

Después de intentar justificar que si era del Opus, o que estaba cercano a él, la autopraxis y la ortodoxia...

¿Cómo vas a condenar tú a teólogos de la categoría de Gustavo Gutiérrez, de Jon Sobrino, de Leonardo Boff...? Estos señores son muy cristianos, unos grandes místicos y, lógicamente, están viviendo la compasión ante el pobre. Y eso para mí es la clave hoy para la Iglesia. Si la Iglesia quiere dialogar con el mundo moderno, actuar, sobre todo en nuestra sociedad, o aporta la voz de las víctimas o no aporta nada. Es mi punto de vista.

Es uno de los ejes del pontificado de Francisco. Además, su lema episcopal es "miserando atque eligendo", que tiene mucho que ver con todo lo que estás diciendo, y el tema de las víctimas. Pero paradójicamente, uno de los grandes puntos de fricción de este pontificado, que puede hacer que fracase, es el tema de la actuación en el caso de las víctimas de la pederastia, de esa cercanía, de esa toma de decisiones. Es complicado.

Esa cercanía es la que pone en cuestión nuestra vida cristiana. Por eso el Papa, en la primera exhortación, dice: "no separemos la fe cristiana de los pobres". Esto es una cosa que dice él y que todos lo entienden. Dice: "Jesucristo nos envía no a los amigos, no a los poderosos, sino a los pobres, a los excluidos". "Y eso está ahí". Lo dice, independientemente de que luego haya teologías de la liberación desviadas. ¿Acaso no están desviados también los que se anquilosan?

Aparte de eso, si la teología, o la Iglesia, no es capaz de hacer creíble esta presencia de Cristo liberador, la Iglesia no tiene ningún sentido. Estoy convencido plenamente de eso.


Las primeras palabras que dijo el Papa a los periodistas fueron: "sueño una Iglesia pobre y para los pobres" ¿Eso se puede construir?

Eso es una utopía, lo que quiere decir que no tiene lugar. Total, que para que no sea ilusión tiene que tener lugar parcial. Y esa utopía está trabajando continuamente. Por tanto, yo creo en la Iglesia que se está haciendo, que se está convirtiendo. No me escandaliza, me duelen los pecados míos como los de la Iglesia, pero, cuidado, eso no me quita el amor a una comunidad que está reconociéndose pecadora y que se está convirtiendo al Evangelio. Eso es una utopía que está actuando en la vida, pero que nunca se va a lograr. Y a mí me da mucha paz. Pero pensar en una Iglesia ideal, donde todo sean santos..., no. Todos somos personas en continua conversión a lo que llamamos Reino de Dios o la fraternidad.

 

 

Volvemos al camino, al horizonte y a la búsqueda de respuestas.

Que es el encuentro con las demás religiones. No podemos seguir hablando de que el cristianismo tiene a todos, ya, de una forma anónima. Hay que respetar al otro como otro.

Lo malo es cuando llegan otros en nombre de otra religión, más o menos falsos profetas, asesinos en todo caso, y la respuesta de muchos creyentes es de que nos están atacando por ser cristianos. Esa dinámica de volver a las cruzadas creo que es peligrosa, sin desdeñar que hay gente que dice pertenecer a una religión, que se inmola en tantos sitios, provocando miles muertes en todo el mundo, muchos de ellos también musulmanes.

Conviene recordar el Evangelio: cuando Jesús de Nazaret se encuentra con una mujer cananea, Jesús tiene todavía la mentalidad de los judíos de "no hay que echar el pan a los perros". A los paganos. Pero cuando ve la fe de la mujer, su autenticidad, Jesús mismo cambia. Yo creo que esto es muy importante.

Aprende: Jesús aprende.

Exactamente. Y la Iglesia es Madre maestra aprendiendo. Y aprendemos de Dios encarnado, continuamente, en los seres humanos. , porque el otro tiene su verdad. Y desde ahí comprender mejor el Evangelio.

Acabas el libro con un epílogo que al principio denominas "Muerte y resurrección del cristianismo" pero después tú mismo te corriges y hablas de "Muerte y resurrección de la Iglesia en nuestra sociedad".

No, no me corrijo. Hablo del cristianismo como de un movimiento cuyo origen es Jesús de Nazaret, que está viviendo en las primeras comunidades cristianas y que hoy sigue en la Iglesia.

Pero por cosas de la vida elementales, la Iglesia Medieval, la Iglesia de la Reforma, dio prioridad a unas estructuras y a una jerarquía sobre el pueblo, que quiere corregir la misma Iglesia del Vaticano II. Esa Iglesia tiene que morir: es la Iglesia del poder, del triunfalismo, del clericalismo que no. Pero la condición para que realmente surja la Iglesia es que crezcamos en la experiencia personal y comunitaria de Jesús de Nazaret. Mejor dicho, de la conducta o el espíritu de Jesús de Nazaret: ahí está la clave.

Por eso ahora mismo, como teólogo, me preocupan dos cosas fundamentales: primero, esta humanidad; qué está buscando. Y, por otra parte, recuperar de algún modo ese espíritu que respiraron las primeras comunidades cristianas, donde no había estructuras generalizadas ni centralismos, sino mas bien un espíritu que se vivía, en distintas circunstancias, en estas culturas. Y yo creo que recuperar eso es fundamental. Esa es la clave de la iglesia.

Y eso es compartido: una de las cosas que me siguen maravillando cuando leo el Evangelio, es que todo lo que hizo Jesús, o lo que nos han contado que hizo, lo hacía con otros. Excepto en los momentos de mayor sufrimiento, que son en el desierto y que incluso ahí quiere llevarse a sus discípulos, que se le quedan dormidos. Jesús es un enamorado de la gente. Necesita tener a la gente.

Tenemos el Evangelio del domingo pasado, que es importantísimo.

"Como ovejas sin pastor"

Los apóstoles se reúnen con Jesús y le cuentan todo lo que han enseñado. Él quiere ir a un lugar más solitario, porque hay mucha gente. Se retiran a otro lugar, pero la gente los sigue. Entonces, al verlos tan desorientados, con tanta sed, siente compasión de ellos y se pone a enseñarles muchas cosas. Porque una cosa es la interioridad y otra el intimismo. ¿No?

Jesús de Nazaret es el hombre que está viviendo de tal modo la experiencia del Abbá, de Dios, que a la hora de la verdad él descubre esa presencia en todo y en todos. Entonces, lo que hace Jesús es quitar muros de separación. Tender hacia la fraternidad, y ese es un espíritu extraordinario. Es un espíritu liberador siempre. Pero es un espíritu también apasionante porque no es una accesis, es una mística. Y es una mística que a Jesús le da una confianza extraordinaria, incluso en momentos tan oscuros como, por ejemplo, su misma muerte. La confianza en Dios que prevalece sobre lo demás. Por eso Jesús dice que es el primogénito de los creyentes. Esto para mí es fantástico y es una palabra inagotable: Jesús de Nazaret. Por eso a la Iglesia le queda hoy hacer inolvidable a Jesús de Nazaret con su forma de vivir. A la Iglesia que soy también yo, ¿eh?

Sí, que somos. Muchas veces criticamos a la Iglesia sin tomar conciencia de que somos todos.

Yo me he encontrado con gente que no piensa como yo, pero, cuidado: yo he pensado como ellos. Y cuando veo, por ejemplo, ahora que vienen otra vez con las vestimentas del tipo con los latines, recuerdo que yo he obligado a los mismos estudiantes en mi tiempo a estudiar latín. Y a vestirse de esta forma o de la otra. Por lo cual comprendo todo eso y jamás se me ocurre echar contra la Iglesia ni contra los obispos directamente, porque el primer incoherente soy yo. Y amo a esta Iglesia que es santa y pecadora, pero que está en proceso de conversión.

En camino. En ese camino a la fe.

Exactamente.

Jesús Espeja, "A la escucha de lo nuevo. Un camino en la fe" editado por San Pablo. Muchas gracias por el libro y por la charla.

Gracias a ti también Jesús. Hasta otro día que nos veamos.

Siempre.