Religión
Gustavo Gutiérrez
Ni Gutiérrez ni la teología que él cultiva pretenden hurtar el protagonismo a las personas empobrecidas ni a los pueblos oprimidos en el proceso de liberación. Su objetivo es devolverles la palabra, contribuir a que recuperen su protagonismo

(Juan José Tamayo).- Gustavo Gutiérrez fue el tercer teólogo que recibió el Premio Príncipe de Asturias. El primero fue Ignacio Ellacuría, a título póstumo, en reconocimiento a la coherencia entre su trabajo intelectual como teólogo y filósofo, y su compromiso social con las mayorías populares, que le llevó al martirio el 16 de noviembre de 1989 junto con otros cinco jesuitas y dos mujeres trabajadoras domésticas.

El segundo, el cardenal Martini -junto con Umberto Eco-, arzobispo de Milán, por toda una vida dedicada a los estudios de la Biblia en diálogo con las ciencias sociales y por su permanente actitud de diálogo con los sectores no creyentes, como ha demostrado en las obras En qué creen los que no creen, que recoge una serie de cartas cruzadas con Umberto Eco, y La oración de los que no creen. ¿Se puede rezar si fe? Quizá llevara razón Ludwig Wittgenstein cuando escribía en su Noteboooks 1914-1916: "Rezar es pensar en el sentido del mundo".

El teólogo peruano lo recibió en 2003 en la sección de Comunicación y Humanidades junto con el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, por su compromiso ético con los sectores más desfavorecidos y por haber iniciado e impulsado una de las corrientes de pensamiento cristiano más vivas y dinámicas de los últimos cuarenta años, la teología de la liberación (TL).

 

 

Gutiérrez ha dedicado su trabajo intelectual a desarrollar, fundamentar y difundir las grandes intuiciones de la TL entre los públicos más plurales, desde los universitarios, primero como consiliario nacional de la Unión de Estudiantes Católicos (UNEC) de Perú, después como profesor de teología y ciencias sociales en la Universidad Católica de Lima, y luego como profesor de la Universidad de Notre Dame en U.S.A, hasta los sectores populares, con quienes convive y comparte experiencias de vida y sufrimiento, de esperanza y de luto.

Utilizó por primera vez la expresión "teología de la liberación" en 1968 poco antes de la celebración de la II Conferencia General del episcopado latinoamericano y enseguida adquirió carta de ciudadanía. Su Teología de la liberación. Perspectivas es, sin duda, una de las obras de mayor impacto en la teología cristiana posterior al Concilio Vaticano II. Cuenta con traducciones a numerosas lenguas y con decenas de ediciones.

Ella, junto con la Teología desde la praxis de la liberación, del brasileño Hugo Assmann (Sígueme, Salamanca, 1973) son consideradas las más representativas de la primera etapa de la teología de la liberación. Ambas, reconocía en 1974 el teólogo uruguayo Juan Luis Segundo, "constituyen las dos únicas obras de la teología de la liberación que elevan el debate a un diálogo científico y bien documentado con la teología europea".

A estas dos hay que sumar De la sociedad a la teología (Carlos Lohlé, Buenos aires, 1970) y Liberación de la teología (Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1975) del propio teólogo uruguayo citado, y Teologia do cautiverio e da libertaçâo (Petrópolis, Rio de Janeiro, 1975 [versión castellana: Teología del cautiverio y de la liberación, Ediciones Paulinas, Madrid, 1978].

A partir de estas obras, la teología en América Latina deja de ser sucursal o remedo de la llevada a cabo en Europa y Estados Unidos, como lo había sido desde la conquista, con honrosas excepciones, para convertirse en la primera gran corriente de pensamiento cristiano crítico-liberador nacida en el Sur Global con señas de identidad y estatuto metodológico propios.

 

 

No en vano la TL se considera una nueva manera de hacer teología, que pretende armonizar la dimensión crítico-profética de la fe y el rigor metodológico que le corresponde a esa disciplina. Una teología en la que vuelve a escucharse el grito de los pobres con la misma fuerza y pasión que en el Éxodo de los hebreos, en los Profetas de Israel, en Jesús de Nazaret, el Cristo liberador, y en Bartolomé de Las Casas, defensor de los indios. Es esta una teología con entrañas de misericordia y compromiso con la justicia.

Ni Gutiérrez ni la teología que él cultiva pretenden hurtar el protagonismo a las personas empobrecidas ni a los pueblos oprimidos en el proceso de liberación. Su objetivo es devolverles la palabra, contribuir a que recuperen su protagonismo en la comunidad de creyentes y en la construcción de una sociedad más justa, fraterna y sororal, y ayudarles a descubrir su "fuerza histórica", como reconoce el propio teólogo peruano en uno de sus libros más importantes: La fuerza histórica de los pobres.

En contra de lo que algunos creen, la TL tiene muy poco de ingenua. No se le escapan las mediaciones sociales y políticas a la hora de buscar los cauces para construir un modelo alternativo de sociedad y el paradigma de la Iglesia de los pobres. La salvación cristiana es salvación integral y no se queda en la esfera espiritualista, sino que pasa necesariamente por la liberación de todas las opresiones: socioeconómicas, culturales, étnicas, de género, y también por la liberación de la opresión religiosa, tan fuerte en América Latina.

Gustavo sabe muy bien que el Evangelio no ofrece instrumentos de análisis ni estrategias de cambio. Por eso recurre constantemente a la mediación de las ciencias sociales para un mejor conocimiento de la realidad y de los mecanismos que en ella operan, y para la búsqueda de alternativas.

La TL no es obra de una sola persona, como reconoce el mismo Gutiérrez. Es una obra colectiva en la que convergen una serie de factores: la toma de conciencia del Tercer Mundo como sujeto y protagonista de su propia historia; la teoría de la dependencia elaborada por un grupo de economistas y sociólogos latinoamericanos; los movimientos de liberación que se desarrollaban por entonces en América Latina en los que estaban comprometidos los cristianos y las cristianas sin renunciar a su fe; la pedagogía del oprimido de Paulo Freire; el fenómeno de las comunidades eclesiales de base; la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Medellín en 1968, donde la Iglesia latinoamericana pasó de una Iglesia colonial a un cristianismo liberador.

 

 

Pero si importante y decisiva es la aportación de Gustavo Gutiérrez al nacimiento y desarrollo de esta nueva forma de hacer teología, no lo es menos su testimonio de vida y su aliento al compromiso de los cristianos y de las cristianas y a la vivencia de la experiencia religiosa del encuentro con el Dios de los pobres. Las preguntas que golpean su conciencia, como ya vimos, nada tienen que ver con las interminables cuestiones "bizantinas" en las que otrora se enredara la teología. Son preguntas existenciales, vitales diría mejor, que tienen que ver con la vida de las personas y los colectivos excluidos y empobrecidos.

¿Es posible seguir haciendo teología?

Tras la tragedia de la Segunda Guerra Mundial y el mal absoluto que fue el nazismo, el filósofo de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno (1903-1969), osó afirmar: "No se puede escribir poesía después de Auschwitz". A finales de la década de los 70 del siglo pasado Gustavo se hacía similar pregunta aplicada a la teología: "¿Tiene sentido seguir haciendo teología en un mundo de miseria y opresión? ¿La tarea de hoy no es más de orden social y político, de acciones y estudios en este campo? ¿Se justifica dedicarle tiempo y energía a la construcción laboriosa de una inteligencia de la fe en las condiciones de urgencia en que se vive en América Latina? ¿No estaremos dejándonos llevar más por la inercia de nuestra formación teológica que por las necesidades reales de la fe de un pueblo que lucha por su liberación?" (La fuerza histórica de los pobres, o. c. p. 122).

La respuesta viene dándola desde entonces el teólogo peruano con su siempre probada lucidez intelectual, su teoría crítica del cristianismo en busca de los pobres de Jesucristo, su compromiso por la justicia y la liberación, la ejemplaridad de su vida nonagenaria, la sensibilidad y la respuesta hacia los nuevos desafíos y el rigor metodológico. Así lo demuestra su último libro De Medellín a Aparecida. Artículos reunidos. A 50 años de la Conferencia episcopal latinoamericana de Medellín (CEP, Lima, 2018). Ad multos annos, Gustavo.

Juan José Tamayo. Sus libros más recientes son: La utopía, motor de la historia (Fundación Areces, Madrid, 2017); Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, Madrid, 2017); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, Madrid, 2018); Dom Paulo testimunhos e memórias sobre o Cardeal dos Pobres (organizador y coautor con Agenor Brighenti, Paulinas, Sâo Paulo, 2018).