• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Mujer e Iglesia
Si la Iglesia quiere ser un espejo de la sociedad no puede seguir dejando de lado a la mujer sino hacerla sujeto activo de las mismas responsabilidades que a los hombres en sus organigramas y estructura

(Manuel Mandianes).- Las instituciones civiles y políticas están dando altas responsabilidades a las mujeres y buscando la igualdad, en todo, con los hombres. La Iglesia parece no estar en la onda y seguir las tendencias en este campo pues les permiten algunas actuaciones en la iglesia tales como lectora, sacristana y otras parecidas, todas de menor responsabilidad. La Iglesia ha actuado según la filosofía y el pensamiento de cada época, sólo ahora si no abre las puertas a la mujer, estaría practicando un cierto antifeminismo. La interpretación de muchos de estos mitos desde el psicoanálisis y las filosofías feministas es que la mujer es "un garçon manqué" y el imperio del pene. El papel de la mujer en la Iglesia, más que una cuestión teológica es una cuestión de poder apoyada en una tradición que mantiene el dominio del hombre a todos los niveles. La Iglesia, hasta hoy, se guía por la ley de los hombres (Cfr. J. M. Auber, "L´exil féminin. Antiféminisme et christianisme").

San Pablo, a quien muchos autores califican como fundador de una Iglesia machista, no hizo más que aplicar a la Iglesia las doctrinas corrientes de su época. La mujer ha de ser servidora del marido en el matrimonio, callarse en la Iglesia, dedicarse a criar a los hijos y a las labores de su casa. San Pablo pone por encima de todos los valores la castidad y la virginidad, pero no sólo para la mujer sino también para el hombre. Han de casarse aquellos que no sean capaces de permanecer vírgenes. San Pablo tuvo mujeres colaboradoras a las que le unió una muy estrecha amistad.

La doctrina de San Pablo, expuesta y desarrollada por los Padres de la Iglesia, incluye un cierto desprecio de la sexualidad y de la carne. El cuerpo es un objeto que nos incita al pecado y hay que someterlo a base de castigo. Del desprecio de la carne se pasó al desprecio de la mujer, metáfora y expresión de la sexualidad y del mismo sexo. El rigorismo de los padres se debe a una espiritualidad desencarnada, un paraíso soñado en la tierra: esta vida solo tiene sentido pensada en función del más allá. Muy pocos Padres han tratado expresamente este tema y algunos han evolucionado de un rigorismo a una consideración mucho más humana del problema (Cfr. F. Quere-Jaulnes, "La femme. Les grands textes des Pêres de l´Eglise").

En último termino, la situación de la mujer en la Iglesia se funda en los mitos del Paraíso Terrenal, que nunca existió, y del Pecado Original, reconocimiento de la contingencia de todo lo creado (Torres Queiruga, "Repensar o mal") Los mitos son una forma particular de conocimiento de una época, formado por imágenes y relatos.

Los conceptos por sí solos no son suficientes para entender las cosas. El error está en constituir los mitos en dogmas en los que se fundan normas inamovibles y en el fundamento inconsciente de nuestro actuar. La Iglesia que, en muchos casos, ha estado a la cabeza, de las reformas e innovaciuones, en la cuestión que nos ocupa está actuando con un retraso injustificado y difícil de comprender por quien piense libremente.

La mujer se está haciendo visible en el cine, en la literatura en la política, en los tribunales, en todas partes menos en la Iglesia. Hay mujeres cristianas, católicas teólogas, escritoras, ocupando altos cargos en la sociedad civil y empresarial, pero en la Iglesia no se les concede nada equivalente. Además de desclericalizar y desmasculinizar la Iglesia hace falta feminizarla. No basta con decir la iglesia siempre ha reconocido la dignidad de la mujer, apelando a la mujer eterna, al ejemplo de la Virgen María madre de Jesús.. Hace falta dar a las mujeres puestos de responsabilidad con mando, liberarlas de imposiciones y darles responsabilidades, dejarlas crecer, ser libres. La presencia de mujeres en los comités y en la Iglesia no debería decidirse por cuotas sino por preparación y actitud para los puestos que están en juego.

Una tradición se convierte en error cuando quiere mantenerse fuera de su tiempo. También es un error interpretar tradiciones de otro tiempo con los criterios de hoy día. Las tradiciones tienen todo un fondo de época, temporal y hay que verlas diacrónicamente. Un libro de historia no puede cargar a la Iglesia de hoy los errores de una época remota, olvidando, por otra parte, obras excelentes que en aquellas épocas de deben a la misma Iglesia. Se trata de una crónica de la época vista con ojos de hoy. Un error de descontextualización y de sincronía lo comete el libro, por otra parte, excelente, de Nixey, "La edad de la penumbra". La justificación de la ausencia de la mujer en puestos de responsabilidad y en el sacerdocio de la mujer es mítica que corresponde a una etapa infantil de cualquier institución antigua.

Si la Iglesia quiere ser un espejo de la sociedad no puede seguir dejando de lado a la mujer sino hacerla sujeto activo de las mismas responsabilidades que a los hombres en sus organigramas y estructura. La Iglesia no puede ver la cuestión de la mujer como una imposición social sino como una exigencia del Evangelio. Jesús no pudo elegir mujeres como apóstoles porque la época no permitía, la sociedad no las hubiese aceptado (A. Piñero, "Jesús y las mujeres"). Pero las cosas han cambiado y la dirección de la actuación de Jesús lleva consigo que la mujer tenga las mismas responsabilidades que los hombres en la Iglesia.

Oyendo al Papa Francisco uno siente que cada día tiene el sueño de que salgo maravilloso va a llegar o ya está ahí. La liberación evangélica de la mujer lleva consigo el reconocimiento por parte de la Iglesia de su dignidad para mandar, pensar y ser ella misma. La liberación de la mujer es un signo de los tiempos y una exigencia evangélica. La mujer ha cambiado y ha influido y sigue influyendo, cada día más, en el cambio del mundo. Pero hasta ahora, la Iglesia no ha incorporado a la mujer a sus cambios ni a sus estructuras. No se puede borrar ni olvidar el pasado, pero se puede explicar. El pecado imperdonable sería, a pesar de reconocer que el paso del tiempo ha dejado obsoletas algunas tradiciones, seguir manteniéndolas.

El hecho de que las mujeres no puedan ser sacerdotisas es para muchos un escándalo y una falta de ajornamento de la Iglesia, fruto del miedo de los que tienen miedo a perder sus prerrogativas y mermado su poder absoluto. Frente a la esencia de la Buena Nueva, todos estos cambios no son más que minucias temporales que ocurren en el caminar hacia el Reino.