• Director: José Manuel Vidal
Opinión
Ricardo Blázquez Agencias
Palabras gruesas como "exigir, demandar, Concordato, responsabilidad, educación, convicciones, acuerdos entre la Santa Sede, capacidad de futuro..." deben emplearse para juzgar y condenar comportamientos eclesiásticos relativos a la pederastia

(Antonio Aradillas).- Con satisfacción y gozo eclesiásticos, los cronistas oficiales, y aún los "oficiosos" de la Conferencia Episcopal Española difundieron en marzo del 2014, la noticia de la elección "con abrumadora mayoría", de su Presidente don Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid.

Del mismo aseguraron que "es serio y de pocas palabras, de carácter afable, hijo de humildes labradores castellanos, y con fama de moderado en las actividades pastorales que les habían sido encomendadas". Mención, con relevancia especial, mereció el tiempo transcurrido en el País Vasco, como obispo de Bilbao, en el que el testimonio y comportamiento del entonces "un tal Blázquez", no dejaron de ser ejemplares, pese a las difíciles circunstancias "oficiales" que lo definieron.

Y en los días más recientes acaba don Ricardo de hacerse noticia de primera página, con grandes titulares en los medios de comunicación social, a propósito de unas declaraciones publicadas en "La Iglesia de Valladolid", hoja diocesana, a la que públicamente ha favorecido de manera espectacular también en el mercado publicitario "religioso".

Esta es la síntesis de lo declarado por el Presidente de la Conferencia Episcopal, lógicamente consciente de la proyección extra diocesana que habrían de tener sus palabras: "Exijo al Gobierno que la clase de Religión se oferte como se viene ofertando, sin recortes y sin trampas, porque los padres tienen la responsabilidad de elegir la educación para sus hijos según sus convicciones... La educación es una condición importantísima para el progreso de una sociedad en todo orden de valores: de libertad, de responsabilidad, de formación, de capacidad para el futuro etc... Su regulación fundamental aparece en la Constitución que se ha de respetar, como deben serlo los acuerdos entre la Santa Sede y el Gobierno español".

 

La sensación de "cabreo" -"enfado o enojo"- expresado en el limpio, aseado y certero lenguaje vallisoletano de Miguel Delibes en sus correrías cinegéticas, es fácilmente perceptible en el adoctrinamiento pastoral que "Su Eminencia Reverendísima el Cardenal" le propina al Estado y a sus representantes ministeriales supremos encargados de las competencias del ramo. A título personal, con respeto y veracidad, relato que a católicos y no tanto, afectados por el tema, se les han ocurrido ya, o se les ocurrirán próximamente, hacer consideraciones como estas:

Aparte de juzgar si los procedimientos políticos seguidos en la tramitación del problema fueron o no acertados y "concordados", a ningún miembro de la jerarquía eclesiástica, y menos al representante de tan ilustre Colegio Episcopal, se le podrá permitir el lujo académico de "cabrearse". El diálogo, al que por cierto también se hizo referencia en las declaraciones cardenalicias, es -será- el instrumento -"palabra de Dios"-, que arregle las cosas, por distanciadas que estén las partes interesadas, y más cuando, como en el caso presente, la representante de una de ellas es ministra, mujer por más señas.

Sigo empleando el verbazo "cabrearse", sugiriéndole que no habría de desentonar de los ornamentos cardenalicios, si hubieran sido conjugados con referencias nominales a determinados miembros de la Conferencia que preside y con citas explícitas, por ejemplo, para los obispos de Solsona, y adláteres catalanistas, Lérida, Alcalá de Henares, Córdoba, Cádiz, Toledo (ex de Salamanca y actual arzobispo ejerciente de Guadalupe) y de otros, de los que tendrá don Ricardo documentación y noticias más que sobradas. A los "informativos" españoles les quedan por incluir en sus noticiarios, bastantes capítulos relacionados con las desconsoladoras "revelaciones", y reproches, del papa Francisco, sin descartar la posibilidad de que determinados nombres, o "renombres" españoles judicialmente "se den" cita, como está aconteciendo en Iglesias de otros países, sin descartar los mismísimos cardenales.

Está de más reseñar que, en el contexto de crisis económicas de consecuencias tan horrorosas para España y el resto del mundo, recurrir a los conceptos "recortes" ("disminución o reducción"), y "trampas" (incumplimiento disimulado de una ley pensando en el propio beneficio" o "engaño o treta para perjudicar a alguien"), me parece inconsistente y frívolo, si ellos -los conceptos- se les aplican a la asignatura de la Religión, por más "asignatura" y "religión" de la que se trate.

Los posibles "recortes", al igual que las "trampas", no tienen lugar en ningún planteamiento reivindicativo que se le haga al Gobierno, más si este es democrático y si, por añadidura, en tantas otras esferas es, se compota o se comportó con concesiones y privilegios "religiosos" impropios de las relaciones "normales" de la Iglesia-Estado.

Opino que las palabras gruesas como "exigir, demandar, Concordato, responsabilidad, educación, convicciones, acuerdos entre la Santa Sede, capacidad de futuro..." debieron haberse empleado, y emplearse, por ejemplo, para juzgar y condenar comportamientos eclesiásticos -también jerárquicos, por acción u omisión-, relativos a la pederastia y a otros abusos sexuales y de los otros, con el convencimiento humano y cristiano de que, en la escala de valores sugerida, superan con creces a los de la enseñanza de la Religión, como asignatura "oficial." Los malos ejemplos clericales son radicalmente merecedores de anatemas y denuncias "en el nombre de Dios", mucho más que la no programación de unas enseñanzas cuyos frutos "religiosos" de verdad, cívica, política y convivencialmente los define la corrupción en sus distintas esferas y formulaciones, también eclesiásticas.

El tema del aplazamiento de su jubilación, por razones de edad, al frente de la diócesis vallisoletana y de la Presidencia de la CEE, alargaría mi reflexión periodística. Eso sí, me han "emocionado" las frases de que "el papa actuará sin cortapisas", y la de que "yo, encantado con seguir en Valladolid", con el irrenunciable, satisfecho, bienaventurado y sempiterno "¡Claro!".