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Opinión
Entrerrar a Franco en la Almudena sería cambiar un mausoleo por otro también solemne, oficial y más a domicilio de los fanáticos

(Hilari Raguer osb historiador).- Es un hecho, nos guste o no, que hay un franquismo vergonzante enquistado en la sociedad española, y de paso en la Iglesia española. Las condenas públicas en la constitución y la legislación no han podido exterminarlo del todo y poner de veras España en la línea de los estados plenamente democráticos que han proscrito el nazismo y el fascismo derrotados en 1945 y prohibido el enaltecimiento de sus caudillos.

Maurice Duverger, que fue mi profesor de ciencias políticas en un curso de doctorado en la Sorbona en 1960-1961 (y cuyas obras hizo editar y comentaba en Barcelona el profesor Manuel Jiménez de Parga, para que sus alumnos supieran cómo funciona una democracia, por si algún día la alcanzábamos), decía que las ideas políticas que difícilmente se cambiarán en el resto de la vida nos las inculcan en la escuela primaria hablando de la historia nacional, porque es entonces cuando se nos dice quiénes son los buenos y quiénes los malos. Esto, en Francia, donde hay una potente escuela republicana y apenas tentaciones fascistoides. En España hemos tenido casi cuarenta años de escuela franquista, y han dejado huella.

Ejemplos contundentes del nacionalcatolicismo que imperaba en la escuela franquista son el Catecismo patriótico español de Menéndez-Reigada (1938, reeditado por Península, Barcelona 2003) y España es mi madre, de Enrique Herrera Oria S.J. (1938, reeditado también por Península, Barcelona 2008; ambos con prólogo mío).

La imposición de semejantes libros de texto iba acompañada de la campaña de depuración de maestros y profesores, iniciada por el ministro de Educación Pedro Sáinz Rodríguez, para borrar la obra educativa de la República. Menéndez-Reigada y Herrera Oria canonizan a Franco en vida e identifican el deber de amar a la patria, enseñanza tradicional de la Iglesia, con el amor a Franco y la obediencia a su régimen dictatorial.

Franco – dice Menéndez-Reigada – es “como la encarnación de la patria y ha recibido de Dios el poder de gobernarnos”. Ambos autores describen una historia de España delirante, que culmina en la cruzada. La obra de Herrera Oria es muy extensa; su libro quinto lleva el título de Mueran los traidores. ¡Arriba España!

España – dice- es algo muy grande; si algunos extranjeros hablan mal de ella es por envidia. El castellano “habrá de ser la lengua de la civilización del futuro, porque el inglés y el francés, que podrían compartir esta función, son lenguas tan desgastadas que se encuentran al borde de su disolución completa”.

En esta cuestión ambas obras, tan patrioteras y pretendidamente españolísimas, imitan el catecismo de Napoleón, que inculcaba a los niños franceses el amor a Napoleón y la obligación en conciencia de obedecerle, pagar los impuestos y prestar el servicio militar, e imponía la celebración obligatoria de san Napoleón el 15 de agosto, suplantando nada menos que la solemnidad de la Asunción.

La Iglesia española se ha mostrado muy prudente al admitir que Franco sea exhumado del Valle, pero no lo sería tanto si lo deja enterrar en la Almudena, sobre todo si no es en un nicho corriente sino en un monumento. Sería cambiar un mausoleo por otro también solemne, oficial y más a domicilio de los fanáticos. Menéndez-Reigada y Enrique Herrera exultarían desde sus sepulcros al ver el nuevo trono de Franco.