• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Imanol Goyarrola, director del Gaztelueta
Hacemos un llamamiento al Obispo de Bilbao, a la jerarquía eclesiástica española y por supuesto a la Iglesia Vaticana, para que de un modo urgente e inaplazable recuperen el buen nombre de la víctima

(Juan Cuatrecasas).- Ante la difusión de unos comunicados por parte del colegio Gaztelueta y de su actual director Imanol Goyarrola, en los que según ellos se hace una valoración del proceso judicial y de la sentencia del caso Gaztelueta, expuesta esta por tres magistrados de la sección primera de la Audiencia Provincial de Bizkaia, rollo penal ordinario 37/16, celebrado desde el Procedimiento Sumario 640/15 del Juzgado de Instrucción 5 de Getxo, esta familia desea manifestar lo que sigue a continuación:

Esta familia a diferencia del Colegio Gaztelueta y su director, sí cree en el Estado de Derecho y por lo tanto sabe acatar las sentencias que dictan los jueces. Acatar una sentencia no es baladí porque supone aceptar voluntariamente una decisión judicial, en este caso el auto de cierre de la instrucción, los informes de cuatro peritos facultativos judiciales y el informe de una psiquiatra de la red pública vasca, no de parte, tres informes de otros tantos facultativos de parte presentes en el juicio, además de la definitiva de los tres magistrados de la Audiencia Provincial de Bizkaia. Acatar una sentencia supone reconocer y respetar la autoridad y está claro que ni Goyarrola, ni Gaztelueta lo hacen pese a que afirmen lo contrario. Al parecer no conocen el significado exacto del verbo acatar.

El Estado social y democrático de Derecho tampoco es baladí. El concepto en sí mismo engloba unos principios y valores que algunos padres y madres intentan, intentamos, transmitir a sus hijos, primero en casa y después eligiendo un centro escolar para sumar esfuerzos y conocimientos en aras a su formación y crecimiento físico, psicológico y espiritual. Cuando estos padres eligieron Gaztelueta no llegaron a imaginar todo lo vivido, acontecido y sufrido, sí sufrido, durante todos estos últimos años y aún en el presente, a pesar de una contundente, basada y razonada sentencia condenatoria dictada por un tribunal de tres magistrados de la APB y avalada en juicio público con variadas pruebas y múltiples contradicciones de los testigos de la defensa, además de por los criterios profesionales de varios peritos de reconocida capacidad y prestigio.

 

 


 

 

Aquella elección supone hoy en día una de las más tristes decisiones tomadas y representa un episodio siniestro que aunque intentemos borrar de la memoria, no será fácil por no decir imposible, eliminar. Un hijo es lo más sagrado que tiene una familia, es el futuro vital, la prolongación de tu vida, la proyección que una sociedad civilizada pretende.

El lema fundacional de Gaztelueta, "sea tu si, si, sea tu no, no" ya suficientemente denigrado durante estos últimos años de cambios de criterio por parte de su director, de elucubraciones, tergiversaciones, ocultaciones voluntarias, mentiras, patético falso victimismo, intereses creados, proselitismo, falsedades en cadena, narcisismo, insoportable levedad directiva, síndrome de la avestruz y ahora negación de la realidad objetiva y por sí fuera poco, maltrato y doble victimización continuada e inagotable de uno de sus antiguos alumnos, víctima de abusos continuados y de agresiones sexuales, perpetrados por uno de sus docentes entre los muros del centro y en la cobarde soledad de un despacho, ha quedado definitivamente destrozado, tras impactar contra el suelo y romperse en mil pedazos.

Creemos reconocer en la actitud del colegio y su director, tras la obra triste de teatro interpretada por fascículos durante todos estos años con el increíble, inédito e inaudito epílogo del otro día, un mensaje de consumo interno para sus fieles, para miembros de la organización religiosa que les protege y promociona, una patada a la víctima y a su familia, que no ha pasado desapercibida y sí denunciada y condenada social y públicamente por prensa, medios de comunicación y ciudadanía bilbaína, vizcaína, vasca, española e incluso en muchos casos europea e internacional.

El espectáculo del otro día en Gaztelueta confirma la falta de criterio de todos los responsables del centro, cuando hablamos de su presunta tolerancia cero con respecto a los abusos sexuales a menores. Negar las evidencias de una sentencia condenatoria contra uno de sus profesores, alegar falta de pruebas más allá de un simple testimonio acusador, el de la víctima del caso Gaztelueta, afirmar que todos los testimonios de los testigos de la defensa han sido incorrectamente reflejados en la sentencia en base a supuestos y no reales, fabulación pura y dura cuando no surgida de una indeleble mala fe, errores de transcripción, resulta una infantil cuando no bochornosa manera de intentar engañar y falsear la realidad objetiva, la que todos los que asistimos al juicio, pudimos comprobar in situ.

La propia lectura de la sentencia, denominada ya como ejemplarizante por multitud de profesionales del derecho, la psicología y psiquiatría y la comunidad científica y jurídica de este país, derriba uno a uno los tristes y perversos argumentos de Imanol Goyarrola y "su" colegio. Uno a uno, sin excepción. Incluso la propia lectura de la sentencia, por cierto no incluida en la reluciente aunque inconsistente y ofensiva web planteada por el colegio, pocos días antes de empezar el juicio, afirma sin duda y con meridiana contundencia que ellos, los responsables del colegio, ni actuaron con la diligencia debida, aplicable a estos delitos, ni mostraron un proceder del que puedan sentirse orgullosos. Más bien su actitud fue negligente y digna de personas carentes de los niveles de responsabilidad que debe acreditar el cuadro directivo de cualquier centro escolar, con independencia de su línea religiosa o seglar.

 

 


 

 

Los intentos de Goyarrola y de las dos personas que le dieron escolta el otro día durante su comparencia ante los medios por negar la realidad nos resultan gravemente ofensivos, malévolos, crueles e incluso siniestros. Consideramos que si bien llegamos a creer en un reconocimiento público y expreso, una petición de perdón sincera y expresa y una reparación moral de la víctima, por parte de Goyarrola y el colegio hacia la víctima, tras esa impecable y contundente sentencia, ahora ya es tarde.

Sabe Imanol que esta familia lleva pidiendo eso desde el año 2011. Y sabe que en todo este tiempo ni él ni nadie relacionado con Gaztelueta ha estado a la altura debida, la del respeto a la dignidad de una víctima de abusos y agresiones sexuales. Por el contrario se han dedicado una y otra vez a la cruel doble, triple y cuádruple victimización, sin importarles más que el supuesto aunque ya denostado buen nombre del colegio. Porque estamos seguros a estas alturas que ni siquiera le importa el profesor condenado, solamente negar la evidencia ya reconocida por la APB y por la mayor parte de esta sociedad, de que Gaztelueta y por ende, el Opus Dei, tienen un pederasta en sus filas.

El enemigo no es la víctima, tampoco sus padres. El enemigo son quienes desde dentro de este colegio, el Opus Dei y todos quienes han puesto palos en la rueda de la auténtica víctima del Caso Gaztelueta, el alumno menor de edad, acosado, abusado y agredido, pretenden negar la realidad que una casi inapelable sentencia de 70 folios ha dejado clara. Porque la verdad fluye y por contra, mantener y defender una terrible y cruel mentira por un grupo más o menos amplio de personas, es un trabajo demasiado complejo y como ha quedado probado, inviable e imposible. Ese ha sido y sigue siendo el error del colegio y sus responsables, menospreciar a la víctima y su familia, buscar silencio y ocultación en vez de justicia y verdad, urdir una torpe trama alrededor de quienes debieron ser protegidos y sin embargo fueron humillados, vejados y hasta sometidos a una denigrante conspiración de silencio. Porque nadie en esa comunidad escolar ha sabido en todo este tiempo estar a la altura de las circunstancias.

Por último queremos repetir hasta la saciedad que en un Estado de Derecho las sentencias no las dicta Goyarrola, tampoco algún presunto erudito de la Universidad de Navarra con ansias literarias, menos aún el Opus Dei o la entidad Gaztelueta. Incluso no las dicta una extraña fiscalía, Ministerio Público alejado de la víctima y complaciente con el victimario, o un tramposo delegado apostólico bienvenido en Gaztelueta a los sones de un pésimo remake de Bienvenido Mister Marshall y que previamente se disfrazó de tahúr para interrogar al peor estilo, no pastoral o sacerdotal, sino policial de pasadas y superadas épocas dictatoriales, a la víctima y a su padre. Las sentencias en un Estado de Derecho las dictan los jueces, en base no solo a testimonios, ni a la palabra de uno contra la del otro. Las dictan razonadas, basadas, con criterios jurídicos sólidos y argumentos y hechos probados. Lo otro, lo que pretenden Goyarrola y su colegio es propio de otras épocas, aquellas en las que el colegio se fundó.

 

 


 


En otro orden de cosas queremos repetir y lo haremos en el futuro las veces que sea preciso que las víctimas de abusos y agresiones sexuales no cuentan sus terribles experiencias cuando quieren, cuentan cuando pueden. Algo que como recoge la sentencia acreditan con acierto los jueces, pese a la ignorancia de la defensa del condenado y el fiscal, pese a los burdos intentos del propio Goyarrola en su insolente comunicado de convencernos de lo contrario, como si el relato de una de estas víctimas fuera cuestión de simple voluntad y no de capacidad.

Nos cabe por último pedir de modo urgente e inapelable que el Opus Dei, ese ente hasta ahora etéreo, no personado en la causa de modo oficial, que patrocina el colegio, tome cartas en el asunto que nos ocupa, ofende gravemente y preocupa y lo haga sin miedo a presuntas buenas o malas famas, a intereses propios bañados por insulsas caducas moralidades o a defensas inapropiadas de lo indefendible.

Gaztelueta en manos de sus actuales responsables, ha quedado claro para la inmensa mayoría de la ciudadanía, no tiene presente y futuro, por el ansía desmedida de tapar la verdad, blindar su mentira y vivir alejados de la realidad, en una huida hacia delante patéticamente desplegada. Sus manejos han quedado expuestos a los ojos imparciales de la gran mayoría de los ciudadanos, con independencia de su condición, que vieron entre estupor y lógico enojo, la pobre escenificación de la falacia, el compromiso y la alianza con el ridículo y una expresión dañina de maltrato a una víctima y su familia.

Del mismo modo hacemos un llamamiento al Obispo de Bilbao, a la jerarquía eclesiástica española y por supuesto a la Iglesia Vaticana, para que de un modo urgente e inaplazable recuperen el buen nombre de la víctima, desacreditado por ellos en el pasado en aras a un equivocado reconocimiento del nombre, hoy en día condenado, del docente agresor y abusador.
Que procedan a su reconocimiento público y expreso y a su reparación y protección, con las perceptivas medidas de acompañamiento.

Así mismo queremos trasladar al Departamento de Educación del Gobierno Vasco la reflexión siguiente : ¿es correcto y saludable permitir que un colegio religioso concertado y plasmado bajo la filosofía de la educación diferenciada, reciba subvenciones cuando ha quedado acreditado en una sentencia emanada del criterio jurídico, lógico e imparcial de tres magistrados de la APB, que no cumplieron con sus obligaciones respecto a una víctima de acoso, abusos y agresiones sexuales y no contentos con ello y tras hacerse pública la decisión judicial se permite la licencia en boca de su director de intentar falsear la verdad, despreciar a la justicia y seguir maltratando a la víctima sin vergüenza, rubor y vulnerando el Estatuto de la Víctima aprobado en 2015 de modo grave y con una, en mi opinión, más que evidente incitación al odio?.

 

 


 

Esta familia ya no podrá olvidar todo el dolor causado, todas las impertinentes negligencias, todas y cada una de las difamaciones e insultos vertidas durante años contra el joven, su madre y su padre. No olvidará y tampoco nos podrán pedir que perdonemos los grotescos, chulescos y miserables comportamientos de quienes saben, pese a la cobarde y psicótica negación de la evidente realidad, esa realidad compartida con nosotros por todos los ojos que quieren ver, oídos que quieren oír y escuchar y mentes que quieren y pueden pensar libremente sin sometimientos irracionales a un sectarismo, que aleja al ser humano de la diligencia intelectual y que lo convierte en un instrumento al servicio del fanatismo y la mentira, que el único problema de mi hijo fue toparse con un siniestro individuo, hoy en día condenado, que lo maltrató sin piedad, con cobardía y crueldad, rompiendo la inocencia de un menor, con el posterior consentimiento y una más que evidente complicidad de quienes aún siguen negando la mayor.

La verdad existe, sólo se inventa la mentira.
Y solo la verdad, como bien dijo San Juan, os hará libres. Gaztelueta necesita, no creer a la víctima o al victimario. Gaztelueta necesita creer en la verdad. Y solo entonces, serán realmente libres. Goyarrola sin duda, lo sabe, aunque pretenda fingir que no, con gestos grandilocuentes y miradas perdidas, amparado en una nerviosa teatralidad que no le hace ningún bien, ni a él ni a su colegio. Hoy Gaztelueta tiene una indudable deuda con la verdad. Hoy Gaztelueta tras la sentencia y los impertinentes comunicados del pasado miércoles, vive para su desgracia, en un mundo paralelo, en una especie de paranoia, bucle de levedad humana que le empareja con la indolencia y le condena al ostracismo y el rechazo social.

Gutta cavat lapidem, non vi, sed saepe cadendo.