• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Jesús López Fernández de Bobadilla Agencias
Su decidida ayuda a los inmigrantes venezolanos le ha costado la persecución de muchos de sus conciudadanos, también de buena parte de sus parroquianos. Lo único que hace es ayudar a quienes llegan «porque tienen hambre, porque mueren de hambre»

(Luis Miguel Modino).- Nuestras opciones de vida siempre tienen consecuencias, sobre todo cuando nos decantamos por los más débiles. Jesús López Fernández de Bobadilla hasta no hace mucho tiempo no pasaba de un cura más, el primero que vivía en la parroquia de Pacaraima, una pequeña ciudad justo en la frontera entre Brasil y Venezuela. El sacerdote de origen español llegó a Brasil en 1985 y después de un tiempo decidió ser sacerdote, siendo ordenado en 1999 como cura diocesano de Roraima.

Desde hace poco más de un año, su decidida ayuda a los inmigrantes venezolanos le ha costado la persecución de muchos de sus conciudadanos, también de buena parte de sus parroquianos. Lo único que hace es ayudar a quienes llegan “porque tienen hambre, porque mueren de hambre”, resalta con énfasis. “Es un hambre que grita, un hambre desesperante, un hambre que no se aguanta, que no acepta demoras”. Ese hambre de la gente le llevó a tomar cartas en el asunto. Así empezó lo que él llama el “café fraterno”, que al principio daba un desayuno a unos 80 indígenas warao, pero que fue creciendo hasta llegar a atender a unos 1700 venezolanos cada día.

En Pacaraima se vive un clima de tensión, que tuvo su estallido más fuerte el pasado 18 de agosto, con el ataque a los inmigrantes venezolanos. La xenofobia, que el Padre Jesús entiende, pero no justifica, está siendo alimentada por los discursos de algunos políticos. Todo eso no impide que los inmigrantes continúen llegando, algo que “continuará igual de fuerte hasta que no cambien las cosas en Caracas, que va a ser difícil”, como reconoce el sacerdote, quien dice que los venezolanos ven en Brasil la tierra prometida.

La Parroquia de Pacaraima lleva a cabo una serie de actividades para ayudar a los inmigrantes venezolanos, lo que muchos católicos de la ciudad no aceptan. En ese sentido, el Padre Jesús dice abiertamente que “soy calumniado, soy blanco de muchas iras, hay reportajes donde dicen que el culpable de que haya tanto inmigrante venezolano aquí soy yo”. Todo eso, el mismo sacerdote reconoce que “me llena de orgullo y de satisfacción”, y que “no me arrepiento en absoluto, lo más mínimo, de la trayectoria que he dado a mi hacer parroquial aquí en Pacaraima, que es proteger a los más débiles, a los más necesitados, que ahora mismo son los inmigrantes venezolanos”, unas palabras que cobran más fuerza si tenemos en cuenta que salen de la boca de alguien que tiene 77 años.

En ese punto recuerda las palabras del Papa Francisco, “que no diga que es cristiano aquel que no acoge al inmigrante”. Él insiste en que hace eso por un sentimiento humano, de fraternidad, siguiendo el espíritu del buen samaritano. En ese sentido, desde las palabras de Santa Teresa de Calcuta, reconoce que “aunque no exista Dios, voy a continuar haciendo lo mismo”. Es la actitud de alguien que reconoce que “me siento amenazado, miedo no”.

¿Cómo llegó usted a Pacaraima?

Yo pertenezco a la diócesis de Roraima. Soy vocación tardía, fui ordenado sacerdote en el 99, o sea que tengo 19 años de padre. La primera misión estuve en Caracarai, al sur de Roraima, estuve 9 años allá y después yo mismo, hablando con Don Roque, el anterior obispo, le dije que sería bueno venir para Pacaraima, porque soy español, por la cercanía del idioma, yo pensé que sería bueno estar aquí. Nunca hubo un sacerdote aquí, un párroco. Entonces yo mismo pedí venir para acá. A Don Roque le pareció muy bien y aquí estamos va a hacer 9 años.

Pacaraima se ha convertido en un lugar conocido, se la ha situado en el mapa, por el problema de la inmigración de los venezolanos. ¿Cómo está enfrentando ese tema de la inmigración venezolana?

Infelizmente, Pacaraima está siendo tristemente famosa. Es el portón de entrada, este éxodo venezolano a la fuerza tiene que pasar por aquí, los primeros en recibir al pueblo venezolano somos nosotros. ¿Cómo recibimos, como nos sienta esta avalancha, este diluvio? Bueno, aquí hay que distinguir varias fases. Esto comenzó ya a sentirse a principios del año pasado, cuando comenzó a faltar alimentos en Venezuela. Esta falta de alimentos hizo que muchos comerciantes medios vinieran aquí a Pacaraima a comprar alimentos.

Este inicio de esta inmigración fue buena para Pacaraima, todo mundo lucró, el comercio vendió lo que nunca había vendido en su vida. El ciudadano pacaraimense acogió de buen grado a estos inmigrantes. Pero poco a poco hubo un cambio radical, ya no eran solamente comerciantes que venían a comprar, era el pueblo hambriento. Los venezolanos están aquí porque tienen hambre, porque mueren de hambre, y eso no es un simbolismo ni una metáfora. Es un hambre que grita, un hambre desesperante, un hambre que no se aguanta, que no acepta demoras.

Entonces empezó a venir más el pueblo, y ahí la situación de Pacaraima cambió, porque junto con aquel que venía con hambre, con necesidad angustiosa, venían también las mafias. Aquí en Pacaraima se instituyó una mafia de explotación sexual de menores, la droga, liderada por colombianos, atracos a mano armada, un día sí y otro también, robos continuos, la situación se puso muy fea. Entonces empezó a nacer lo que se llama xenofobia, que yo comprendo, nunca se justifica claro, pero se comprende.

La población de aquí estaba ya harta. Entonces el venezolano no es bien recibido, no es bien visto, vete de aquí, vuelve para tu tierra, no te queremos. Esa es la respuesta que dio el pueblo de aquí de Pacaraima. En principio nosotros vimos esa necesidad perentoria del hambre, y organizamos ese café fraterno. Al principio atendíamos a 80 indígenas warao, porque el primero en llegar aquí fue el indígena warao, los más acuciados, los más sensibles por el hambre. Esos 80 se fueron convirtiendo en 200, 500, hasta llegar a cifras de 1600, 1700 desayunos por día.

Ahora todos conocemos ese acto horroroso que aconteció hace unas semanas, que el pueblo no aguantó su ira y apedreó, incendió donde estaban viviendo los venezolanos en la calle y reventó la ira contenida y persiguió a los venezolanos. Desde entonces el número de venezolanos en la ciudad ha disminuido ostensiblemente. Actualmente vivimos una aparente calma, no sabemos hasta cuando, porque las señales que vienen de Caracas no son nada buenas. La inmigración pienso yo que continuará, ahora mismo bajó, pero continuará igual de fuerte hasta que no cambien las cosas en Caracas, que va a ser difícil.

¿Cuál es el sentimiento de los venezolanos en Pacaraima? ¿Cómo reaccionan ante esta situación que están viviendo?

Cuantas veces yo escuché, padre vivía en el infierno, ahora estamos en el purgatorio y soñamos con el paraíso que nos ofrece Brasil. El desespero, la angustia, es machacada y destruida por la esperanza. El pueblo venezolano viene aquí con esperanza, con mucha esperanza, esa esperanza que mata, que domina y que hace dormir la angustia. Es un verdadero milagro que una familia con niños, que pasan hambre, que no tienen nada, no tienen dinero, no tienen domicilio, no tienen amigos, todavía conserven esa llama fuerte de la esperanza. Y vienen aquí confiantes en un país como Brasil, hecho de inmigrantes, un país que está a la cabeza como ejemplo de acogida. Lo que ha pasado ahora yo digo que es como una raya en el agua, no es normal porque el instinto del pueblo brasileño es de acogida. Entonces el pueblo venezolano viene con esa fuerte esperanza de que Brasil es la tierra prometida.

Nosotros tenemos en el salón del café fraterno una frase de San Juan que dice “la angustia de ustedes se convertirá en alegría”. Yo pienso que cuando pisan el suelo brasileño la angustia va decreciendo y una alegría incipiente empieza en ellos, la alegría que emana de la esperanza de haber encontrado un lugar donde poder empezar una vida diferente. Y es interesante también saber que ese pueblo que está aquí no está haciendo turismo, está aquí por el hambre, pero es un pueblo que, preguntas uno a uno, y no piensan en volver a Venezuela. Ellos piensan en quedarse, hacer una nueva vida, una nueva etapa vital aquí en Brasil. Es un pueblo que viene a quedarse, los indígenas también. Los indígenas warao no piensan en volver a Venezuela, piensan en quedarse aquí.

Usted hablaba de xenofobia. ¿Hasta qué punto la campaña política está contribuyendo para que esa xenofobia aumente, sobre todo en esta región de Roraima?

La xenofobia se ha convertido en un arma que es utilizada por los políticos. Yo no digo que los políticos sean xenofóbicos, pueden ser o no pueden ser, pero actualmente da votos y si da votos, adelante, viva la xenofobia. El momento que está atravesando Brasil no es el mejor para que el venezolano venga aquí, para esta migración. Primero porque la situación económica, política, social de Brasil, todos lo sabemos, no es de las mejores, y segundo porque estamos a las puertas de una elección, y en las elecciones vale todo. Entonces yo pienso que la incidencia de la política en relación a xenofobia es muy fuerte.

Ha hablado del café fraterno. Como parroquia, como diócesis, ¿cuál es el trabajo que la Iglesia católica está llevando a cabo con los inmigrantes?

Como digo, primero fue este café fraterno, luego en el mes de mayo empezamos a organizar encuentros donde invitábamos a autoridades locales, autoridades de Boa Vista, pueblo de aquí, pueblo criollo, que es el venezolano no indígena, y pueblo indígena. Era un encuentro que atendía un abanico muy amplio de culturas y de gentes involucradas en esta situación. En esos encuentros procurábamos que reinase el equilibrio y la armonía entre el venezolano y el brasileño, a través de las autoridades y del pueblo también.

Alertamos a las autoridades, eso fue trabajo de esta Iglesia, fuimos pioneros en este tema, que la inmigración era una situación que estaba comenzando y que iba a crecer. Esto lo dijimos hace ya más de un año, no fuimos profetas, simplemente hicimos una lectura de lo que iba a pasar. Las autoridades y todo el mundo, en un principio, intentaron invisibilizar el problema, mirar para el otro lado. Ahí teníamos 300 o 400 indígenas viviendo en la estación de autobuses, en el suelo, aguantando la lluvia, el frío, el hambre. ¿Qué se hizo por ellos? Nada.

Quien nos ayudó mucho fue la Iglesia de los mormones, procedente de Estados Unidos. Fueron aliados nuestros, ellos fueron los que financiaron el refugio que actualmente está aquí en Pacaraima, refugio en el que viven unos 400 indígenas. Actualmente la población indígena warao aquí en Pacaraima puede ser de unas 700 personas y esos indígenas warao tienen donde vivir, que comer, porque a través del ejercito y ACNHUR están todos los días repartiendo alimentos.

Otra medida nuestra también fue la creación del Centro Pastoral del Inmigrante, dos locales que nosotros dispusimos para ellos. Se creó este organismo con la ayuda también de las hermanas scalabrinianas, financiando parte de este proyecto. Nosotros tenemos tres empleados trabajando en el Centro de Pastoral del Inmigrante. ¿Y qué hace el Centro de Pastoral del Inmigrante? Orientamos a los inmigrantes hacia sus documentos de residencia y les conducimos al hospital a aquellos que están en una situación de enfermedad peligrosa, resolvemos dudas sobre como conseguir el permiso de trabajo, siempre hay gente en ese Centro de Pastoral.

Dentro de un campo religioso, otra de las medidas, fue organizar la misa en español. Todos los domingos, a las cinco de la tarde, más de cien venezolanos, asisten a nuestra misa. A esa misa muchas veces viene nuestro amigo el obispo de Santa Elena, que es español, Monseñor Felipe González, y es muy bonita. Se canta en español, se canta en portugués, se canta en warao. Y siempre es bien concurrida, aquí en nuestra parroquia.

También fue creado el Centro de Atención Infantil, que fue inagurado hace tres meses y donde acogemos actualmente a más de doscientos niños, la mayoría indígenas warao, aunque también vienen venezolanos no indígenas y los monitores son indígenas warao. Inclusive el Ministro de Justicia, en el último viaje que hizo aquí a Pacaraima nos visitó y su visita era con el objetivo de conocer ese Centro de Atención Infantil. Me acuerdo que los niños cantaron el himno nacional brasileño y el himno nacional venezolano. Lo cantaron en español, en portugués y en warao.

¿Qué más hacemos? Repartimos también, cuando tenemos, alimentos, arroz, aceite, casi todos los días hay un reparto de unos cien kilos de alimentos que nosotros recibimos a través de asociaciones filantrópicas. Este último año hemos trabajado por y para la inmigración.

Descuidé mucho también, yo lo confieso, es un pecado, mis obligaciones parroquiales, en pro de esa pastoral que me ocupa todo mi tiempo, que es la pastoral del inmigrante. Al pueblo no le gustó mi desvío, entre comillas, mi atención progresiva a los inmigrantes. Soy calumniado, soy blanco de muchas iras, hay reportajes donde dicen que el culpable de que haya tanto inmigrante venezolano aquí soy yo. Esas calumnias, cada vez que escucho una calumnia a mí me llena de orgullo y de satisfacción, cada vez que veo un comentario tan negativo y calumnioso, para mí es como si me colocasen en el pecho una medalla, un trofeo.

Puede que sea imprudencia mía, pero no me arrepiento en absoluto, lo más mínimo de la trayectoria que he dado a mi hacer parroquial aquí en Pacaraima, que es proteger a los más débiles, a los más necesitados, que ahora mismo son los inmigrantes venezolanos. Sin olvidar las palabras del Papa Francisco, que en las últimas semanas dijo, que no diga que es cristiano aquel que no acoge al inmigrante. Hay poco que comentar sobre esa frase, eres cristiano, acoge al inmigrante, no eres cristiano, no lo acojas.

Hablando del Papa Francisco, ¿usted intenta hacer realidad esa Iglesia samaritana, misericordiosa, de la que tanto habla?

Él se refiere a algo que yo empleo mucho también, el espíritu del buen samaritano. Eso es lo que tiene que reinar, pero no sólo a nivel de Iglesia. Lo que yo estoy diciendo, y no lo dice solamente el Padre Jesús, se lo dice un ciudadano, se lo dice un ser humano. Yo pienso que todo ser humano tiene que llevar ese instinto, esa emoción de ser fraterno. Dios nos creó así, acabar con ese espíritu fraterno, del buen samaritano, es lo que nos lleva a tantas atrocidades.

El samaritano se para, ve a aquel que necesita y no le pregunta, porque a mí me acusan mucho que protejo a los bandidos, a los sin vergüenzas. No le pregunta, ¿tú eres sin vergüenza, tú eres ladrón, de dónde vienes, para qué vienes? No, ve la situación, no hace preguntas, no espera, ni hace proyecto para esconderlos y actúa rápidamente, actúa movido por ese sentimiento, ese instinto de la fraternidad, de la misericordia, y gasta su dinero, su tiempo, se preocupa. Y no se pregunta si va a tener menos trabajo o va a quedarse más pobre. No, no le preocupa eso, no. Le preocupa la situación en que está su hermano. Ese espíritu del buen samaritano, ojalá, yo aquí no lo conseguí en Pacaraima, es un fracaso del padre, no hacer que nazca ese espíritu entre sus fieles.

Aquí no reina el espíritu del buena samaritano, reina el espíritu del revanchismo, del vete fuera, el espíritu del yo no me voy a parar a hablar contigo porque voy a perder mi tiempo y mi dinero, impera el espíritu del egoísmo, infelizmente.

¿Usted no siente miedo?

Me siento amenazado, miedo no. Yo pienso que, será una imprudencia, pero no tengo miedo, no tengo miedo. El día de la manifestación vino aquí el ejército y la policía federal queriendo sacarme de mi casa y dije que no, que a donde iba a ir. Después me dijeron varias veces, padre su vida está en peligro, tenga mucho cuidado. Si mi vida está en peligro que le vamos a hacer. En broma digo que si me matan mi proceso de canonización va a ser rápido, eso es una broma mía.

Pero yo sé que el albo de la ira y de la rabia del pueblo de aquí está fijado en mí. Yo no voy a cambiar un milímetro mi hacer. Seguirá el café fraterno, seguirá ese deseo nuestro de ayudar al débil e iré procurando cumplir ese mandato del Papa que dice, que no diga que es cristiano quien no ayuda al inmigrante. También confío en mis parroquianos, esto ha sido un momento entre comillas de borrachera. Vuelvo a repetir que comprendo esa rabia, esa ira, no la justifico.

Ojalá que un día estos católicos, que no sienten ese deseo de ayudar al inmigrante cambien también. Pienso que habrá una conversión y se volverá a la calma. Ahora hay calma, pero muy engañosa, en cualquier momento tengo miedo de que vuelva a reventar la boca del volcán y comenzar a escupir esa lava del odio.

Pedro Casaldáliga dice que el miedo es lo contrario de la fe. Usted dice que no tiene miedo, ¿es la fe en Dios lo que le hace continuar y no tener miedo delante de esas situaciones?

Voy a decir algo que puede parecer una barbaridad, también lo dijo Santa Teresa de Calcuta, y atrasó un poco su canonización, aunque no exista Dios, voy a continuar haciendo lo mismo. Claro que la fe, yo creo en Dios, pero yo pienso que ese instinto de ser fraterno, de ser compasivo, es tan superior, tan fuerte que yo diría también con la Madre Santa Teresa de Calcuta, aunque no exista Dios yo continuaré impulsado por ese instinto del buen samaritano.

Claro que abrazo mi fe y abrazo también esa obligación, es una obligación, de atender a aquel que precisa. Es obligación, no es hay que bien, que bueno soy, no, eres humano. Vuelvo a repetir, en mis manifestaciones quien habla no es el padre, no es el religioso, es el ser humano.